Mi madre suele decir que no hay nada peor que una persona acomplejada, y no le falta razón. No se refiere a quien sufre por alguna tara o trauma, y va por la vida con la cabeza agachada; esa gente da lástima, pero en principio no es peligrosa. Los acomplejados son un riesgo cuando necesitan hacer ver a los demás su supuesta valía, cueste lo que cueste. Son los mindundis y trepas que enseguida se apuntan el tanto, que exageran sus logros, dan continuamente referencias de su destacable trayectoria y, en definitva, dan mucho por culo, porque anteponen dejar claro quiénes son y lo que valen, por encima de otras muchas cosas, como el sentido del ridículo, la decencia o la lógica. Uno de mis profesores actuales encaja perfectamente en el perfil. Es un acomplejado de manual, o si se prefiere el término coloquial, un gilipollas.
Ya conté en su día en
esta entrada
que él es el coco; sus dos asignaturas son prácticamente imposibles de
aprobar, y él se enorgullece de ello, no en vano, cuando alguien
comenta lo mucho que le costó sacarlas, él no puede evitar que se
le dibuje una sonrisa de satisfacción. Es de esas
personas que viven por y para trabajar y seguir formándose, lo cual
es encomiable en cierto sentido, pero también muy triste. Si estás
tan obsesivamente ofuscado en eso, tu vida personal debe hacer aguas
por algún lado, y lo que es peor, no tienes la empatía necesaria
como para entender que el resto del mundo SÍ tiene una vida
incompatible con el volumen de trabajo y el nivel de exigencia de una
única asignatura, que multiplica por diez lo que requiere estudiar
las demás.
Como buen acomplejado, no se le puede
llevar la contraria, o sencillamente darle la más mínima impresión
de que alguien cuestiona algo en relación a su metodología, y es
que donde cualquier otra persona podría ver una crítica
constructiva y estaría abierta al diálogo, un acomplejado se pone a
la defensiva y acaba reaccionando como un niño con una pataleta. Y
uno pierde la cuenta de las veces que este hombre se las ha cogido
ante la más leve sospecha de disconformidad entre su alumnado. Este personaje, al que le encanta dejar claro que existe una diferencia de
estatus entre él y nosotros, y que eso implica poder hacer lo que le
venga en gana sin que podamos chistar, es el mismo que siempre llega
irrespetuosamente tarde, saltándose hasta la mitad de la clase; es
quien nos roba tiempo de otras asignaturas y prolonga las clases lo
que le apetezca, pero que luego, cuando alguien llega 5 minutos tarde, o inmediatamente después de él, se lo recrimina como si
hubiera cometido un crimen y le cierra la puerta en las narices. Eso
sí, que nadie piense que por robarnos siempre nuestro tiempo luego es
flexible en los exámenes; sus míticos exámenes de desarrollo que
son IMPOSIBLES de hacer en las tres horas que da (y la prueba está
en que nadie se levanta antes de tiempo), se acaban cuando suena la
campana. Ni un minuto después, porque le entran las prisas y el no va a estar perdiendo esperando por nadie.
.jpg)
Trata de buscar palabras rebuscadas
para que todos sepamos que maneja una argot incalcanzable para el
resto de los mortales, y resta medio punto por falta de
ortografía, pero luego utiliza términos que no existen, y le
pega unas patadas al diccionario que hace sangrar los oídos. Da igual, él es “el papi”, y que nadie le haga creer lo contrario,
pues quienes han osado a desafiarle, aunque no sea de forma intencionada (es decir, utilizando la
terminología correcta al hablar, después de que él lo haya hecho
mal), después sufren las consecuencias en forma de pullazos y
desprecios durante mucho tiempo. Y para muestra, un ejemplo:
Peibol, ¿no sabes lo que es este
término? :o
No... por eso te estoy preguntando.
¿Pero tú no habías estudiado
psicología? Esto deberías conocerlo. ¿eh?
Pues o no llegué a darlo o no me acuerdo...
Pues es extraño, ¿eh? A ver clase... ¿alguien le puede
explicar a Peibol qué es “blabla”, que no lo sabe?
¬¬
Nuestro gilipollas particular roza los
40 y viste como si tuviera 15 años (pantalones cagados y piercing
incluídos), pero le parece legítimo recriminar las pintas de quien
considera que no va de forma correcta. Alguna vez ha hecho
burla de los nombres gentuceros de la gente, cuando él no se atreve
nunca a decir su segundo nombre, porque es horrible y de quinqui; le
gusta aparentar que está por encima del resto del mundo y que todo
se la suda, pero luego, cuando por alguna razón coincide en un acto
con políticos, le falta tiempo para ir corriendo a presentarse y
besarles el culo. Es un dechado de virtudes.
Su necesidad de reforzar su ego es tal,
que un día escribió un articulucho en una revista local, y nos hizo hacer un trabajo sobre el mismo. En él,
defendía una postura contraria a lo que se postula universalmente
sobre un aspecto de su materia. Cuando llegó el día del examen,
hizo una pregunta con trampa al respecto, a ver si los alumnos
respondían en base a lo que dicen TODOS los manuales de teoría, o a
su opinión personal en un artículo puntual. Como habréis adivinado, aquellos que respondieron de acuerdo al libro, tuvieron mal esa
pregunta.
.jpg)
El lunes decidimos hacer fuga colectiva
porque el martes era festivo, y así nos pegábamos un puentazo. Se
lo dijimos, nos amenazó moralmente (“ustedes verán lo que hacen,
no creo que sea lo que más les conviene”), y cuando nos
incoroporamos el miércoles, sufrimos las consecuencias. Alargó la
clase media hora más, y nos marcó para el día siguiente un examen, y un trabajo en grupo que habría que exponer en clase, y que contaba significativamente para la nota final. Una reacción muy madura, sí señor.
Como también dice mi madre, para consolarse cuando tiene que lidiar con anormales de este calibre: ¡Qué bueno es tener la cabeza bien amueblada!