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viernes, 27 de abril de 2012

"F."


Corría el año 1998, tenía 11 años y estaba al comienzo de 1º de la ESO. En clase éramos todos una piña, en parte porque a esa edad nuestra vida social se basaba principalmente en nosotros mismos, y en parte porque nuestro colegio, por sus especiales características, propiciaba que así fuera. A comienzo de curso, el petardo de nuestra promoción nos hizo saber que su primo iba a incorporarse a nuestra clase en unos días. Ya podía ser el tío más simpático e interesante del mundo, que sólo por ser familia suya no le íbamos a recibir con los brazos abiertos. Además, por si no fuera suficiente con eso, y con lo duro que es ser “el nuevo” a esas edades, su primo el petardo se dedicó a vendérnoslo como el anticristo. Supongo que en un intento de dejar de ser el bufón de clase y cargarle el muerto a otro. El día que empezó en el colegio no pasó desapercibido, porque su (muy) particular forma de ser enseguida chocó con la de los demás, y no porque fuera antipático ni nada por el estilo, sino porque F. es más raro que un perro verde no es nada común. Sin embargo, yo enseguida sentí una especial conexión con él, y desde entonces hemos sido íntimos.

Es de lo más curioso que ambos hayamos llegado a ser tan buenos amigos, y que eso se haya mantenido a lo largo de los años, porque no podríamos ser más distintos. No hablo de gustos generales, como cuando le dediqué la entrada a Mery, sino de diferencias a un nivel más profundo. F., para que nos entendamos, es como un señor feudal de hace un par de siglos, atrapado en el cuerpo de un joven de la actualidad. Es de derechas, monárquico y absolutamente creyente. Se mueve en ambientes donde se manejan los conceptos de “presentación en sociedad”, “buena familia”, “antigüedades”, y “el servicio”. Se ha criado en una familia muy clásica y viste siempre con polos de marca, suéter anudado al cuello y raya a un lado. Y por si os lo estáis preguntando, sí, está asquerosamente entullado de dinero; no hablo de su familia (que también), sino de él, como individuo, que a sus 26 años tiene propiedades como para vivir unas cuantas vidas sin dar un palo al agua. ¿Qué puedo tener yo que ver con alguien así? - Os pregunaréis. Pues nada y a la vez todo. Sabemos que hay cosas en las que nunca nos pondremos de acuerdo, y lidiamos con ello sin problemas. ¿Para qué detenerse en lo que diferimos, con lo bien que lo pasamos siempre que estamos juntos y lo muchísimo que nos reímos? F. y yo compartimos un sentido del humor negrísimo, absurdísimo y muy políticamente incorrecto, que nos hace llorar de la risa. Para que os hagáis una idea, él es una fusión entre Karen Walker y Stewie Griffin.

Además, puedo decir que siempre ha estado ahí para mí, de manera absolutamente incondicional, incluso en una época en que estuvimos distanciados. A primera vista, la gente tiende a catalogarlo como un niño rico imbécil y vacío, pero nada que ver. Es una persona muy inteligente y reflexiva, que aún pudiendo dedicarse a vivir de las rentas, se está construyendo un futuro a base de esfuerzo y dedicación. Y aunque cualquiera podría pensar que sólo se relaciona con “lo mejor de lo mejor”, resulta tan intimidatorio como sorprenderte, la cantidad y variedad de gente conocida que saluda por la calle, desde la señora más rancia al hippy más zarrapastroso. Compartimos el gusto por el arte y la música clásica, aunque él está mucho más volcado en ese aspecto (no en vano, lleva un programa de radio sobre el tema, y ha ganado algún certamen de piano), mantenemos charlas profundas sobre cualquier tema, y quedemos a la hora que quedemos, siempre nos dan las tantas de la mañana compartiendo experiencias, pensamientos, recuerdos y bromas.

Sé que F. no leerá esta entrada, pero habiéndole dedicado sendos post a otras amistades de siempre, estaría feo no hacer lo mismo con una persona que ha sido tan cercano e importante desde hace tantísimos años y que, con la mano en el fuego, no dudo que seguirá siéndolo muchísimos más. A veces, las amistades más dispares pueden ser las más enriquecedoras.

martes, 19 de julio de 2011

Lo que nos tocaba los cojones

Cuando he hablado de cosas de la infancia, siempre ha sido en tono nostálgico, como casi siempre que se habla de la niñez. Hoy le doy la vuelta a la tortilla, con un top 10 de lo que más me tocaba los cojones entonces... y que me los sigue tocando al recordarlo.

1- Las rabietas tomadas a broma: Era frustrante cogerte una calentura de mil demonios (era un niño muy calentón, las cosas como son), en la que te quedabas sin cuerdas vocales tratando de reivindicar tus derechos, para que tus padres o bien se rieran en tu cara (¡qué mono, mira cómo se le hincha le vena! ¡Hagámosle una foto!), o lo que es peor, te la armaran y luego contaran la anécdota a terceros partidos el culo. ¡Cabrones!

Aquí también entrarían las preguntas ingenuas (2); esas observaciones que haces con toda la inocencia del mundo, y que luego se convierten en anécdotas que repetirán con lágrimas de risa en TODAS las reuniones familiares.
Una de las mías ocurrió mientras dábamos una vuelta en barco: vi una gaviota posada en el mar, y exclamé emocionado: "¡Mira Papá! ¡Un pato!"

Ese falso pato me perseguirá toda la vida.

3- Que los adultos ajenos hablaran como si no estuviéramos delante, haciendo preguntas a nuestros padres en lugar de dirigirse a nostros ("¿Y qué edad tiene el niño?"), para después cambiar el tono, poner voz de imbécil y hacernos una pregunta chorra. Cuando me tocaban las narices, solía responder en el mismo tono simplón en que se dirigían a mí:

- "Holaaaaa, ¿Qué taaaaaal? ¿Vienes del coleeee? ¿Eh?" :D
- "Holaaaaaa. Yo bieeeeeen. Siiiiii. Y tú vienes de trabajaaaaar. ¿Ehhhh?"

La gente encajaba muy mal el sarcasmo infantil; mi madre la primera.

4- Que te limpiaran rasparan la barbilla con cada cucharada de potaje, que más que limpiarte te hacían un peeling que acabas con la barbilla toda roja. Dios, como lo odiaba.

5- Que se sorprendieran tanto cuando los profesores o los padres ajenos decían que somos un encanto, y además no mostraran ningún pudor en hacerlo saber: "¿Un niño encantador dices? ¿Mi hijo? ¿Sueper educado? ¡Qué cosas! ¿Estás segura de que hablamos de la misma persona?"

(Gracias Mamá, yo también te quiero)

6- Que te incitaran a contarle cosas a desconocidos, cuando no te apetecía una mierda: "¡Cuéntale a Fulanito lo que haces en el cole, venga, cuéntaselo. Vamos, cuéntaselo pa que te oiga. ¿eh?".

En mi cabeza sólo se oía una frase que nunca se atrevía a salir por la boca: ¿Y por qué no se lo cuenta tu madre?

7- La inmunidad de las niñas en las peleas (va por ti, Zorro). No me malinterpreten, que no es que quiera pegar a nadie, pero resulta que cuando uno es pequeño (bueno, y ahora) una niña te daba un bofetón y tenías que guardarte la rabia dentro. Recuerdo una vez que una, por no se qué historia, me dio un guantazo inmerecido. Yo se lo devolví y ella se chivó. ¿Consecuencia? El director me dió otro que casi me deja en coma, diciéndome que a las niñas no se les pega. ¡Estupendo! Dos por el precio de uno. Eso sí, cuando dos niños se masacraban no pasaba nada. ¡Así iban de chulitas por la vida, campando a sus anchas por saberse intocables! (pequeñas zorras...)

Luego pasa lo que pasa, que si un hombre le da un bofetón a una mujer es un hijo de puta, y si es una mujer la que le da el bofetón al hombre... también es el hombre el cabrón. XD

8- "Haz las paces con fulanita; dale un beso y pídele perdón". ¿Habrá algo más odioso e incómodo cuando eres niño que esto? Estás tirándole de los pelos a un pequeño ser del averno (que podía ser un primo, por ejemplo), y tu familia te obligaba a reprimir tus ganas de matar y reconciliarte, cuando ni siquiera habías tenido tú la culpa. ¡Arg!

Recuerdo que cuando me decían eso me ponía chulito y le espetaba a mi hermana:

- "¿Dámelo?"
- "¿El qué?"
- "El perdón que dicen que te pida. Dámelo."
- ¬¬

Exor, no me lo tengas en cuenta; era jóven e inexperto. :(

9 - "Hoy no vamos a pedir refrescos ni zumos ni nada, sino agua para todos, porque hay que beber agua, que es my sana, y lo otro es sólo para los cumpleaños y las ocasiones especiales, ¿ok? Camarero. Nos trae una botella de agua grande y dos cervezas."
10- ¿¡Mamá dónde está tal cosa!?
- En su sitio
- No, no está
- ¿Seguro? Como vaya yo y lo encuentre, cobras.
- Que no está.

Y estaba. Nunca comprenderemos cómo cojones lo hacen.

¿Cuáles se me quedan en el tintero?

miércoles, 6 de julio de 2011

Los azules

Manteniendo la línea de los últimos años, Hollywood sigue tirando de sagas, precuelas, secuelas, copias, adaptaciones y remakes, porque resulta mucho más sencillo que crear buen cine, y además asegura la afluencia masiva a las salas.
El último icono de los 80 en ser llevado a la gran pantalla son nada menos que los pitufos, que en un primer tráiler nos presentaban una serie de monumentos internacionales siendo pitufados, es decir, volviéndose azules.


Esto me hizo pensar que cuando se trata de crear personajes humanoides, optar por el color azul es una apuesta segura. A las pruebas me remito con mi top ten de seres azules:

1 – Los pitufos: ¿A quién podían no gustarle? Eran personajillos del bosque, que vivían en setas y cada uno tenía una personalidad diferente por la que pasaban a ser llamados (Pitufo bromista, pitufo gruñón…). Vivían aventurillas, le tocaban las narices a Gargamel y eran menos empalagosos que David el Gnomo. Diría que siento lástima por el escozor y holgura vaginal de Pitufina, que no debía dar abasto para satisfacer las necesidades de tanto macho (y las suyas propias), pero lo cierto es que siempre se le veía contenta.

2 – El monstruo de las galletas: Es mi teleñeco favorito y uno de los iconos de mi infancia, hasta el punto de que me llamaban así porque devoraba (y devoro) galletas como si no hubiera un mañana (mmm… me han dado ganas de comerme una). Algunos podrían decir que Triqui tenía una personalidad compulsiva y un grave trastorno alimenticio, pero en honor a la verdad comía sin remordimientos por el mero placer de hacerlo, y es que… ¿quién podría culparle de querer alimentarse sólo de galletas? Yo desde luego no.

3 – Sonic: Aunque me gusta mucho más Supermario como videojuego, no se me ocurre héroe de videojuego más molón que un erizo azul con cara de malote y tenis rojos, capaz de hacerse una bola y rodar a toda velocidad. Fuck Yeah!

4 – El genio (Aladdín, 1992): El que se no se haya partido de risa con el genio de Aladdín está muerto por dentro. Sin duda, uno de los personajes más carismáticos que ha parido Disney, sobre todo por sus continuas referencias a la cultura popular actual. ¡Y encima tiene súper poderes mágicos! Además, como ya conté en su día, de pequeño sentía fascinación por el tema de los genios, hasta el punto de convertirme en uno (azul, por supuesto) y fundar una exclusiva asociación para otros de mi especie. (La historia completa aquí)

5 – Stitch: Amo a Stitch (no en vano le dediqué una entrada tiempo atrás). Lilo & Stitch (2002) me pareció una película genial y muy fresca que me devolvió la confianza en Disney después de las mierdas que había hecho en los años anteriores. La relación entre la niña y el pequeño extraterrestre es de lo más tierna, pues nos hace ver que por mucho que le hayan inculcado que tiene que ser un ser maligno y destructivo, al final acaba resultado un cacho de pan. ¡Y además vive en Hawai!

6 – Sulley (Monstruos S.A, 2001): Sulley viene siendo un híbrido entre el monstruo de las galletas (un peluche gigante y gordinflón) y Stitch, en el sentido de que aún siendo su función asustar a los niños, se encariña de una niña en especial por la que se le cae la baba. Es taaaaaan adorable.

7 – Flick (Bichos, 1998): Es una hormiga con buenas ideas para la colonia y buen corazón, pero su torpeza y entusiasmo desmedido le hacen ser un inadaptado entre las demás, que no ven la necesidad de progresar pudiendo seguir como hasta ahora. Al final se demuestra que, aunque parezca un soñador sin los pies en la tierra, a veces es necesario que haya gente así para que las cosas cambien a mejor. Como diría John Lennon: You may say I'm a dreamer / But I'm not the only one / I hope someday you'll join us / And the world will be as one."

8 – Dory: Sin duda el mayor puntazo de una película que es de por sí sobresaliente: Buscando a Nemo (2003). Dory es la grandeza de Anabel Alonso, pues con un mal doblaje se habría quedado en un pez desmemoriado y con ganas de pertenencia a un grupo. ¿Se imaginan al padre de Nemo haciendo ese largo viaje sin ella a su lado? No habría sido lo mismo ni por asomo.

9 – Los Na´vi (Avatar, 2009): Lo sé, la película no es más que una revisión futurista de Pocahontas (colonizador cambia su visión del mundo y la naturaleza al enamorarse de una indígena que le enseña que el dinero no lo es todo), pero los Na´vi en sí me parecen unos seres bellísimos, con sus orejitas de gato incluidas y sus trenzas USB. ¿Soy el único que les veía su punto a estos pitufos del espacio? ¡Yo también quiero volar entre montañas flotantes subido a un pájaro gigante!

10 – Mística (X Men): Me pasa lo mismo que con los Na´vis. Me parece espectacularmente atractiva, con sus escamitas, su pelo naranja y la piel azul eléctrico de arriba abajo. Vale, es mala, pero hay que admitir que es la hostia, y es la mutante con el poder más alucinante (y práctico) de todos.



Y como bonus track no podía faltar el ser azul supremo, divino y al que rindo culto: ¡Transilmonio! ¡Alabado sea el mono azul!

lunes, 14 de marzo de 2011

Un niño raro

El otro día, cuando escribí sobre el club de los genios, empecé la entrada diciendo que fui un niño raro, y que se notaba a la legua por ser de los pocos que no jugaban al fútbol. En realidad mi intención era escribir qué otras cosas me hacían ser un outsider, pero la nostalgia se apoderó de mí y el post se me fue por otros derroteros. De no haber sido así, habría enumerado, tal y como voy a hacer ahora, un top 5 de cosas que a toda mi clase le apasionaban, y a mí me parecían un auténtico coñazo:


1 – Dragon Ball

Eran unos dibujos estáticos, con eternos primeros planos de caras de mala hostia, en las que unos ninjas vigoréxicos con el pelo como el de Tokio Hotel, hacían ruiditos de estar cagándose haciendo fuerza, mientras fruncían el ceño y apretaban las mandíbulas varios minutos. Acto seguido daban un salto, se liaban a guantazos (igual de estáticos, en la línea de la animación asiática), y sin escatimar en violencia ambos recibían una somanta de palos. Después había un lagarto con muy mala hostia que asesinaba gente a agijonazos, y un conguito con cara de muñeco hinchable que no tenía diálogo. No recuerdo más porque la serie me espantaba; no entendía dónde estaba la gracia de ver muñecos hostiándose capítulo sí, capítulo también, y esa sobredodis de agresividad gratuita me resultaba desagradable. Será que yo soy un blandengue, o que me gustaban las cosas con más argumento, pero cuando veía dibujos buscaba pasar un buen rato y reírme, no tragarme un viacruxis con tintes místicos.

2 –
Chiquito de la Calzada

¡Aargg! ¡No podía con él! Me parecía retrasado, y no cogía la diversión de repetir palabras sin sentido en medio de "chistes" sin gracia:

“Esto es un hombre – ¡Fistro!- que va por la calle y -¡Jarl! ¡No puedo! – se encuentra una mujer que le dice: ¿A dónde vas ¡pecador de la pradera!? ¡Voy a por la gloria de mi madre, Jarl!”

¿Qué mierda era eso?

Recuerdo vivir con horror la chiquito-manía; los graciosillos de turno lo imitaban a la mínima ocasión y todo el mundo se descojonaba; con los imitadores y con el original. Miraba a mi alrededor a ver si es que me había perdido algo, pero no, se ve que era un humor inteligente que no pillaba. Venga, voy a intentar reperir la fórmula:

“Esto es un hombre – ¡Maca!- que va por la calle y -¡Ping! ¡La lata! – se encuentra una mujer que le dice: ¿A dónde vas ¡militante de la noria!? ¡Voy a por tapones para los oidos, Ping!”

Ningún sentido y ni puta gracia, ¿verdad? Pues eso

3 – Los Power Rangers

Otros del mismo palo que los de bola de dragón, aunque en este caso eran actores de verdad. Eran estudiantes que de 8 a 2 iban a clase, pero al salir… ¡Se ponían pijamas de colores y le daban patadas a los teleñecos! ¡Toma ya!

Los malos llevaban disfraces de peluche muy cutres, tipo mascota del equipo de baloncesto, y obedecían a una tía con cuernos (¿Maléfica?), que lo único que hacía era reírse en voz alta por ser malísima. ¡Muahahahahahaha!

Con los años el power ranger rojo se pasó al porno, la amarilla murió, otro fue condenado por asesinar a sangre fría a una pareja, y a los demás se los han comido las cucas. Estaba claro que esa gente no podía acabar bien.

4 - Los Tamagotchi

- ¡Hey tío! ¡Tengo un tamagotchi!

- ¿Y eso qué es?

- ¡Es una mascota virtual!

- Osea que no existe, ¿no?

- Claro que existe, mira, es esto.

- ¿Y qué hace?

- Pues nada, está aquí en la pantalla, y tienes que estar pendiente de si tiene hambre, se hace caca o tiene sueño, porque si no lo cuidas se muere. ¡Esta guapísimo!

- Ya... ¿Y si se muere qué haces?

- Le das al botón de reset y vive otra vez.

- Entiendo… ¿me dijiste que te había costado 3000 pesetas? ¬¬


5 – El chavo del ocho

Otra absurdez del estilo de chiquito de la calzada, es decir: hombres "maduros" haciendo el imbécil, y provocando carcajadas por poner muecas y repetir muletillas 800 veces por capítulo. La acción se desarrollaba en el patio interior de una comunidad de vecinos, en la que padres e hijos rondaban los 40 y todos eran retrasados. La serie era aburrida y aberrante, pero oír decir al chavo su “¡No más que me da una rabia!” mantenía a la audiencia enganchada hasta el siguiente episodio. Absolutamente Inexplicable.




¿Soy el único que ponía los ojos en blanco con estas cosas, o hay más gente ahí fuera?

miércoles, 9 de marzo de 2011

El club de los genios

Siempre fui un niño atípico. Lo primero en que se notaba es que era de los pocos que no jugaban al fútbol, y eso es determinante cuando estás en el colegio. Cada recreo y rato ibre que surgía, salían todos despavoridos hacia el patio a vivir apasionadamente cada jugada y dedicarse insultos. Se lo pasaban genial pero a mí no me atraía nada.

Eso hizo que trabara amistad con el otro chico que tampoco jugaba: un asocial que prácticamente no se relacionaba con nadie, y que se expresaba a través de sus impresionantes dibujos. Con él fundé el club de los genios, y juntos vivimos infinidad de aventuras. Ese ratito de recreo que tan corto se nos hacía, nos daba para luchar contra robots asesinos, alienígenas malísimos y monstruos en general. El más temible de todos era “Campanoide”, un híbrido entre humano y cyborg, que quería acabar con nosotros porque sí. Tampoco es que se curren mucho más las motivaciones de los villanos en los cuentos, así que a nosotros nos bastaba con esa explicación.

Lo de "genios" no tenía que ver con un supuesto intelecto superior, sino a que éramos genios como tal, es decir, seres mitológicos que vivíamos en lámparas mágicas, y que contábamos con superpoderes. Yo, como no podía ser de otra forma, era azul, y mi poder estaba relacionado con el agua; podía diluirme, evaporarme o convertirme en hielo; era capaz de crear y manejar masas de agua en cualquiera de sus formas. Además, de otros poderes accesorios como la teletransportación, cambiar de tamaño, o volverme etéreo para entrar en la lámpara.
Mi amigo asperger era naranja, y controlaba el fuego del mismo modo en que yo gobernaba el líquido elemento. Eso sí, podíamos tocarnos sin problemas, y es que todo el mundo sabe que los genios estamos hechos de otra pasta. Entre ambos dibujábamos cómics donde éramos los protagonistas de alucinantes aventuras épicas, algunas ya vividas en días anteriores y otras por desarrollar en las siguientes semanas. Ideábamos utópicos escondites secretos, siendo mi favorito el creado dentro de una semilla de sésamo, que se acabó convirtiendo en nuestro cuartel general (es lo que tiene poder encoger). Además, dibujábamos con todo detalle el interior de nuestras lámparas, porque el genio de Aladdín podría tenerla vacía si quería, pero las nuestras eran viviendas de lujo. Hice muchos de estos dibujos para ir añadiendo mejoras, pero lamentablemente sólo conservo este, que es de los primeros, y por tanto de los más básicos:

Como se puede ver el dormitorio está en la tapa, y si observais con detalle, veréis que lo que está al lado de la cama es “Cosa”, la mano autómata de la familia Addams. De la pared cuelga un cartel de prohibido fumar, quedando patente que mi animadversión hacia el tabaco viene de lejos, y a un lado hay un tobogán que me permitría deslizarme, aprovechando la curvatura natural del asa, hacia mi enorme piscina, en la que vivían delfines y sirenas. ¡Toma ya!
En el fondo de la piscina estaba el cuarto de invitados y el resto de habitaciones típicas de una casa, que ni me molesté en dibujarlas, porque lo que molaba era tener un cuarto grande con tobogán.

La entrada de la lámpara, en el tubo, era una selva (¡con pinos!) habitada por una colonia de osos panda y un mono, y por si no fuéramos ya muchos ahí dentro, vivía con Casper y tenía un schnauzer miniatura. Como más sabe el diablo por viejo que por diablo, y nosotros conservábamos una sabiduría de milenios (yo tenía 9000 años, aunque nadie lo diría), nuestras lámparas se convertían en objetos cotidianos para pasar desapercibidas, al más puro estilo transformers.

Con el tiempo otros se fueron uniendo a nuestro club (lo cual demuestra que aún siendo una frikada, tenía su punto), y conforme iba entrando gente, la adjudicación de poderes era cada vez más absurda. Una vez agotados los cuatro elementos, pasamos al oro, la hierba, la madera y el metal. Esa prostitución de la idea original, unido a que un par de niñas quisieran enrolarse, fue el principio del fin. Nuestra asociación había cumplido una importante labor en la erradicación del mal, y ya estaba cerca de cumplir con su cometido.

Han pasado los años y el club de los genios no es más que un recuerdo entrañable, y aunque sé que sentir interés por el fútbol es mucho más práctico que no hacerlo (facilitaría mucho las relaciones sociales), no cambio estas vivencias por nada del mundo. ¡Abajo Campanoide!




miércoles, 26 de enero de 2011

Fauna de instituto: El prepotente

Como he dicho en más de una ocasión, el malrollismo gratuito y burlón me toca los cojones hasta dejármelos escocidos. No entiendo el supuesto encanto de ir de comemierda por la vida, y que encima haya descerebrados que les rían las gracias a estos gilipollas. Cuando entré en el instituto me topé con uno de estos elementos, y casi desde el primer día me gané su enemistad. ¿Saben eso que dicen los padres de que “es una tontería pensar que un profesor te tiene manía”? Pues en este caso no lo era: este tío me la tenía jurada.

Mi profesor de filosofía entraba crecido en clase, con unos andares más propios de un chulito de discoteca que de un hombre maduro; hablaba con una prepotencia y un desprecio que parecían meticulosamente estudiados, como si estuviera parodiando a un engreído. Hablaba con el ceño fruncido, voz impostada y desgana, como si le aburriera soltar la parrafada, pero a la vez riéndose… de nosotros. Era insufrible.

Utilizaba esa táctica de faltar al respeto a su audiencia de forma cómica, la misma que usan humoristas o monologuistas como Ignatius; la diferencia es que nosotros no éramos público dispuesto a aguantar vejaciones, sino alumnos, y por tanto sus tonterías sobraban. Paraba cada dos por tres para hacer el chistecito estúpido de que no atendíamos, que así no íbamos a llegar a nada, y que no sabía qué pretendíamos en la vida. Todos los días lo mismo. El resultado era el descojone general de toda la clase, que lo encontraba de lo más divertido. ¿Toda la clase? ¡No! Había un chico en que se quedaba mirando con incredulidad cómo los demás se partían la caja con la subnormalada de siempre, mientras le dedicaba una pronunciada subida de ceja al profesor.
Sé que no era lo más inteligente, pero es que era superior a mí; cuando me tocan las narices se me arquea la ceja sin que pueda hacer nada, y en casos extremos, la ceja me llega casi hasta la línea del pelo. El mierdaseca este se dió cuenta, y al no formar parte de los hipócritas y masocas que le reían los insultos, firmé mi sentencia de muerte.

El curso se estructuraba en 6 exámenes, uno por cada autor que iba a entrar en la PAU, y como eran excluyentes, se suponía que cuando aprobabas alguno no tenías por qué volver a preocuparte por él. Saqué un 9 y medio en el primer examen, y antes de que pudiera celebrar mi victoria, me dijo con una sonrisa:

- “Sí Pablo, tienes buena nota, pero no te confíes ¿eh?, que de aquí a junio pueden pasar muchas cosas."

A nadie más le dijo nada.

Fueron pasando los exámenes, y mis notas, que seguían siendo buenas, empezaron a bajar ligeramente; nada demasiado descarado, pero si lo suficiente como para alejarse cada vez más del sobresaliente. Lo curioso es que mis exámenes seguían siendo muy buenos, pero él buscaba la forma de que no lo pareciera. Había una pregunta que caía siempre, consistente en definir, palabra por palabra, algunos de los términos que nos había mandado a estudiar para cada ocasión. Valía dos puntos, y aún teniéndolo perfecto hasta la última coma, me ponía la nota que le daba la gana. Si en esa parte, que era la más objetiva, hacía lo que le salía del escroto, pueden hacerse una idea de cómo me evaluaba la parte redactada.

Cuando me acercaba con el examen de otra persona en la mano, para pedirle que me explicara por qué coño Fulanita tenía más nota que yo, habiendo puesto los dos exactamente lo mismo, convocaba a sus seguidores con un comentario burlón en voz alta:

- ¡Ya está Pablo otra vez quejándose, ¿eh? Si es que no se cansa nunca. jejejeje!

Gilipollas

Me daba largas diciéndome “que me centrara en mi examen y afrontara mi nota, y que no intentara bajar la de los demás”, hasta que ya por último me dijo, no sé si por descuido o porque era más cabrón de lo que imaginaba, que él pensaba la nota que quería poner antes de corregir, y que en función de eso iba adecuando la puntuación de cada prueba. Con dos cojones.

Teniendo en cuenta que ya el año anterior me había enfrentado también al profesorado (otro día contaré esa historia), y que además parecía ser el único que no encontrara divertido a este hijo de puta, no conseguí nada comentándoselo a otra gente del centro, y tampoco quería echar más leña al fuego. Además, únicamente había otro profesor de filosofía en el instituto que pudiera ponerse de mi parte en caso de disputa, y no sólo era peor que este, sino que ambos eran super colegas. Sólo me quedaba rezar para que a final de curso no hiciera la canallada de suspenderme y dejarme para Septiembre. ¿A que no sabéis quién “sacó” un 4,8 en su último examen?
Lo curioso es que, según sus palabras, cada autor era excluyente, pero por algún motivo cambió la política en junio, y luego sostuvo que siempre había sido evaluación continua.

Para cuando supe la nota no había opción de reclamaciones o quejas; al día siguiente de dármela tenía la recuperación de toda la asignatura, y al margen de que me dieran la razón (que no), si no lo hacía no tendría derecho a reclamar. Esa tarde además, tenía la recuperación global de matemáticas, de la que salí con la cabeza como un bombo. Tenía media tarde para aprenderme toda una asignatura que había ido aprobando con nota durante el curso, y era absolutamente imposible que me diera tiempo. Obviamente me copié hasta a la hora de poner mi nombre, porque no me daba tiempo de estudiar, y porque no me daba la gana hacerlo. En ese examen me fui "de chuletada" como hasta entonces no se había visto nunca, y cuando supe la nota (aprobado) me dijo con una sonrisa victoriosa:

-
“¿Ves como no era pa tanto? Si te hubieras esforzado en su momento…”


HIJO DE LA GRAN PUTA

A pesar de ser ateo me gusta creer en la justicia divina, y quiero imaginar que el día menos pensado se caerá por las escaleras y se quedará vegetal, sufriendo el desprecio de su familia, que le dejara morir solo de forma lenta y dolora. Y se lo merecerá. Por miserable, infantil, ególatra y comemierda.

miércoles, 5 de enero de 2011

Los reyes son los padres

Cuando eres pequeño estás constantemente expuesto a enterarte de lo de los reyes, ya sea porque tus amigos oyen cosas y las comentan, porque los niños mayores quieran joderle la ilusión a los pequeños, o por falta de sutilidad en la tele (este año un anuncio de Toys are us despejó dudas masivamente). Cuando esos peligros acechan y se te pone la mosca detrás de la oreja, ahí está la familia para darle la vuelta a todo y mantenernos la fantasía a cualquier precio. Menos en mi caso. Yo me enteré de que los reyes eran los padres por dos vías distintas, las dos culpa de Tíamaterna (Perra).

En el primer caso estaba yo en mi cuarto, jugando tan feliz con mis juguetes nuevos, cuando Tíamaterna entró y reparó en un cuadro nuevo de El libro de la selva. Desde ahí, y muy entusiasmada, le gritó a mi madre que dónde lo había comprado, que estaba muy bonito. Ella, que estaba en el baño y no podía ver que yo andaba allí, le dio todas las referencias, y con la misma mi tía salió de la habitación y siguió a otra cosa, casi como si sólo hubiera entrado a reventarme la magia del 6 de enero. Me quedé con cara de imbécil intentando hacer conexiones mentales coherentes, porque nada de aquello tenía sentido: ¿Cómo cojones iba a saber mi madre dónde se compraba y a qué precio, si me lo habían traído desde Oriente? ¿Qué clase de broma era esa? ¿Por qué habría de mentir mi madre sobre los reyes? ¿Y si no era mentira…?

Por el bien de mi salud mental decidí pasar aquello y dejarlo arrinconado en la mente, como si conmigo no fuera. Me había despertado la duda, pero no me daba la gana indagar porque temía dar con una respuesta demoledora.
Ahora me diréis que mi pobre tía no tenía culpa, que aunque debería haberse cortado al preguntar por cosas nuevas en enero (era casi seguro que se trataría de un regalo), fue un despiste. Pues bien, ese verano, estábamos en la playa ella, mi primo mayor, el perro que le había regalado “Papá Noel” y yo. Nos encontrábamos bajo la sombrilla tomando el sol, cuando se acercó una amiga de mi tía:

- Oye, ¿y ese perro?
- Ah, se lo regaló Paco al niño por las navidades (¡ZAS!)
- Pues es una monada
- La verdad es que sí. A mí no me convencía la idea, pero al final accedí a comprárselo porque le hacía ilusión.

- (…)

¡Joder! ¡Hay que ser torpe! Sólo le faltó acercarse a mi oído y decirme: “¿Te has enterado Pablo? Los reyes no existen y Papá Noel tampoco. Todo ha sido una farsa y te han engañado toda la vida.”

Por si quedaba alguna duda, al año siguiente, haciendo un belén de plastilina en clase (no entiendo cómo se dio esa situación, ya que mi colegio era antireligioso), nuestra profesora, que tenía un mal día, arremetió contra un alumno torpe, diciéndole en voz alta:

- Total… no sé para que te esfuerzas tanto en hacer a Baltasar si en realidad los reyes no existen.

Malditas revienta infancias… ¬¬


lunes, 23 de agosto de 2010

¡Felicidades Puretín!

Dentro de unos días mi abuelo paterno cumple 90 años, y como no podía ser de otra forma en mi familia, lo vamos a celebrar con una fiesta sorpresa. Cualquiera podría pensar que después de tantas en los últimos años, ya nadie puede sorprenderse con estas cosas, pero lo cierto es que entre que no han sido demasiado seguidas, y que mentimos muy bien, siempre se queda todo el mundo en bragas.

Preparar la fiesta y el regalo estrella (un libro recopilando todo lo que ha escrito en su vida, además de fotos y cartas de la familia) ha costado dinero, sudor y lágrimas, pero él se lo merece. No lo digo porque sea mi abuelo (que también), sino porque realmente es una persona extraordinaria. Jamás he oído una palabra negativa sobre él, y todos le tenemos en un pedestal.

Desde que mi padre tiene memoria, recuerda cómo le inculcaba la importancia de ser una persona honrada, educada y respetuosa; no concibe que se pueda ser de otra forma, y por eso se envenena tanto cuando tiene que lidiar con la gentuza que puebla el planeta (creo que eso lo heredé de él). Tener una conducta intachable no implica que sea un hombre soso e inflexible, todo lo contrario; es un cachondo de tomo y lomo, forofo de las bromas y que siempre está riéndose. Muy pocas veces he visto a mi abuelo enfadado; creo que no le sale por una cuestión de carácter. Para qué andar peleándose si es más agradable estar de buen humor.

Recuerdo que cuando éramos pequeños, nos enseñaba fábulas a la Exorsister y a mí, y nos ayudaba con paciencia en los deberes del colegio. Aunque ahora ande un poco más desmemoriado, tiene una cabeza que es un portento. Fue aparejador, y de aquellos tiempos le queda, además de la pulcritud matemática para hacer cualquier tarea, la asombrosa habilidad de saber cuánto miden las cosas. Es capaz de mirar un pedazo de madera y decir: “esto debe medir… 41 cm y medio”. Y acierta.

(Sí, este galán de cine es mi abuelo)

Cada vez que la familia se reune (que es a menudo), escribe un verso alusivo y lo lee en alto, para a continuación ser el que anima a los demás a cantar y tocar instrumentos En ocasiones especiales se ha liado la manta a la cabeza, y ha complementado esos recitales con disfraces. Aún recuerdo cómo nos dejó a todos boquiabiertos cuando cantó la zarzuela "La niña de la estación"… vestido de la protagonista. Posteriormente ha sido asistenta, sevillana o gitana. ¿Quién más tiene un abuelo tan desvergonzado y capaz de reírse de sí mismo?

Es un hombre activo e inquieto, que mantiene intacta la curiosidad por saber cosas nuevas; nunca ha dejado de escribir, va a la ópera, hace sudokus compulsivamente, y se sacó el título de patrón de barco ya entrado en años. En relación a esto último, hace poco le dieron una condecoración por ser el participante más veterano de la última regata en la que estuvo.
Es una persona que inspira ganas de vivir a cualquiera, y si llego a los 90, pido que sea al menos la mitad de bien que él.

¡Felicidades puretín!




martes, 5 de enero de 2010

Cabalgata de Reyes

El humorista Manel Fontdevila me ha hecho recordar a un odioso personaje navideño, al que ya había conseguido desterrar de mi memoria. ¡Qué recuerdos más amargos!

Atentos al trailer:

sábado, 19 de diciembre de 2009

Teruel existe… ¡y da miedo!

Hace casi once años, estando en primero de la ESO, mi colegio organizó un intercambio escolar con un centro de Teruel. Ambos directores se habían conocido en uno de los viajes en autostop del mío, que de joven vio toda España y parte de Europa sin pagar un duro. Durante años estuvieron tanteando la posibilidad de llevar a cabo el proyecto, y para cuando lo decidieron fuimos nosotros los afortunados. En realidad creo que se trató de justicia divina, pues entre unas cosas y otras habíamos tenido menos excursiones que cualquier otra promoción, y ya era hora de que nos premiaran con algo que lo compensara. No fuimos a la Danone, a los bomberos ni a la fábrica de golosinas, de la que todos los niños venían con una bolsa llena. ¡Cabrones!
No tuvimos chucherías gratis ni bajamos por la barra vertical, pero íbamos a ir a Teruel. ¡Muéranse de envidia! (Esto sonaba mejor en mi cabeza que por escrito).

El caso es que este intercambio tenía algo especial que explicaba por qué había sido tan difícil llevarlo a cabo: los alumnos de allí eran de educación especial. El objetivo del proyecto era que tuviéramos un contacto directo con ellos a una edad temprana pero certera (ni siendo muy niños, ni ya pasada la pubertad), para que aprendiéramos a ver sus discapacidades como algo accesorio, y no como el elemento que les definiera como personas. La experiencia fue muy enriquecedora a varios niveles, y es que además de la amplitud de miras que adquirimos, era la primera vez que hacíamos un viaje juntos, y todo el mundo sabe cómo son esos viajes adolescentes…

Nos quedábamos en un albergue juvenil de un pueblo de las afueras (por si estar en Teruel no fuera suficiente, encima estábamos alejados del centro), y aunque para cada excursión o actividad había que coger una guagua que tardaba un buen rato, lo cierto es que aquel sitio tenía lo poco necesario para sobrevivir (tiendas de víveres, básicamente). El último día hubo más movimiento y afluencia de gente porque se celebraba una fiesta local; había banderillas colgadas de farola a farola en la plaza principal, y kioscos de música donde vendían bebidas y comida basura.

Cuando la cosa empezó a animarse hizo aparición un tipo con un cabezón de toro de cartón-piedra, como los cabezudos de las cabalgatas, que se dedicó a perseguir a la muchedumbre con bengalas en los cuernos. La gente “se asustaba” y corría delante de él, disfrutando de una diversión sana sin necesidad de putear y asesinar a ningún animal.
Una vez pasado el momento taurino, cuando el alcohol ya empezaba a despertar los instintos más primarios de los lugareños, uno de nosotros le hizo no se qué comentario “desafortunado” a un chico autóctono, firmando así nuestra sentencia de muerte. El turolense hizo piña con sus amigos, con los amigos de sus amigos y con los que estaban por allí de paso, y empezaron a perseguirnos a todos en grupo, al grito de: “HIJOS DE PUTA, OS VAMOS A MATAR”. Sin saber cómo ni por qué, pasamos de estar tranquilamente con nuestra Fanta en la mano, a correr por la pronunciada pendiente que daba hasta nuestro albergue, que a su vez, estaba en un callejón sin salida. A lo lejos, la masa enfurecida avanzaba hacia nosotros con rapidez, y aunque había compañeros de clase dentro, la puerta se había atascado y no podían abrirnos. Por más que les gritáramos o aporreáramos la puerta aquello no cedía, así que con ayuda de los más fuertes, trepamos por la ventana como medida desesperada. Cuando ya habían entrado unos cuantos la puerta por fin se abrió; entramos los que quedábamos y la cerramos a toda prisa justo antes de que nos alcanzaran.

Nunca entendimos ese arrebato de ira injustificada en el que sólo faltó que se armaran con antorchas y tridentes, y llegamos a pasar miedo por la posibilidad real de que nos dieran una paliza; entrar por la ventana supuso un gran riesgo, porque nos podríamos haber caído y hacernos mucho daño, pero aún con todo lo negativo, no cambio ese episodio de subidón de adrenalina por nada. Teruel existe, y no se me olvidará nunca.