
Hace más de un año que me repiten cansinamente las maravillas del tuenti, y hasta hace poco no tenía muy claro de qué se trataba. Por lo visto era una red social, al estilo de facebook o tantas otras, en la que uno se registraba para subir fotos y que la gente las comentara. Muy interesante… ¿Y luego? Es decir, subes unas fotos para que las vea Menganito, las ve, pone algún comentario del tipo “tíoooo, q careto jajaja ¿te acuerdas de la fiesta? Q risas!”, y después… ¿cómo continúa la diversión?
Dicen que la gracia reside en que puedes ver quién más tiene cuenta para espiar sus fotos, comentarlas, enlazar con sus conocidos, y así suma y sigue hasta el fin de los días. Al parecer, resulta altamente adictivo ver las instantáneas de las borracheras y los colegas de personas con las que ni siquiera mantienes el contacto; las mismas que hasta ayer evitaban saludarte por la calle por pereza, pero que después te invitan a que seas su amigo cibernético; será para que aumente su contador de visitas, que eso siempre da caché.

Tanto me pelearon por no tener una cuenta (¡era imperdonable!), que acabé creándomela para ver a qué venía tanto alboroto. Entré, fisgoneé, me entretuve viendo fotos de personas a las que hacía tiempo que no veía, y pensé: “¡Vaya, así que Fulanito ahora tiene barba!”, o “¡Vaya, parece que Menganita estuvo en Barcelona!”. Una vez que acabé me encontré igual que antes de entrar, sabiendo del nuevo estilismo de Fulanito y del viaje de Menganita, pero exactamente igual.
Durante días me estuvieron insistiendo para que subiera fotos, pero a mí eso de poner mis fotos en Internet a merced de quien quiera verlas, no me hace ninguna gracia, qué quieren que les diga. Vale que se puede configurar de forma que sólo lo vean tus amigos, pero es que esa gente ya ve mis fotos porque son con quienes me las hago, y mantengo un contacto lo suficientemente frecuente como para que sepan de mí. Además, la privacidad queda bastante en entredicho si cualquiera puede subir una foto en la que salgas tú, sin que te llegues a enterar y sin tu consentimiento, por no hablar del seguimiento público al que te sometes voluntariamente, que todo el mundo acaba sabiendo qué haces cada día, en dónde y con quién. Estoy de acuerdo en que tiene cierto interés, que te permite matar la curiosidad en un momento dado, y que al igual que el Messenger, es una forma de comunicarte con quienes no forman parte de tu día a día, pero ... ¿De verdad da para tanto? ¿Cómo puede estar todo el mundo hechizado, como si fuera lo mejor que les hubiera pasado en la vida? ¿Me he perdido algo?

Estuve el tiempo suficiente como para poder concluir empíricamente que no me llamaba la atención, así que me di de baja y seguí con mi vida como hasta entonces. Volvieron a avasallarme por quitarme después de haber tardado tanto en entrar, casi como si les hubiera ofendido personalmente, y como castigo me quedé sin fotos; y es que esa es la segunda parte: sin tuenti no tienes derecho a fotos comunes. Es así y punto.
Con la llegada de las cámaras digitales, el intercambio de fotos era rapidísimo, muy cómodo y generalmente altruista; al poco de tomarlas, uno podía tener en su ordenador las mismas imágenes que el dueño de la cámara. Con el boom del tuenti se inició una nueva era: la de la imbecilidad y el egocentrismo. Si quieres una foto ya no puedes esperar a que el dueño te la mande voluntariamente, o a que acceda a hacerlo si se la pides. No. Ahora no se mandan, se suben a la red y punto. Se acabó el ciclo.
Si no tienes cuenta te jodes, y si la tienes, pero quieres las fotos a una calidad y un tamaño normales, también te jodes, porque mandar un archivo por Messenger es una tarea demasiado extenuante como para siquiera plantearse hacerlo. Estuve dos meses, dos, que se dice pronto, rogándole a una amiga una puta foto, una y no más. Su dueña (a la que por cierto siempre le hago llegar las que querría tener sin que me lo implore), siguió el proceso natural de los tuentiadictos y la colgó, olvidándose de quienes no estamos en ese mundo y pasando de quienes se la pedíamos original, que no éramos pocos. Después de quedar de pesado sin lograr ningún

Por último, y siguiendo la línea de borreguismo sectario de muchos de los usuarios de redes sociales, la última vez que se convocó una cena del grupo con el que suelo salir a comer, hubo mucha gente que no se enteró, y tuve que arreglar yo el entuerto a ultima hora, telefoneando a todo Dios a contrarreloj, para conseguir que fuéramos unos cuantos más.

-Pero es que yo no tengo tuenti - dijo alguno.
-¿Y qué haces que no te lo haces? Es que si no lo tienes es culpa tuya si no te enteras. -respondieron varios al unísono.
¿Soy yo, o hemos perdido el norte?
En unos años me veo como los gordos de Wall-e, enchufados a la pantalla y analfabetos sociales.