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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Entradas temáticas

Lo confieso sin tapujos: este post es de autobombo. Tras un tiempo con la idea en mente, me he decidido a llevar a cabo una nueva clasificación de los escritos. Así, a las categorías clásicas del margen derecho (crítica y cabreos, nostalgia, cotidianidades, etcétera), se suman otras nuevas que engloban a los mismos artículos, con la particularidad de que son excluyentes; es decir, que los que estén en un grupo no se repiten en otros. No sólo me ahorraré tiempo a mí mismo cuando quiera volver a dar con algo ya pasado, sino que así se pueden recuperar (o descubrir) entradas de forma rápida y sencilla.

Dicho esto, les dejo con un vídeo que recupera el arte del stop-motion, que refleja lo único que me pide el cuerpo ahora mismo: acurrucarme en la cama. Voy a tomarme mi chute de antigripales, esperando que los antihistamínicos no me dejen demasiado agilipollado. Me cago en el otoño.

viernes, 25 de septiembre de 2009

La novia

A pesar de que ya no salgamos juntos por ahí, mantengo un recuerdo muy nítido de las quedadas con mi amiga R. Su “exceso” de espontaneidad con la gente anónima no conocía límites, y esa naturalidad sin tapujos en cualquier momento y situación, hacían que uno pudiera llegar a sentirse afrentado en ciertos contextos sociales. Aún así merecían la pena los momentos de “trágame tierra”, porque ese desparpajo del que te hacía partícipe era precisamente lo que le convertía en alguien especial.

Nos conocíamos de vista en el colegio, y cuando repitió curso y se quedó en mi clase los últimos dos años fue cuando nos convertimos en amigos. Al acabar allí nos fuimos juntos a La Gomera, donde como en cualquier otro sitio, destacó sin proponérselo. No pasaba desapercibida de ninguna forma, pues a su carácter deshinibido había que sumar una larguísima melena naranja chillón, y una escandalosa risa de la que era imposible no contagiarse.
Al acabar la secundaria entramos juntos en el instituto, donde se encargaba de saludarme cada mañana de un modo que chocaría a la mayoría de los que estudiaban allí, pero no a mí, que sabía de lo que era capaz. Se colocaba sigilosamente detrás de mí mientras subía la escalera, y me pellizcaba el culo mientras decía a grito pelado:

-¡Pero qué culo tiene mi Pablo!

Por supuesto no se molestaba cuando la llamaba cariñosamente “mi gitana” por cosas así. Estaba encantada de serlo.
Tras un periodo en el que nos distanciamos sin ningún motivo en especial, volví a dar con ella un par de veces mientras caminaba por la calle, y a partír de ahí retomamos el contacto como si nada hubiera pasado, sólo que sí había cambiado algo, o mejor dicho iba a cambiar. Apenas unos meses después de aquellos encuentros le detectaron un tumor maligno incurable, al que se enfrentó con mucha valentía y sentido del humor; su característico pelo desapareció de la noche a la mañana, pero su risa permaneció casi hasta el último momento.

En los últimos tiempos, metido ya en la vorágine de alegres visitas al hospital, en las que debía dejar las ganas de llorar en la puerta, para recibirla con la mejor de mis sonrisas y vacilar con ella como si nada pasara, comenzó la broma de que antes de morir quería casarse conmigo (tenía un sentido del humor muy negro), y haciendo partícipe a su madre del cachondeo, empezamos a fantasear sobre cómo iba a ser la boda y el viaje de novios. Aquello no nos entristecía, pues suponía un momento de evasión con el que olvidarnos por un rato de que se acercaba su final, y además ambos sabíamos que en ese sentido no había interés por parte de ninguno de los dos, como para preocuparnos por herir sensibilidades. Además, ella hacía gala de su picardía natural, “chantajeándome” con que no me podía negar dada la situación, y que si no accedía volvería como fantasma a atormentarme (remarco lo de su humor negro). Poco a poco la coña fue creciendo, y con cada visita le ofrecía nuevos datos de la boda que supuestamente estaba preparando, y que iba ganando en espectacularidad por momentos; tanto ella como su madre se reían con las ocurrencias, y aportaban nuevas ideas para que fuera la ceremonia del siglo. No tendríamos nada que envidiar a los enlaces reales.

Un día me embarqué en algo que tenía pendiente desde que empezó toda esta parafernalia: comprarle un velo. Recorrí varias tiendas junto a MaRía en busca del velo idóneo, y mientras caminaba no paraba de decirle con una sonrisa de oreja a oreja lo entusiasmado que estaba con la idea, y la ilusión que me hacía pensar en su reacción cuando me viera aparecer con el mismo. Le haría cerrar los ojos, se lo colocaría con cuidado y haría que los abriese frente al espejo. Conociendo a R. las risas estaban aseguradas, y sin duda habría corrido a por la cámara para inmortalizar el momento, o me habría hecho desfilar con ella por el pasillo de su casa simulando el camino hacia el altar. Como si lo estuviera viendo.
Di con un velo perfecto en una tienda de telas, que me dejaron a muy buen precio por ser una pieza suelta. A continuación encontramos la diadema adecuada para sostenerlo, y aunque la broma me había salido por más dinero de lo que tenía pensado, no me importaba; imaginar la reacción de R. era suficiente aliciente como para considerarlo una buena inversión.

El martes por la tarde lo compré todo, el miércoles no podía ir a verla de ninguna manera, y lo dispuse todo para visitarla el jueves. Fue demasiado tarde. Recibí una llamada de una amiga suya el miércoles diciéndome que se había puesto muy mal y habían tenido que sedarla, y para cuando subí ya no había vuelta atrás: R. estaba “dormida” y nunca más despertaría; sólo cabía esperar hasta que su cuerpo no aguantara más y su cerebro se apagara del todo. Murió el viernes.
Durante casi tres días no me separé de ella, pues aún estando “ausente” no quería irme de su lado, y además soy de los que piensan que incluso en ese estado se es consciente en cierto grado de lo que pasa alrededor. Cuando estaba en la habitación me sentaba a su lado y le agarraba la mano, que emanaba mucho calor, y lejos de sentirla como algo inerte, me respondía apretándomela con fuerza y moviendo los dedos. R. estaba ahí, en alguna parte, sólo que no podía comunicarse de forma explícita. Cuando alguno de los allí presentes le hablaba directamente, poniendo énfasis en palabras clave, o dándole un mensaje novedoso que de forma normal habría captado su atención, gesticulaba de forma automática levantando las cejas; y si el mensaje se salía de lo común o tenía una gran carga emocional, se le aceleraba el ritmo cardíaco. No me cabía duda de que alguna forma, aunque fuera en lo más profundo de la consciencia, nos percibía, y quizás en ese lugar interactuaba con nosotros, como en un sueño.

En cuanto subí tras conocer la noticia, aún con las cosas de novia en mi bandolera, su madre le contó al oído que había venido, y cuando supo lo que tenía planeado respecto a la falsa boda, no lo dudó un momento y la atavió con lo que había comprado, comentándole muy risueña la situación. Ver cómo R. “se aceleró” me encogió el estómago, y aunque sabía que ya de nada servía, sentí unas profundas ganas de pedirle perdón por no haber podido subir un día antes y despedirme como se merecía.

Hace un año estuve a punto de “casarme”, pero la novia tuvo que plantarme en contra de su voluntad. No me importa; no la olvidaré nunca.




domingo, 20 de septiembre de 2009

Burocracia

Me fascina la burocracia, tanto, que huyo de ella por miedo a sufrir el síndrome de Stendhal (sí, es sarcasmo). Con el puto plan de Bolonia pisándome los talones, un porrón de asignaturas para este año (algunas de ellas sin docencia), una petición de cambio de turno y errores en la matrícula, me he pasado las últimas dos semanas haciendo papeles en la universidad… y es algo que no le deseo a nadie.

Cada comienzo de curso, miles de estudiantes abarrotan las ventanillas de tramitación de documentos; algunos “sólo” para matricularse, y otros para decenas de gestiones necesarias para empezar las clases. En un mundo idílico se organizarían trabajadores y alumnos, dando salida a esas diligencias de una forma eficiente y satisfactoria; lamentablemente no sólo estamos en un mundo imperfecto sino que vivimos en el país de la pandereta, donde la picaresca y la holgazanería son la marca de la casa, y en el que quienes dependemos de las gestiones del personal estamos completamente vendidos. Si no tienen ganas de atenderte, no lo hacen, y si quieren deshacerse de ti por quitarse trabajo, tampoco. Ante ellos no somos nadie.

Con la implantación del título de grado, este curso hay mucho más follón que de costumbre, y en lugar de actuar consecuentemente, han reducido el horario de atención al público y han cerrado una de las dos ventanillas. En las mesas repletas de papeles que se ven tras el administrativo de turno, no hay NADIE trabajando, y por si todo esto fuera poco, este año decidieron que lo mejor que podían hacer para que la empleada nueva cogiera rodaje, era ponerla sola; en septiembre, y sin nadie que pueda darle ningún tipo de asesoramiento. Sí señor, eso es pensar con la cabeza.
Nos referimos a ella como “la de la tensión baja”, porque va a paso de tortuga, como si estuviera ajena al trabajo que tiene encima y sólo atendiera a una voz interior que le habla muy despacio, como una cinta de autoayuda. Podemos estar toda la mañana mano sobre mano, en una cola que no avanza ni a tiros, que ella no se inmuta; no quiere estresarse y no vamos a conseguirlo. Además, tampoco es que deba esforzarse en ser ágil para atendernos a todos, pues llegada una hora determinada, dice que se acabó lo que se daba y nos cierra el chiringuito en las narices.

-“¡Oye! ¡Que llevamos aquí desde las 10 de la mañana!” –dirán algunos.

-“Ya es la hora de cerrar y yo no puedo atender a más gente; mañana vengan más temprano”- sentencia ella desde detrás del mostrador.

Cuando por fin tienes el privilegio de ser atendido, te encuentras con que sabes más que ella, que no tiene ningún reparo en admitir su ignorancia:

-“Hola… mira, quería saber una cosa: Para sacar el impreso Equis, primero tendría que sacar el Zeta, ¿no?”

-“¿Ah sí? Ah… pues no sé… ¿Es eso lo que te han dicho? Preguntalé si no a Fulanita, y luego vuelves por aquí, porque no sé qué decirte…”

Como intuyes que ahí no te van a solucionar nada, decides acudir al equipo decanal, para descubrir que el momentito de desayuno tras el que prometen volver, acaba convirtiéndose en horas. Debes emplear ese tiempo con acierto en canalizar la rabia por sentirte toreado, porque si no corres el riesgo de morderle la cabeza al primero que entre por ahí, y más si te recibe con recochineo:

-“¡Buff! Te atiendo dentro de un rato, que tengo un estrés encima que pa qué!”

En uno de los muchos trámites que he hecho en estos días, le consulté a la secretaria mi problema, y me mandó sin dudarlo al rectorado; cuando llegué allí me echaron como agua sucia, peleándome por tratar de endosarles una tarea que no les correspondía. De vuelta a la facultad para darle explicaciones a la susodicha sobre lo ocurrido, esta no sólo no mostró ningún tipo de consideración por haberme hecho perder media mañana tontamente, sino que además admitió sin pudor que los del rectorado estaban en lo cierto, y que mientras ella tuviera trabajo que hacer, seguiría mandando a gente a otro lado para aligerar sus tareas. Ni colorada se puso.

El viernes por fin acabé mis gestiones burocráticas, y en todo ese tiempo he visto cosas tan alucinantes, como que una chica perdiera tres mañanas en conseguir que le miraran una cosa en el ordenador. Con trabajadores así, ¿cómo pretenden que no se perpetúen los tópicos sobre los funcionarios?



*A excepción de la última, todas las viñetas pertenecen al genial humorista Quino.

martes, 15 de septiembre de 2009

Urgencias

La tarde que volvimos de Lanzarote, mis primas, mi tía y yo nos pusimos de acuerdo para ir al día siguiente al club náutico; necesitábamos una sesión de agua y sol para que el choque con la cruda realidad no fuera tan fuerte. Habíamos estado una semana de descanso absoluto, y en nuestros esquemas no cabía que fuéramos a pasar el día de otra forma. Nada hacía presagiar que nuestra jornada de placer se iba a ver ensombrecida y anulada; está claro que tendríamos que habernos quedado allí.

Llegamos a media mañana y organizamos todo el tinglado de las tumbonas, y cuando apenas llevábamos una hora empecé a sentirme mal. Todos me advirtieron que estaba preocupantemente colorado; comencé a sentirme mareado, me fue entrando dolor de cabeza… y para cuando me senté a comer ya estaba hecho un cristo. Me tumbé en una hamaca a la sombra y me empecé a poner peor: estaba rojo como un tomate, el cuerpo me ardía tanto que pensé que estaba dándome el sol, los ojos los tenía totalmente inyectados de sangre, el dolor de cabeza se hacía cada vez más insoportable, y el corazón me iba a mil; la vena del cuello palpitaba con tanta fuerza que parecía que fuese a reventar, estaba desorientado y confuso, y comencé a temblar. A todas estas mi tía ya estaba movilizando al personal y enseguida tuve una ambulancia a mis pies, porque los conocimientos médicos de los socorristas de allí son nulos, y tampoco tenían cómo atenderme. Por los síntomas parecía que tenía algo de corazón o de cerebro, y la idea de un posible derrame cerebral o aneurisma resultaba bastante plausible.
Conforme me iba quedando atontado a la vez que los síntomas iban en aumento, la gente que se había quedado inmóvil al ver a mi familia pendiente de mí, perdió todo el pudor y se acercó a mojar pan, y es que da igual que se trate de una fractura del meñique o un accidente en cadena, siempre hay morbosos que no se quieren perder detalle.
Al poco de tumbarme para no caer de bruces al suelo e intentar aminorar el ritmo cardíaco (estaba en ciento y pico), se acercó una vieja con afán de protagonismo a hacer el numerito, haciendo gala de una sensibilidad y empatía nulas:

-¡Ay, qué susto más grande! ¡Ay, qué disgusto tan enorme, que creí que era mi hijo!
-¡Ay ay ay, que me mareo! ¡Necesito sentarme!

Acto seguido llamó al hijo:

-¡Ay Fulanito, que desgracia más gorda! ¡Que están atendiendo los médicos a un chico y creí que eras tú! ¡Ay, ay ay…!

El hijo debió reaccionar con la misma pasividad que el resto de la gente, que la ignoraban, pues la llamada duró poco; eso sí, no dudó en sentarse a mis pies y seguir lamentándose en alto por su desgracia, cada vez que alguien preguntaba qué me había ocurrido. El colmo fue cuando vinieron los de la ambulancia y mi prima les comenzó a explicar que me había empezado a sentir mal. Antes de que pudiera añadir nada más, la vieja le interrumpió diciendo que "peor se había sentido ella, que pensaba que se trataba de su hijo".
A continuación me metieron en la ambulancia y no supe si mi prima se lío a bofetadas con ella por retrasada, pero la verdad es que era lo que menos me importaba en ese momento. Luego supe que la historia se había transformado popularmente en que me había caído, y como esto siga rodando, al final va a resultar que me recogieron moribundo del mar.

Me llevaron a un centro de salud que es el último eslabón de la cadena; un lugar al que acudir sólo si necesitas una tirita… o ni siquiera. El médico de turno estaba emperrado en que había tenido una intoxicación, y mi tía, que hablaba por mí, casi lo asesina de la desesperación:

- ¿Qué comió?

- Fue antes de comer

- ¿Tienes ronchas? Eso es que comió algo en mal estado que...

- No, no tiene… Y fue antes de comer.

- ¿Te pica algo? ¿Puedes mover el cuello?

- ¡QUE FUE ANTES DE COMER!


Ella juega con ventaja porque trabaja en un hospital, y sabe que todas esas preguntas son el protocolo para saber si se trata de una intoxicación; el hecho de que nada más llegar le contáramos todos los síntomas con pelos y señales parecía darle igual, él quería que tuviera una intoxicación, y casi diría que estaba dispuesto a envenenarme para sentirse realizado. Además, se puso a hablar tranquilamente por el móvil cuando recibió una llamada, y cuando se metió en el despacho y mi tía se asomo a ver qué coño hacía el inútil aquel, lo vio pensativo mirando por la ventana. Se le estaban agotando los recursos y parecía estar pensando su próximo movimiento sin estrés; que yo estuviera hecho un guiñapo y a punto de explotar era secundario. Por evitar liarse a guantazos con él, llamó a mis primas para que nos vinieran a buscar e irnos a un hospital de verdad, diciéndole textualmente que nos íbamos a otro sitio para que me hicieran las pruebas necesarias, en lugar de estar tonteando. Se ofendió, pero tampoco se atrevió a replicarle nada, porque debía ser consciente de su profunda ineptitud. Luego supe de otra persona que fue al mismo sitio con algo del oído, y que también se acabó largando ante la insistencia de que se trataba de una intoxicación.

En urgencias me esperaron cinco horas de pruebas, mientras me pasaban de unas manos a otras sin dar con el origen de mis síntomas. Me fundieron a preguntas, me hicieron pruebas neurológicas, de reflejos, un escáner cerebral, análisis de sangre y orina, un electrocardiograma, y todo lo que se le puede hacer a alguien que entre a un hospital; sólo les faltó una prueba de embarazo, y seguro que llegaron a pensárselo. Al final, cuando por fin dedujeron que había sido un combinado de golpe de calor, subida de tensión y una cefalea del carajo, comencé a plantearme una cuestión que seguro que pasa por la cabeza de todos los que entran en un hospital; una de esas preguntas que están ahí, en algún lugar recóndito de la mente, pero que sólo toma cuerpo cuando te ves entre tanta camilla y bata blanca: ¿Por qué l@s medicos son tan guap@s en las series, y en la vida real no hay por donde cogerl@s?




jueves, 10 de septiembre de 2009

Extras (y fin)

Cierro la crónica del viaje con un par de fotos que no me cuadraron en ninguna de las entradas. Para empezar, una del reflejo del agua en el casco del barco, y otra de una montaña en la playa; ¿soy el único que ve en la segunda foto, el perfil de un hombre gritándole al cielo?

*Existe una raza de gato que a su vez las engloba a todas a las demás, y que puede darse en cualquier clima y ecosistema: El gato de apartamento. Son más listos que el hambre, se pasean a sus anchas por las terrazas de los turistas, y además se lo saben currar para que todo el mundo les eche de comer algo. Nosotros no fuimos menos, y es que nos ponía unos ojitos...


*La tienda de móviles de cristal es patrimonio artístico de Marina Rubicón; le entraba luz por tres ventanas diferentes y el espactáculo era digno de ver, aunque no tuvieras intención de comprar nada:

*Otra de las cosas que me llamó mucho la atención fue el restaurante-mesa auxiliar, con una lámpara esculpida en la fachada:
*Ser una mujer pudiente no quiere decir que debas ir siempre en traje de gala; aquí está el chandal modelo "Antes muerta que sencilla", exhibido sin pudor en una tienda de bañadores. Que se sepa que vas a sudar... pero con clase.

Claro que para horterada de verdad, la siguiente. Si ya es duro que te regalen un loro o un pavo real de porcelana, y te veas obligado a exhibirlo en tu salón, no quiero ni imaginar la cara que se te debe quedar cuando recibes algo como esto:

*Por último, los portillos de los barcos (ventanitas interiores situadas en alto), actúan como un encuadre perfecto para hacer fotos. La luz que entra de fuera hace que en contraste el interior se vea oscuro, creándose marcos naturales con un efecto muy interesante:


C´est fini!

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El mar de Lanzarote

Desde que empecé a hablar sobre este viaje he destacado el inverosímil color del mar de Lanzarote; es surrealista. En ocasiones es de un azul eléctrico que hipnotiza, en otras celeste intenso, turquesa o verde, pero cuando más impresiona es los días en los que parece una piscina, completamente transparente y luminoso. Hay que vivirlo en directo...

lunes, 7 de septiembre de 2009

Día 7 - Se acabó lo que se daba

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Despedimos las vacaciones con un almuerzo grupal en la terraza del vídeo, y al acabar nos separamos los pasajeros de los marineros; los primeros (mi tía, mis primas y yo) nos marcharíamos en avión, y los demás (mis padres y el novio de mi prima) surcarían el mar de vuelta a casa. Todos decíamos que si NovioPrima superaba la vivencia sin traumas, podría seguir navegando, pues estar más de un día en el barco, teniendo que navegar de noche y luchando contra las inclemencias del tiempo, no es moco de pavo.

Conforme pasaban las horas en Tenerife la nostalgia se apoderaba de nosotros, y se notaba que la irritabilidad estaba más a flor de piel; se nos había acabado el descanso de golpe, pero nos consolamos pensando que el próximo año habría más… ¡y mejor!


domingo, 6 de septiembre de 2009

Día 6 – La estafa

La sensación de haber perdido el día anterior, unida a las ganas de exprimir la última jornada de barco, hizo que todos madrugáramos para estar en el mar cuanto antes. Hoy volveríamos a ir a Lobos, y teniendo en cuenta que se trata una hora y pico en llegar, era recomendable no salir muy tarde. Mi prima, que marea cuando hay mal tiempo, iba callada, mirando al infinito y procurando pensar en que era pronto pasaría todo, pero por mucho que tratara de distraer la mente la realidad era que estaba en un barco, que debía aguantar lo que tocara, y que hasta que no nos paráramos no se iba a sentir bien. Le ofrecí ir en “mi sitio”, que es mano de santo contra el mareo, y accedió ecantada, pero a la vuelta nos tocaron las olas que no habíamos tenido en toda la semana, y de haber seguido en la proa se le habría mojado hasta el esófago. A ver cómo lidia de ahora en adelante con el gusto reciente de su novio por la náutica…

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Llegamos, disfrutamos del buen tiempo, almorzamos como marqueses un arroz quinientas delicias, y buceamos de camino a la playa para ver peces. Cuando llegó la hora de irse, en torno a las siete de la tarde, mi prima y yo no queríamos salir del agua. Subir a bordo significaría emprender el último viaje de vuelta, y en su caso en particular, también suponía volver al infierno del estómago revuelto. Remoloneamos lo indecible mientras todos se secaban; buceando, nadando lejos para luego volver y chapoteando con una sonrisa de oreja a oreja. Queríamos prolongar un momento cuyo final estaba marcado, y no podían culparnos; al día siguiente a esa misma hora estaríamos en casa, seguramente terminando de poner lavadoras con la ropa sucia. Volver de los viajes es una mierda.
La travesía de vuelta fue una pesadilla para ella, un reto para su novio y una gran diversión para los demás. Gritábamos de júbilo con cada ola fuerte que nos embestía, como si estuviéramos en una atracción de feria, y cuando el tiempo se calmó nos quedamos como si nos hubieran quitado un caramelo de la boca. En esta ocasión, los encargados de amenizar el viaje fueron entre otros, Roxette, George Michael y los Dire Straits.

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Cenamos en un restaurante en el que nos estafaron a base de bien (¡Nunca pidan platos fuera de carta!), y para continuar con el engaño nos fuimos al barco con la intención de salir a dar un paseo nocturno; habíamos oído lo de las dos lunas del 27 de agosto, y aunque no nos lo creíamos tal y como lo vendían, queríamos alejarnos de la contaminación lumínica para comprobar si de verdad había algo distinto en el cielo. No hizo falta. Desde que se puso el sol sólo había media… y escondida, así que cogimos el toro por lo cuernos y nos preparamos una ronda de mojitos; si el cielo no nos daba lo que queríamos, ya nos encargaríamos nosotros de ver dos lunas… o las que hicieran falta.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Día 5 – Relax

Los miércoles y los sábados Marina Rubicón se despierta con el bullicio del mercadillo. Resulta curioso ver cómo se venden artículos cotidianos a precios asequibles entre tanta tienda de lujo, pero más aún ver que quienes los compran son precisamente los asiduos a las mismas. Como no salimos en barco por la mañana para ir a echar un vistazo a los puestos, no lo hicimos a mediodía, y una cosa llevó a la otra y tampoco nos organizamos para la tarde. El resultado fue un día neutro de relax, mucho menos estimulante que los anteriores, pero que empleamos en descansar en el hotel, pues aunque no lo parezca navegar llegan a moler, y nosotros no habíamos parado de hacerlo en varios días.

Mi padre aprovechó para salir un rato en barco con el novio de mi prima; al chico le ha entrado el gusanillo por la navegación y se había ofrecido para bajar con él de vuelta a Tenerife, así que toda práctica extra que recibiera sería beneficiosa. Los demás nos quedamos de relax en la piscina y el jacuzzi, hasta que se nos inflaron las narices de de la música que tenían puesta a todo volumen, y subimos a las habitaciones. Después de un día perfecto y otro que también iba ser muy especial, parecía necesario marcar un punto de inflexión; quizás de no haberlo tenido no habríamos valorado tanto los demás, pero para el próximo año no dejaremos que una visita al mercadillo nos estropee un día de navegación. Ni de coña.


viernes, 4 de septiembre de 2009

Día 4 – Aforo limitado

Esa mañana nos embarcamos de nuevo rumbo a Playa Papagayo, sólo que de los cuatro tripulantes de los días anteriores, de repente pasamos a ser diez. Además de los nuevos, vino con nosotros una familia amiga de mis padres, y aunque había cierta sobrecarga (en teoría el aforo es de seis personas), nos organizamos bien para no tropezar demasiado. Además, aunque hubiéramos estado incómodos el viaje es muy corto (apenas 15 minutos), y el buen día que hacía eliminó cualquier posibilidad de agobio. Se distribuyeron como quisieron a lo largo y ancho del espacio, mientras yo me reservé mi sitio preferencial en la proa, justo en el extremo final del barco. Se trata de una tablita de madera sobre la baranda de metal, que constituye un lugar ideal para ir de paseo mientras otros manejan el barco; tiene el tamaño perfecto para que me siente, el palo del foque (la vela de delante) hace de respaldo, las piernas quedan encajadas pa no caerme al agua ,y además puedo apoyar los pies en el ancla. No tenía nada que envidiar a Dicaprio cuando se autproclamó rey del mundo.

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Surcamos el mar al son de Michael Jackson, Diana Khrall y clásicos del jazz y el soul, y al fondearnos nos tiramos enseguida al agua, como si la vida nos fuera en ello; ese azul verdoso tan intenso nos estaba llamando a gritos. La familia que nos acompañaba cogió la zodiac que llevábamos arrastrando y se fueron a dar una vuelta por su cuenta; mis padres y mi tía se quedaron allí, y los “jóvenes” fuimos a nado hasta la playa. Volvimos a mediodía, almorzamos como reyes, y tras una deliciosa siesta al vaivén del barco, que nos mecía suavemente como si estuviéramos en una gran cuna flotante, volvimos a la orilla. Sacamos a nuestro niño interior (tenemos entre 22 y 34 años), haciendo enormes bolas de arena y poniéndoles caras con conchas, y cuando el sol empezó a bajar nos resignamos a la idea de que debíamos volver al barco. Estábamos agotados de nadar a contracorriente, jareados de sol y con frío, pero nos estábamos divirtiendo tanto que no queríamos volver a casa.

Por la noche hicimos una cena multitudinaria en el barco, entre otras cosas porque ya los bolsillos empezaban a resentirse de tanta comida fuera, y tras tomarnos los mojitos que preparó mi madre, nos despedimos de otro día perfecto. ¿Se puede pedir más?



jueves, 3 de septiembre de 2009

Día 3 - Los visitantes

Tras pasar una buena noche y descansar como señores, esa mañana se nos pegaron las sábanas y disfrutamos del placer de remolonear en la cama durante un buen rato. Habíamos conseguido disipar el calor y el mal olor, y los ruidos habían parecido disminuir, pero por encima de eso habíamos solucionado el problema de las camas con una medida drástica: dormir en los sillones. Cuando la tarde anterior habíamos ido a dar constancia de alguna de las jodiendas de la habitación, el hombre que nos atendió se lo tomó con humor restándole importancia, casi dejándonos por imbéciles. Nos quejamos del escape del aire acondicionado que hacía que el suelo se encharcara, y por el que tuvimos que poner un caldero en el suelo para no resbalarnos. Lejos de disculparse o mostrar empatía, se río diciéndonos que lo del caldero “era muy típico”, que no éramos los primeros que se lo decíamos, pero que lo que debíamos hacer era poner una toalla arrugada en el suelo (el caldero era para aficionados), que así lo absorbería todo mejor y la gota no haría ruido. Lo dijo de tal forma y con una sonrisa tan amplia, que parecía que la culpa fuera nuestra por no haber caído antes en “la solución”. Visto lo visto, preferimos no hacer hincapié sobre nada más, porque intuíamos respuestas del estilo.

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Desayunamos junto a mis padres en una terraza con vistas al mar, justo en la bocana del puerto, que te proporcionaba el espectáculo de ver entrar y salir los barcos a escasos metros. A media mañana, sin agobios, mi madre, mi tía y yo fuimos paseando hasta Playa Blanca mientras mi padre se quedaba haciendo arreglos en el barco. Al volver nos embarcamos rumbo a Playa Papagayo, donde pasamos el día en las mismas condiciones que el anterior, con la excepción de que esta vez nos fondeamos más cerca de la orilla, por lo que pudimos ir a nado hasta la costa y tirarnos a coger sol en la arena. Lo pasamos genial, pero en esta ocasión, al tratarse de un sitio más multitudinario (en Lobos estábamos prácticamente solos), contábamos con el añadido de sacarle chiste a todo lo que veíamos desde la cubierta, que no era poco. Quienes más juego dieron fueron dos lagartos de playa que había anclados delante de nosotros. Eran flacos a más no poder, iban con bañadores de estampados animales, e hicieron todas las posturas que se sabían para tratar de seducir a los tripulantes de los barcos colindantes, sin saber que lejos de despertar nuestra líbido o envidia, nos proporcionaron un buen rato de risas.

Tras el día playero a ritmo de Elvis, ABBA, Vonda Shepard y Phill Collins, volvimos a tiempo de presenciar la batukada infantil: Cada lunes, un grupo de jóvenes disfrazados toma las calles a ritmo de batukada, para captar a los niños de la zona y llevárselos a un local. Suena muy sórdido si no fuera porque ese local tiene fines lúdicos y es al aire libre; y aunque la historia recuerde a la del flautista de Hamelin, acuden allí para presenciar trucos de magia o hacer juegos, y no para ser asesinados como en el cuento.

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Esa tarde llegaba el resto del grupo (mis dos primas mayores y el novio de una de ellas), que se quedarían en el apartamento de al lado. Como mis padres estaban cansados nos fuimos los demás a cenar a una pizzería, aunque muy agotados no se debían sentir, porque cuando fuimos a dar con ellos al barco para planificar el día siguiente, estaban esperándonos con una ronda de chupitos. Sobra decir que habían empezado la fiesta antes de que llegáramos nosotros... ¡Qué bien sientan las vacaciones!


miércoles, 2 de septiembre de 2009

Día 2 – El paraíso

Si ya lo poco que habíamos visto de noche nos pareció muy bonito, descubrir Marina Rubicón de día fue increíble; es un lugar genial y con muchísimo encanto.
Lo bueno que tienen los sitios nuevos levantados de la nada, es que no tienen “parches”: cagadas arquitectónicas que se solapan a lo largo del tiempo, y a las que no se puede poner solución sin pasar por la bola de demolición. Todo se ve nuevo, impecable y en armonía. El muelle deportivo en sí no es especialmente grande, pero tampoco pequeño; son apenas un par de tramos de calzada anexionados a una única avenida, pero la distribución del conjunto hace que todo parezca un pueblito costero de mayor tamaño.
Está todo en clave de blanco y piedra, con un estilo entre canario y mediterráneo, y con el espíritu marítimo presente en cada rincón. La luz reflejada en los muros, las palmeras y rocas flanqueando a los viandantes, el suelo adoquinado y el olor a mar que llega de todos lados, transmiten una calidez con sabor a verano que resulta irresistible.
Han apostado por los materiales de calidad que exigen poco mantenimiento, y la cuidadísima ambientación de cada restaurante hace que disfrutes mucho más del entorno y el paisaje, que de la buena comida que puedan llegar a servirte. En algunos que están sostenidos con pilares sobre el mar, hay “ventanas” distribuidas por el suelo para ver a los peces. Precioso.
Por supuesto todo esto tiene un precio, uno muy caro. Algunos locales resultan imposibles, y en otros se puede comer sin descalabros económicos… pero estudiando bien la carta; la mitad de las tiendas son muy pijas, y hay que andarse con cuidado antes de sacar la cartera en cualquier sitio. Está claro que la gente que tiene grandes barcos tiene pasta… pero no estaría de más que miraran también por los que no estamos tan montados.
Muy cerca de ese apartheid de lujo existe civilización normal, y menos mal, porque para afrontar ese volumen de gasto habríamos tenido que vender la casa y quedarnos a vivir en el barco. Zapatero estuvo por aquí poco antes de que yo llegara, y algo me dice que él no se iría precisamente a un camping de caravanas...
En cualquier caso es un sitio maravilloso en el que se respira positivismo en el aire; donde sientes que no existe el tiempo ni las prisas, y sólo importa disfrutar el presente. Los ricos también lloran, pero desde luego no lo hacen aquí.

Nos embarcamos por la mañana temprano en nuestra primera travesía hasta la isla de Lobos, un islote deshabitado al norte de Fuerteventura. Como su fondo marino es área de reserva submarina, tiene una gran cantidad y variedad de peces, convirtiéndolo en una delicia para los aficionados al buceo. Cuando uno llega a Lobos (o a cualquier zona costera de Lanzarote), se pregunta quién quiere ir al caribe en busca de aguas cristalinas teniendo esto tan cerca. El mar es completamente transparente, y el color turquesa intenso que parece venir del fondo, unido a la claridad con la que se ve todo lo que hay bajo el agua, te hacen creer que estás en una enorme piscina. Es alucinante.
Estuvimos desde media mañana hasta media tarde, del barco al agua y del agua al barco; buceando, haciendo fotografía submarina, tomando el sol y riéndonos muchísimo; y todo ello con la “compañía” de los Beatles, Aretha Franklin, Seal y Whitney Houston. Si el paraíso no es esto, desde luego debe parecerse mucho.

martes, 1 de septiembre de 2009

Día 1 – De mal en peor

Al margen de las tensiones normales previas a irse de viaje, el día no pudo empezar peor, y continuó en esa línea de “fatalidad” hasta bien entrada la noche. Mi tía y yo cogeríamos juntos el avión hasta Lanzarote, donde nos recogerían mis padres, que llevan ya un mes allí viviendo en el barco.

Fuimos a una cafetería para comer cualquier cosa antes de subir al aeropuerto, y tardaron cerca de 45 minutos en traer mi comida. No nos podíamos ir porque el plato de mi tía ya estaba en la mesa, y estábamos muertos de hambre como para empezar de cero en otro sitio; de no haber sido así o habernos ocurrido en el extranjero, habríamos pensado muy seriamente hacer un “sinpa”. Se lo merecían.
Además su almuerzo dejaba mucho que desear, y la guarnición resultaba olfativamente desagradable; la inaudita combinación de rodajas de tomate con ketchup y mayonesa encima (¿?) te proporcionaba la sensación de estar comiendo directamente del cubo de la basura, y la comida en sí tampoco es que fuera para tirar cohetes. Por si fuera poco, tardaron un buen rato en traer la vuelta, seguramente porque quisieron hacer el truco del cansancio: consiste en hacer esperar al cliente por los siglos de los siglos amén, para que acabe hartándose y se marche resignado, consolándose con que “en realidad es poco dinero”. Yo soy el primero que les deja la vuelta si me tienen que devolver una miseria, pero me toca los cojones que sean ellos quienes lo decidan tomándome por imbécil.
Hace poco fui a cenar con MaRía y también tardaron la de Dios en traérmela. Al final tuve que increpar a un camarero para preguntarle si se habían olvidado de mí; habíamos comido de puta pena y no pensaba dejarles ni un duro. Cuando por fin trajeron el ticket con mi dinero, descubrimos con asombro que estaba agujereado, es decir, que ya lo habían archivado sin ni siquiera esperar a que saliéramos del restaurante. ¿Pero esto qué es? ¿De dónde coño sacaron que les iba a regalar casi tres euros por la cara? ¿Cómo se puede tener esa desfachatez?

El caso es que entre unas cosas y otras estuvimos media vida en la maldita cafetería, y luego se nos ajustó el tiempo para llegar al aeropuerto.
Al subir al avión la azafata me preguntó muy seria cuántos años tenía, y aunque no fui consciente de ello, debí echarle una mirada mortal mientras le respondía, porque se atropelló a disculparse con mucho apuro y verborrea nerviosa, diciendo que me lo preguntaba por seguridad. No diré qué edad me echó por una cuestión de amor propio, pero decidió no arrimarse más a nuestros asientos, teniendo que aguantar el vergonzante soliloquio de un fantasma que estaba al lado de su asiento de seguridad.
Aterrizamos a media tarde y mis padres fueron a recibirnos, negros como tizones y con una cara de felicidad que casi asustaba. Estaban radiantes, encantados de la vida, relajadísimos, y muy muy sonrientes. Les hacía falta.
Cenamos, nos dejaron en nuestros apartamentos y empezó nuestro calvario:
Las camas eran duras como piedras, tanto, que las esquinas no se veían redondas sino picudas (y no es una forma de hablar). La atmósfera estaba super recalentada y el aire acondicionado funcionaba mal; el baño apestaba a cerrado, las almohadas eran un tormento y el ruido de las tuberías no dejaba dormir. ¡Y eso que era un apartahotel de cuatro estrellas!

Tratamos de solucionar lo irremediable en nuestra particular yincana, pero eran demasiados elementos en nuestra contra. Las horas iban pasando y seguíamos con los ojos como platos por la incomodidad, el olor, el ruido y el calor, y cuando finalmente asumimos nuestro destino de noche en vela, una extraña fuerza se apoderó de nosotros, creando una conexión mental que nos llevó a hacer lo único que estaba en nuestras manos para mejorar en algo la situación: cantar descojonados el “Somewhere over the rainbow”. Es nuestra canción muletilla para ciertas situaciones, y este episodio pedía a gritos sacarla a colación.
Conseguimos dormirnos de puro agotamiento a las cinco de la mañana, deseando que el día siguiente fuera un poco mejor que el que habíamos pasado. No teníamos ni idea de cuantísimo iban a cambiar las tornas…