
Después de que hace dos años tuviera
LA semana santa de mi vida (
el viajazo a Nueva York), no había vuelto a volar fuera de Canarias, así que tenía unas ganas inmensas de volver a coger un avión. Con el Zorro instalado en Valencia, sabía que si no le hacía una visita ahora, no lo iba a hacer hasta el verano, porque el vuelo de Ryanair es solamente de Viernes a Martes, y durante el curso no iba a poder fugarme tantos días de clase.

Nada más llegar a Piso franco, ahora casa del Zorro, tuve que ponerme a acabar un trabajo que debía mandar antes de la noche a una profesora, y es que en los nuevos estudios no entienden que las vacaciones puedan ser empleadas en descansar, sino que más bien suponen un periodo perfecto para encargar trabajos sin la presión de ir a clase todos los días. Me mandaron otras dos cosas que no hice hasta el domingo por la tarde lunes por la mañana, porque no me salía de los huevos emplear mis vacaciones en eso.
El caso es entre que llegué cansado por no haber dormido (el vuelo era de madrugada), y que estuve bastante tiempo haciendo el puto trabajo, fui un zombi lo que quedó de día, que fue un ratito a la noche en que fuimos con unos amigos de H@n a ver una peli y tomar algo. Deben haber pensado que era asperger.

Los días siguiente empezarían con una vuelta turística por el centro, para volver a casa a comer (que la vida está muy mal), descansar, y seguir paseando a la tarde-noche. La primera parada obligatoria fue la FNAC, pues aquí no existe y es lo primero que intento localizar cuando voy a una ciudad peninsular. Entramos, me babé de envidia, arrasé, y sobre la marcha seguimos con nuestro camino, descubriendo la estación de tren, muy bonita y cinematográfica, y con ese encanto especial que tienen este tipo de lugares; por alguna razón, la estación de guaguas de Tenerife no me resulta tan mística.
El domingo fue un día histórico, pues conocimos a... ¡JuanRa Diablo! Fue bastante surrealista, casi tanto como mi primera quedada blogger, en la que estando sentado con Cattz, H@n y el Zorro, no paraba de pensar en lo extraño que resultaba todo aquello, y cómo de no ser por los blogs, un encuentro entre esas 4 personas nunca se habría producido (no escribo más al respecto para no pisarle a JuanRa su genial entrada). Tengo ganas de estar algún día en una quedada blogger con más de cuatro miembros, pues aunque he conocido ya a 9, nunca he estado con más de tres a la vez. Todo se andará.

El caso es que JuanRa, que no borró la sonrisa en todo el día, nos tenía preparada una sorpresita a los tres... y yo se la tenía preparada a él, así que nos fuimos todos contentos con una de esas tonterías que te alegran la mañana. Yo le había llevado un pequeño pitufo diablo, y él a nosotros un muñequito igualmente representativo de nuestro avatar (podéis ver la foto en su blog). Me enamoré de mi
"Oveja que da collejas". ¿Vosotros no lo haríais? ¡Si es que este diablo es un encanto!
Los cuatro dimos una vuelta por el caso antiguo; vimos la zona de El Carmen y almorzamos paella, como debe ser, pues como dice H@n, "tú lo que has probado es el arroz amarillo; la paella de verdad está en Valencia".

Al día siguiente tocó vuelta en bici por el antiguo cauce del Turia y el parque de Cabecera, haciéndome sentir envidia de esas grandes ciudades plagadas de zonas verdes y ancho carril-bici, para disfrutar del aire libre y circular sin que me miren mal. Además, es todo increíblemente plano, de modo que puedes recorrer largas distancias sin cansarte; quisiera yo ver a cualquier valenciano enfrentándose a las continuas cuestas pechadas de Tenerife. Esa noche además, tuve la oportunidad de reencontrarme con la valenciana y el polaco de los que hablé aquí, a quienes había conocido hacía 5 años y que no había vuelto a ver desde entonces. Fue genial ponernos al día y charlar animadamente como si el tiempo no hubiera pasado.
El último día fuimos a la Ciudad de las Artes y las ciencias, un lugar en el que te pongas donde te pongas, es imposible que una foto salga mal. ¡Qué preciosidad! No me extraña que los extraterrestres hicieran un corta y pega en su nave nodriza (la explicación aquí).

Al margen de lo bonita que es (que lo es y mucho), creo que una de las cosas que más me impactó de Valencia es lo grande que me resulta, al menos en comparación con Tenerife. Estás a un lado de la calle, quieres cruzar el paso de cebra, y cuando vas a medio camino aún te parece que queda una eternidad para llegar. Seguro que hay diferencias mucho más llamativas y que me han pasado desapercibidas, pero ya habrá tiempo de ir descubriéndolas...