El otro día fui a ver “El árbol de la vida”, la película más pretenciosa que me he tirado a la cara. Me encanta el séptimo arte y considero que veo buen cine; tengo paciencia con las películas difíciles, porque tiendo a ver la belleza de una historia donde otros pueden ver sólo una escena larga y sin diálogos. No hago esta puntualización para quedar de gafapasta sabiondo, sino para explicar que en este caso creo que nos han tomado el pelo a todos. Cuando uno ve el trailer de la película intuye que va a ser un lenta e intensa, pero no por ello poco interesante. El problema es que el director va de místico y sólo se mira el ombligo, sin pensar que a quien tiene que gustarle es a los espectadores. Si a un enorme porcentaje de gente no le gusta la película o directamente le parece un truño, creo que algo falla. ¿No?
¡SPOILERS!

El filme (que paso a destripar) se sitúa en los años 50, y cuenta la historia de una “típica familia americana” en un barrio residencial, tipo Wisteria Lane, pero con mujeres subyugadas en lugar de desesperadas. Allí viven… eh… la pelirroja (no dicen nombres en ningún momento), su marido Brad Pitt, y tres churrumbeles, uno de los cuales se convierte en Sean Penn al crecer (misterios de la genética). Brad Pitt es el típico padre asperger que no sabe cómo relacionarse con su familia, especialmente con sus hijos; es agresivo, autoritario y déspota. No permite que se dirijan a él como “Papá” sino como “Señor”, y sus hijos, más que quererle, sienten que deben hacerlo (porque a ver quién se atreve a decirle lo contrario). El contrapunto lo pone la madre (¡cosa desaborida, por Dios!), que es quien les ofrece el cariño y comprensión que el otro no es capaz de dar. Uno de los niños (Sean Penn) está martirizado y hasta los huevos del padre, porque es especialmente estricto con él, y como es de esperar, acaba odiándolo y teniendo pensamientos homicidas hacia ese tocapelotas que le hace la

vida imposible. Al final, cuando echan a Brad Pitt del trabajo, se derrumba (es un decir) y le confiesa al hijo que en realidad le metía tanta caña para convertirle en un hombre de provecho, pero que se ha equivocado en la vida, y tendría que haber disfrutado más de lo verdaderamente importante: la familia, la naturaleza, y todas las demás maravillas del señor (sí, tiene un tufo religioso importante). Dicho así la historia puede sonar interesante, y en parte lo es, pero creo que el director se tiró el pedo más grande que el culo, porque el ritmo y los recursos narrativos, de tan alternativos y pesados, aburren a las ovejas. Muertas.
Haciendo un paralelismo con otra película de Brad Pitt, tenemos “El curioso caso de Benjamin Button”. Era igualmente una reflexión sobre la vida y la muerte, el paso del tiempo y la existencia; tenía un metraje largo y se contaba a un ritmo muy pausado. Pero no aburría, porque contaba una historia que te interesaba y no se ponía tan trascendental. Aquí pasa todo lo contrario, llega un momento en que te importa una mierda lo que le pase a los niños, es más, casi estaba deseando que llegara Brad Pitt enajenado, les pegara un tiro a todos, se pegara un tiro él y un fundido en negro indicara que la película había llegado a su final. La primera hora es un documental mudo sobre el origen del universo, deteniéndose con parsimonia en la vida en el

mar, las erupciones, los árboles y… ¡los dinosaurios!
Las imágenes son de una belleza acojonantemente espectacular, de lo más bonito que he visto en el cine, pero también del todo innecesarias. Si quieres que reflexione sobre la vida, no hace falta que me cuentes la mitosis ni el nacimiento del sol. Y lo que es más importante, cuando estoy metido en la historia de la familia y el drama personal del niño, aunque sea a velocidad de tortuga, no me pongas una voz en off susurrando: “padre… madre… la vida…”. ¿A qué coño viene ese mantra?
La madre, que es muy de disfrutar de la naturaleza (es lo que tiene estar todo el día en casa y salir sólo al jardín), nos deleita con eternas secuencias de “A qué huelen las nubes” (sum sum), que se acaban más o menos medio minuto después de que a ti te la sude ver cómo se moja los pies con una manguera.
A todas estas, Sean Penn, enfrentándose al mayor

reto interpretativo de su historia, sale en el futuro, tactiturno, mirando por la ventana, y soltando frases intensas del tipo “qué es la vida, un frenesí, qué es la vida, una ilusión”, para luego atravesar la puerta hacia otra dimensión (literalmente) que no queda muy claro si es el limbo o sus propios recuerdos (apuesto más por lo segundo, por una cuestión de coherencia), en donde se encuentra con toda la gente de su infancia caminando descalzos por la playa y abrazándose, muy idílico todo. Tan idílico como escenas de manos apuntando al cielo y acariciando la orilla que se prolongan hasta el hastío. Cuando sale de ese lugar mágico, sonríe a cámara, lo cual veo como un guiño directo hacia los espectadores, como si dijera: “la pasta que me acabo de embolsar por 10 minutos de actuación y vosotros que os estás tragando este pastel. ¡JUAS!”
FIN DE LOS SPOILERS

Como digo, la parte central de la película, recortándole unos cuantos bastantes minutos está bien, pero todo el envoltorio místico-reflexivo-trascendental toca las narices, no sólo por hacerse pesado, sino porque tengo la certeza de que si la misma película estuviera dirigida por un director cualquiera, la habrían vapuleado sin compasión. Aquí se da el efecto Woody Allen (da igual la película que hagas, siempre te van a vender como un genio).
Leo por ahí críticas de modernos intelectualoides, que dicen que si a la gente no le gusta, es porque “es difícil de ver y no todo el mundo es capaz de apreciarla y comprender lo que nos quiere contar”. Llamadme radical, pero para mí eso es sinónimo de fracaso. Y si a eso le sumas que empieza a ser conocida como la película en la que la gente abandona la sala en masa, apaga y vámonos.
¿Moraleja? Si queréis ver imágenes preciosas en un contexto tedioso e inconexo, acudid al cine más cercano, si sois tan tiquismiquis como yo, y os gusta disfrutar de un buen guión con cierta coherencia y agilidad, guardad vuestro dinero para algo más productivo.