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viernes, 30 de enero de 2009

Sin tuenti no hay paraíso

No sé si me estoy quedando anticuado o si la gente se está volviendo más antisocial y vaga; en cualquier caso tengo que hablar del tema con la boca pequeña, porque a este respecto pertenezco a una ínfima minoría.

Hace más de un año que me repiten cansinamente las maravillas del tuenti, y hasta hace poco no tenía muy claro de qué se trataba. Por lo visto era una red social, al estilo de facebook o tantas otras, en la que uno se registraba para subir fotos y que la gente las comentara. Muy interesante… ¿Y luego? Es decir, subes unas fotos para que las vea Menganito, las ve, pone algún comentario del tipo “tíoooo, q careto jajaja ¿te acuerdas de la fiesta? Q risas!”, y después… ¿cómo continúa la diversión?

Dicen que la gracia reside en que puedes ver quién más tiene cuenta para espiar sus fotos, comentarlas, enlazar con sus conocidos, y así suma y sigue hasta el fin de los días. Al parecer, resulta altamente adictivo ver las instantáneas de las borracheras y los colegas de personas con las que ni siquiera mantienes el contacto; las mismas que hasta ayer evitaban saludarte por la calle por pereza, pero que después te invitan a que seas su amigo cibernético; será para que aumente su contador de visitas, que eso siempre da caché.
Tanto me pelearon por no tener una cuenta (¡era imperdonable!), que acabé creándomela para ver a qué venía tanto alboroto. Entré, fisgoneé, me entretuve viendo fotos de personas a las que hacía tiempo que no veía, y pensé: “¡Vaya, así que Fulanito ahora tiene barba!”, o “¡Vaya, parece que Menganita estuvo en Barcelona!”. Una vez que acabé me encontré igual que antes de entrar, sabiendo del nuevo estilismo de Fulanito y del viaje de Menganita, pero exactamente igual.

Durante días me estuvieron insistiendo para que subiera fotos, pero a mí eso de poner mis fotos en Internet a merced de quien quiera verlas, no me hace ninguna gracia, qué quieren que les diga. Vale que se puede configurar de forma que sólo lo vean tus amigos, pero es que esa gente ya ve mis fotos porque son con quienes me las hago, y mantengo un contacto lo suficientemente frecuente como para que sepan de mí. Además, la privacidad queda bastante en entredicho si cualquiera puede subir una foto en la que salgas tú, sin que te llegues a enterar y sin tu consentimiento, por no hablar del seguimiento público al que te sometes voluntariamente, que todo el mundo acaba sabiendo qué haces cada día, en dónde y con quién. Estoy de acuerdo en que tiene cierto interés, que te permite matar la curiosidad en un momento dado, y que al igual que el Messenger, es una forma de comunicarte con quienes no forman parte de tu día a día, pero ... ¿De verdad da para tanto? ¿Cómo puede estar todo el mundo hechizado, como si fuera lo mejor que les hubiera pasado en la vida? ¿Me he perdido algo?

Estuve el tiempo suficiente como para poder concluir empíricamente que no me llamaba la atención, así que me di de baja y seguí con mi vida como hasta entonces. Volvieron a avasallarme por quitarme después de haber tardado tanto en entrar, casi como si les hubiera ofendido personalmente, y como castigo me quedé sin fotos; y es que esa es la segunda parte: sin tuenti no tienes derecho a fotos comunes. Es así y punto.
Con la llegada de las cámaras digitales, el intercambio de fotos era rapidísimo, muy cómodo y generalmente altruista; al poco de tomarlas, uno podía tener en su ordenador las mismas imágenes que el dueño de la cámara. Con el boom del tuenti se inició una nueva era: la de la imbecilidad y el egocentrismo. Si quieres una foto ya no puedes esperar a que el dueño te la mande voluntariamente, o a que acceda a hacerlo si se la pides. No. Ahora no se mandan, se suben a la red y punto. Se acabó el ciclo.

Si no tienes cuenta te jodes, y si la tienes, pero quieres las fotos a una calidad y un tamaño normales, también te jodes, porque mandar un archivo por Messenger es una tarea demasiado extenuante como para siquiera plantearse hacerlo. Estuve dos meses, dos, que se dice pronto, rogándole a una amiga una puta foto, una y no más. Su dueña (a la que por cierto siempre le hago llegar las que querría tener sin que me lo implore), siguió el proceso natural de los tuentiadictos y la colgó, olvidándose de quienes no estamos en ese mundo y pasando de quienes se la pedíamos original, que no éramos pocos. Después de quedar de pesado sin lograr ningún resultado, conseguí que alguien hiciera una captura de pantalla y me la hiciera llegar, y cuando la tuve en mi poder, mi decepción no pudo ser mayor: No es que la foto fueran mala, es que era una jodida basura. Cuando subes una imagen a cualquier sitio de la red, la calidad y el tamaño tienden a reducirse, y en este caso el cambio fue drástico. Además de ser diminuta, no se veía una mierda, y sé quienes salimos en ella porque recuerdo las ropas, porque si no sería imposible deducirlo. En cualquier caso esto es una batalla perdida, pues todo el mundo sabe que si quieres una foto con un mínimo de calidad, y no te conformas con estos engendros gráficos, es que eres un maniático inconformista. Fin de la discusión.

Por último, y siguiendo la línea de borreguismo sectario de muchos de los usuarios de redes sociales, la última vez que se convocó una cena del grupo con el que suelo salir a comer, hubo mucha gente que no se enteró, y tuve que arreglar yo el entuerto a ultima hora, telefoneando a todo Dios a contrarreloj, para conseguir que fuéramos unos cuantos más. Cuando llegamos al sitio y los afectados se quejaron de no haber sido avisados con antelación, la organizadora dijo que ella había puesto un aviso en tuenti hacía dos días, y que si no se habían enterado había sido culpa de ellos.

-Pero es que yo no tengo tuenti - dijo alguno.

-¿Y qué haces que no te lo haces? Es que si no lo tienes es culpa tuya si no te enteras. -respondieron varios al unísono.

¿Soy yo, o hemos perdido el norte?
En unos años me veo como los gordos de Wall-e, enchufados a la pantalla y analfabetos sociales.

lunes, 26 de enero de 2009

Macadamia

¿Recuerdan a Los Animaniacs? Yo desde luego sí, ¡cómo olvidarlos! Eran los protagonistas de una divertidísima y demencial serie de televisión, con un alto componente surrealista al más puro estilo de Padre de familia, una brillante sucesión de parodias y guiños, y un humor cáustico que no todos los niños entendían. El otro día, en pleno arrebato de nostalgia, me dio por buscar videos suyos en Youtube, y el buen recuerdo que tenía de ellos se ha magnificado. La ardilla Slappy, Pinky y cerebro, Mandy y Botones, los tres palomos, los hermanos Warner... ¡qué tiempos!

Como no tengo tiempo para postear, aquí os dejo con su particular versión de la Macarena.

sábado, 24 de enero de 2009

Reparto de abrazos

Seguimos en racha con el recibimiento de galardones; esta vez se trata del PREMIO ABRAZOS, que concedo a aquellos a los que no he reconocido ya, y que merecen percibir uno. Como suele suceder, me llega de manos de MaRía, y aunque le devolvería el achuchón de muy buen gusto, debo privarme de hacerlo, o mejor aún, hacerlo en directo y de verdad, que sabe mucho más.

Mis elegidos son:

1 - Chocolatecontrocitos: Sé que su autora tenía en mente dármelo a mí, pero que no va a hacerlo porque ya he sido premiado. Pues bien, yo sí que se lo voy a entregar a ella, que se lo merece, y que ya era hora de que la condecorara de algún modo. Enhorabuena.

2 - Sara López: Alguien que es capaz de compaginar cuatro blogs distintos y sacar tiempo para vivir, merece como mínimo un abrazo y un reconocimiento. Aquí te va este galardón a modo de 2x1. Por cierto, de nuevo gracias por los premios anteriores, que al llegarme "tarde", no dejé constancia aquí de que tú también me los habías entregado.

3AmoaGuilleMostaza: Con lo frustrantes que resultan los amores platónicos, como el que profesa su autor hacia quien lo tiene amostazado, nada mejor que un abrazo para que la no correspondencia sea más llevadera.

4Sero: Cuando su autor se enteró de que era seropositivo, decidió comenzar una bitácora en la que contar cómo se sentía y a qué tenía que enfrentarse cada día; y ahí sigue, compartiendo vivencias, sinsabores y prejuicios ajenos.

5Mi viaje de Chihiro: Descubrí su espacio el otro día, pero lo poco que he leído de ella me ha encantado, y esta es mi forma de hacérselo saber.

6Raúl Sánchez: Redactor de un conocido periódico local, nos deleita con microrelatos hiperbreves altamente conmovedores. No se lo pierdan.

7Cómo vivir con 300 euros al mes: Crisis temporales aparte, su autor nos da una lección de austeridad en estos tiempos de consumismo desmesurado, relatándonos cómo vivir con sólo 300 euros al mes. No debe ser sencillo, y un premio no ayuda, pero tampoco sienta mal. ¿no?


A estas alturas, me imagino que ya saben cómo va esto: Hay que poner el galarón en el margen enlazando a quien se los haya concedido (este blog), elegir a sus siete candidatos, publicar (si quieren) una entrada alusiva, y avisarles para que pasen a recoger el premio.

¡Muchas felicidades a todos!



miércoles, 21 de enero de 2009

Stand by me

La preciosa balada de Ben E. King a la que hace referencia el título, es una de las canciones más conocidas de la historia, y también una de las más versionadas. Es curioso cómo, a diferencia de los engendros perpetrados al reinventar clásicos de todo tipo, esta canción no pierde con cada nueva revisión, y es que aunque no hay nada como la original, hay que admitir que se han hecho cosas muy interesantes. La primera vez que escuché una variación de este tema fue en un corto de Timón y Pumba; se trataba de un videoclip protagonizado por ambos personajes, en el que el suricato se ponía melancólico y le cantaba a su amigo el jabalí. No era nada del otro mundo, pero en aquel momento despertó mi curiosidad. Posteriormente supe que Lennon también la había cantado, aunque no me entusiasma del todo su forma de hacerlo; tiene igualmente su versión en hip hop y una más que recomendable de Seal. Pero la que más me ha llamado la atención es la global; aquella interpretada por músicos callejeros de todo el planeta, como un modo simbólico de unir culturas. Sin duda, la música es un lenguaje universal.

viernes, 16 de enero de 2009

¡Cómo está el servicio!

Mi relación con los camareros siempre ha sido compleja; durante años he tenido que tragar con una serie de jodiendas en las que todos parecen estar instruidos desde la escuela de hostelería. Que nunca tengan la bebida que pido es algo perdonable y ajeno a ellos, aunque no sé qué les cuesta tener algo más que Coca Cola y Fanta en su variedad de refrescos, que tampoco es que les esté pidiendo Slurm. Lo que sí es un suplicio es que durante años tuviera que aguantar la estúpida broma del vino. Consiste en ir preguntando a todos los adultos de la mesa si van a querer vino y servirlo, para luego detenerse delante de mí, poner cara de cumpleaños y formularme la misma cuestión, mientras mira a los demás en busca de la carcajada cómplice. Es obvio que no iba a beber, y aunque sólo quisiera hacer una gracia para ganarse la propina, por el amor de dios, que se buscara otra broma, que esa ya la gastó el trigésimo séptimo camarero que me la hizo. En cualquier caso, todo eso son minucias comparadas con la que más me envenenaba, una injusticia y una falta de respeto que se daba en el 99% de los casos: No darme carta.
Repartían las cartas a todos los comensales, y aún cuando seguían teniendo unas cuantas bajo el brazo, se iban de la mesa como si yo no estuviera. ¿Pero esto qué coño es? Llegó un momento en que dejé de enfurruñarme y cagarme en sus madres o pedírselas luego, a adoptar una técnica mucho más agresiva y, en consecuencia, del todo eficaz: En cuanto me aseguraba de que no pensaban darme una a mí y estaban dispuestos a irse, les espetaba muy serio un: “Yo también voy a comer”.
Muchos se quedaban descolocados, porque no esperaban que aquel mico al que siempre obviaban pudiera ofenderse por ser excluido. Algunos se disculpaban y sobre la marcha me proporcionaban una, pero otros se quedaban con cara de procesar la información, y como si no hubieran oído bien, me contestaban desafiantes: ¿Cómo dices?

-Que yo también voy a comer, así que si no te importa, me dejas a mí también una carta, como has hecho con todo el mundo. – respondía muy serio.

Por alguna extraña razón, tomaron conciencia a la vez en todos los restaurantes de la isla, y desde que “me manifesté” en un par de ellos, no volvieron a hacérmelo en ningún sitio. ¡Hombre ya!

Todo esto había quedado felizmente atrás, hasta que el otro día ocurrió algo inaudito, una de esas cosas que se cuentan y no se creen, y que aunque luego nos dio para un buen ataque de risa, fue denigrante. Había quedado para cenar con un amigo y nos decidimos por una tasca de la que tenía buenas referencias; era modesta pero elegante, se respiraba un ambiente agradable y no había mucho bullicio. Estaba muy bien y comimos de fábula.
De los dos camareros que nos atendieron, uno se deshizo en atenciones hacia nosotros, mientras que al otro no le faltó más que escupirnos; nos largaba los platos sobre la mesa sin mediar palabra, cuando se dirigía a nosotros lo hacía sin florituras, yendo al grano y con la cara muy seria, como con desprecio, y al final se aseguró de que nos fuéramos de allí acordándonos de él.
Habíamos terminado de comer, nos trajo la cuenta, y en cuanto se dio la vuelta y estando a escasos centímetros de nosotros, soltó un estruendoso pedo que por poco rompe los cristales. Casi diría que hasta vi cómo le vibraba el pantalón y el aire se veía borroso, como cuando miras a través del gas.
Los ojos se nos salieron de las órbitas, ¿realmente acababa de ocurrir eso? Incluso al encargado se le puso cara de desconcierto. El hombre siguió caminando hacia la barra como si con él no fuera, y es que en estos casos casi es mejor disimular que darse por aludido y pedir perdón. Además, por mucho que se hiciera el loco, no había dudas sobre lo que acababa de ocurrir, que no somos sordos. ¿Lo habría hecho adrede?
La próxima vez que cuenten anécdotas de personal de restaurantes, podré decir que tengo el dudoso honor de ser el único al que un camarero le ha tirado un pedo en toda la cara.