
Como es lógico, todo eso repercutió en la amistad con mis compañeros de clase, con quienes no me llevaba mal, pero si mantenía en términos generales, una relación más distante que con quienes no jugaban todos los recreos

A pesar de pasar tiempo con los futboleros y reirme con ellos, está claro que había momentos en los que sobraba, y no sólo aquellos en los que se iban a jugar, sino cada vez que emitían un partido y necesitaban comentarlo durante horas. En secundaria la fiebre del fútbol disminuyó, y fui descubriendo a nuevos amigos entre los forofos que, finalmente, han durado más en el tiempo y se han convertido en más cercanos que aquellos outsiders con las que me relacionaba en un principio.

Apenas estoy al tanto del reglamento, pero conozco lo básico para saber cuándo se gana y cuándo no, y eso parece ser suficiente para conseguir que haya llegado a “sufrir” por el desarrollo del juego y la inmutabilidad del resultado final. Aún no comprendo cómo es posible que me mordiera las uñas en los últimos minutos, deseando que Alemania no nos metiera un gol que jodiera la victoria asegurada, pero lo que resulta más inverosimil es que haya apagado la tele con una sonrisa de satisfacción, ¿qué me pasa? ¿Tan grande es el poder de seducción del futbol, que ha sido capaz de enganchar a quien jamás en su vida creyó que se engancharía?
Quiero pensar que lo que realmente me atrajo fue el poderoso sentimiento de felicidad colectiva

La cadena cuatro nos hizo corear que “PODEMOS”, efectivamente pudimos, y finalmente han podido conmigo.