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jueves, 20 de septiembre de 2007

Seres indeseables

El personaje de Edward Norton en American History X decía que “el odio es un lastre, y la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado”. Y es que odiar está mal visto porque parece propio de malas personas o gente agresiva. En un utópico mundo perfecto nadie odiaría a nadie, todos seríamos felices y amables, no nos cabrearíamos por las tonterías que nos molestan y sería todo mejor…o no. ¿Se imaginan qué coñazo si todo el mundo obrara siempre bien y jamás nos enfadáramos? ¡Dios! ¡Qué muermo!
Muchas de las anécdotas que contamos de forma habitual están relacionadas con acontecimientos que se desarrollan a raíz de la mala contestación o la conducta deleznable de algún gilipollas que nos ha tocado las narices. ¿Qué sería del día a día sin todos estos tocapelotas que, indirectamente, nos hacen la vida más interesante?

En base a esto, estoy en cierto modo agradecido a los trabajadores del club náutico, que se contradicen, hacen y dicen cosas fuera de lugar, porque no son capaces de mirar más allá de sus dos mantras personales: “son las normas” y “es sólo para los socios”. Así, pueden verte arrastrándote por el suelo mientras te desangras por una herida de bala, que si les pides asistencia médica irán a mirar los estatutos a ver si es lícito prestarla. Encima de no hacer una mierda cobran una pasta, y los muy cabrones tienen una serie de privilegios y prestaciones laborales injustificadas, a costa de una pésima gestión económica que desangra a los socios mes a mes, dándose situaciones tan ridículas como que haya hasta a cinco inútiles en la puerta para ver los carnés y llamar por megafonía ¿Realmente hace falta tanta gente? Por supuesto que no. No voy a enzarzarme en este tema del que, por razones ajenas a mí, estoy puesto, pero si lo hiciera conseguiría que a cualquiera se le despertara la empatía y le hirviera la sangre. En el club también hay otra raza de indeseables: los viejos y viejas de “no sabes con quien estás hablando”. Son sexagenarios (y septuagenarios, y octogenarios…), que van por el mundo contoneando con prepotencia sus celulíticos culos, mientras te miran por encima del hombro a ti, pobre mortal, que tienes el honor de moverte en el mismo ambiente que ellos. Algunos incluso tienen el atrevimiento de manifestarte su superioridad verbalmente, o mediante actos con los que pretenden rebajarte, pero que logran precisamente lo contrario, pues demuestran la escoria humana que son. ¿Qué coño se han creído los mierdas estos?

Recuerdo que una vez, estando en el pequeño comedor del restaurante, quise pasar entre dos mesas que estaban bastantes pegadas debido a que una "señora bien" había arrimado demasiado su silla hacia atrás, haciendo que su respaldo casi tropezara con el de un comensal de la mesa contigua. Había una pila de camareros danzando de aquí para allá, y un carrito atravesado en el único pasillo libre, así que solo podía cruzar por donde la mujer había acomodado tan placentera y egoistamente su ilustre trasero. El caso es que le pregunté amablemente si podría arrimarse un poco hacia adentro para yo poder pasar, y la muy comemierda me miró de reojo y se echó aún más hacia atrás. ¿Se lo pueden creer? ¿Quién puede ser tan imbécil para hacer algo así? ¿Qué pretendía? ¿Creía quizás que iba a aceptar mi derrota y acatar mi lugar en el mundo frente a su “evidente supremacía”? No fue el caso, porque pa chula ella chulo yo, así que entré como pude por el hueco, empujé su respaldo contra la mesa, y cuando tuve el espacio suficiente para pasar (y un poquito más), seguí hasta mi asiento y la dejé allí con tres palmos de narices. A esta gente hay que educarla a cachetadas, y me satisface saber que hice una buena acción urbanizándola.

Otros espécimenes molestos aunque desde luego mucho mejor intencionados son las dependieras cariñosas; todos sabéis a quienes me refiero, esas dependientas con pinta de unineuronales, que nada mas entrar en su tienda, te tratan con un cariño que no has visto ni en tus seres más cercanos:

-Hola amor, ¿te puedo ayudar en algo cariño?
-No gracias, sólo estaba mirando
-Ok, si quieres algo cielo, estoy aquí mismo. ¿Vale mi vida?


Vamos a ver… ¿Quién te ha dado libertad para usar esos apelativos cariñosos conmigo? ¿Te conozco de algo?, y lo que es más importante… ¿Pa qué eres falsa? Hace 20 segundos que me conoces, no puedes llamarme “mi amor” porque por mucho que creas en el amor a primera vista, dudo que en ese tiempo te hayas dado cuenta de que yo soy el tuyo, y si lo soy, no me lo digas tan directamente porque te expones demasiado; en cualquier caso el amor de mi vida nunca podría ser alguien tan hipócritamente cursi. Lo lamento…

En cuanto a gente famosa hay personas que sin haberme hecho nada, ni haber tenido el “placer” de tratar en directo con ellas, me despiertan un odio que podría calificarse de injustificado, pero que a mí, desde luego, no me lo parece. Es el caso de gente prepotente y gilipollas como Jennifer López o Malú, o el de Raquel del Rosario, la insoportable vocalista de El sueño de Morfeo.

Aparte de tener cara de trepa, me dan ganas de darle un taponazo en la boca cuando la oigo cantar las subnormaladas estridentes con las que nos machacan los medios de comunicación. Últimamente se prodiga por ahí con un engendro musical con pretensiones de canción que dice así:

“(…) Dicen que soy una chica normal,
con pequeñas manías que hacen desesperar,
que no se bien dónde está el bien y el mal,
dónde esta mi lugar,
Y esta soy yo (…)” (esta última frase la repite unas doscientas veces)

Vamos a ver bonita…cuéntame algo interesante… ¿A mi qué carajo me importa como seas o dejes de ser? Para cantar esa mierda mejor te callas guapa.

A Amaia Montero (vocalista de La oreja de Van Gogh) no puedo decir que la odie, pero si le recomiendo que cambie el chip porque lleva diez años cantando lo mismo: que si dejó escapar un amor, que si está frustrada, que si fue una gran pérdida, que no hay nadie como él…¡Joder! ¡Pues vete y díselo o supéralo!, que tienes ya una edad como para seguir lamentándote por no haberle dicho nunca a ese chico del instituto que te gustaba ¡Hay que pasar página por dios!

Hay gente a la que no es que odie pero me causa rechazo, porque por alguna razón más o menos justificable me da ASCO. El más zarrapastroso de los cantantes de Pereza (Leiva) me da una grima que pa qué; tiene pinta de ser un hediondo que jamás se ducha, que apesta a sudor y cangrejilla, y que además lo remata siendo un salido. Otro que me despierta más o menos los mismos sentimientos es Antonio Orozco… ¡Puaj!

Manuel Carrasco podría entrar dentro de este grupo, pero sólo me da grima a veces, así que no sería del todo justo, no como el actor Antonio Dechent que se lleva la palma, porque aunque de entrada no me resulte repulsivo, el hecho de que siempre haga de cabrón, bruto, salido o violento, no ayuda demasiado, aunque, eso si, debe sentirse realizado como profesional, pues sus interpretaciones calan más allá de la pantalla, y hacen que la aversión que siento hacia sus personajes se traslade a su persona.

A Paulina Rubio no sé si la odio y en el fondo me da hasta lástima. Hay que admitir que lo de esa chica tiene mérito; es fea y no sabe cantar, pero vende millones de discos de música petarda, gracias a coreografías en las que asume siempre el papel de putilla viciosa, y a su actitud vital de calientabraguetas cachonda. Si no fuera porque con tanto movimiento se le caerían, juraría que lleva enchufadas las bolas chinas todo el día, porque si no, no entiendo por qué anda siempre con la boca abierta, manteniendo una expresión a medio camino entre el resultado fallido de una lobotomía y la sobreexcitación sexual. Apuesto más por lo segundo, y que de hecho la abre de esa forma tan “sugerente” a la vez que poco sutil, a la espera de que le entre algo que la cierre (y no me refiero a una mosca precisamente).

La lista podría seguir con tertulianos de programas de cotilleos (de donde destaco a Jaime Peñafiel, que no sólo debería replantearse el sentido de su vida, sino que alguien debería asesinarlo), kinkis sin otra ocupación en la vida que hormonarse, robar, y joder al mundo en general, y demás gentuza, a la que desde aquí le doy mi más sincero agradecimiento, no sólo por animar mis días, sino por ser una inspiración y una motivación suficiente para superarme, y tratar de ser todo lo contrario de lo que ellos son. Gracias a todos.

domingo, 16 de septiembre de 2007

La peluquera frustrada

En un artículo del pasado mes de Julio (La cocinera siniestra), hablé de cómo las personas más anodinas podían resultar fascinantes si uno se paraba a fantasear sobre sus vidas; ya fuera a partir de unas dotes especiales para inferir cosas a raíz de pequeños detalles, una extraordinaria intuición o algo de imaginación...
El otro día fui a cortarme el pelo a donde voy habitualmente, y mientras la peluquera hacía su trabajo, yo me puse a pensar en la recepcionista que siempre me cobra. No era la primera vez que me detenía a pensar en ella, porque siempre me ha llamado la atención. Es una mujer de unos veintimuchos muy mal llevados o treinta y pocos no muy cuidados, que parece estar siempre en su planeta y rara vez sonríe. Sus movimientos son lentos y algo torpes; como si su mente estuviera entretenida en algún pasatiempo interno y su cuerpo se moviera de forma automatizada, realizando su rutinario trabajo mecánico. A pesar de no ser precisamente una jovencita, da la impresión de que fuera la becaria del lugar, pues no tiene grandes responsabilidades; cobra, barre el pelo del suelo, y en alguna ocasión, si tiene suerte y las demás van mal de tiempo, puede llegar a lavar y secar una cabeza. Parece que hubiera entrado de aprendiz nada más sacarse el título de peluquería, pero no hubiese alcanzado aún el rodaje y aprendizaje necesarios para desenvolverse como la profesional autónoma que ya debería ser. Si no se trata de eso no comprendo muy bien el propósito de que la tengan en nómina, porque en el resto de peluquerías en las que he estado, son los mismos trabajadores quienes se encargan de cobrar y recoger el pelo sobre la marcha. ¿Para qué iban a pagar un sueldo más sin necesidad?

Puede que a raíz de haberse propuesto dar oportunidades a gente a la que normalmente no se le hace caso, la conserven allí, manteniéndola entretenida con "tonterías" que realmente no requieren su dedicación. Seguramente debe ser familia o amiga de alguien relacionado con la contratación de personal, que por cariño o lástima, le habrá dado un trabajo para que haga algo con su vida, diciéndole al resto de empleadas que tengan paciencia con ella, que le hagan sentir importante y la traten como a una más. El por qué situarla en una peluquería y no en cualquier otro sitio, lo atribuyo a que quizás ansiaba ser peluquera, y de este modo, aunque no pueda cortar el pelo sino, como mucho aplicar tintes, está trabajando en el lugar de sus sueños. Quién sabe.

Sería por tanto una potencial peluquera frustrada, pues aunque quiere ejercer como tal y convive cada día con secadores y tijeras, tiene que ver con impotencia desde el mostrador cómo otras cumplen su sueño. Esto por supuesto se manifiesta en su cara, no sólo en su mirada perdida y en sus movimientos carentes de dinamismo y viveza, sino en todo su ser. Anda algo encorvada y arrastra los pies, como si reflejara lo que para ella es su vida, una sucesión de días iguales en los que no hay ningún aliciente lo suficientemente bueno como para calzarse unos tacones y hacer sonar sus pasos. Ni quiere estar ahí, ni quiere estar así, ni quiere que los demás la perciban; cuanto más inadvertida y sin sobresaltos pueda pasar su jornada mejor. Puede que así no tenga emociones en el día a día, pero es mejor no tener estímulos, porque igual que podrían ser buenos, podrían ser malos, y bastante tiene ella con cargar con una existencia que no le termina de gustar como para encima llevarse disgustos sin necesidad.

Además, está en esa edad en la que ve como todas las personas de su alrededor se enamoran, se casan, tienen hijos, y son felices con una vida familiar a la que se dedican con el mismo empeño que antes ponían en estar guap@s para encontrar a ese alguien especial. Los años no perdonan, y con las arrugas y la flacidez, vienen también la perdida de ilusión por las cosas, la envidia hacia quienes han conseguido lo que uno tanto ansía, el cansancio por la vida en general, y la aplastante frustración de saber que realmente no hay nada nuevo bajo el sol. Ella está en ese punto, y hace unos años, en un desesperado intento por competir con las jovencitas que le suponían un obstáculo a la hora de encontrar al hombre de su vida, “rejuveneció” su aspecto con una mustia melena planchada, teñida de un artificial rubio platino, que no tiene ni la más nórdica de las nórdicas.

Obsesionarse por la soledad es contraproducente, pero preocuparse por ella es algo inherente a la condición humana; la gente necesita saber que contará con ese alguien especial con el que compartir la vida, y ver que por más que uno lo busque no llega, y que mires donde mires parece que es un problema que no tienen los demás, puede llegar a frustrar mucho, y lleva a actos desesperados como el que refleja su antinatural cabello.

La sociedad en la que vivimos te hace creer que si llegada una determinada edad no tienes pareja estable, jamás la tendrás, y pasas a ser un sujeto de clase B (al más puro estilo de la película Gattaca). Entre mis amistades que pasan la veintena pero no llegan al cuarto de siglo, hay gente de la que no se puede decir que haya tirado la toalla, pero que desde luego no es demasiado optimista a este respecto. Una buena amiga afirma con tono burlón, pero puede que con algo de pesadumbre oculta, que acabará como la señora de los gatos de Los Simpson: sola, vieja y malhumorada; en una enorme casa llena de tapetes, y rodeada de decenas de gatos que le harán compañía y sobre cuyas vidas girará la suya (lo de arrojárselos a la gente es otra historia).



Cuando el pelo se nos vuelva gris o se nos caiga, podremos empezar a plantearnos que si seguimos solos es porque igual algo falló en nuestra vida y nuestros actos; mientras tanto deberíamos disfrutar de nuestra existencia, ser optimistas, y sobre todo, no dejar que si estos temas llegan a atormentarnos en algún momento, se note. Si no te quieres no te quieren. Es así de sencillo. Siempre he dicho que la mitad de la belleza y el encanto personal de alguien están en su actitud, y si sabes exteriorizar sólo lo que te interesa, tienes la mitad del trabajo hecho. En ese sentido me siento afortunado por ser capaz de sentirme totalmente pleno sin necesidad de emparejarme.

En síntesis, te digo desde aquí Lucy (he decidido llamarla así), que como quiera que sepas y puedas, intentes cambiar el chip, que no tienes por qué resignarte a un destino tan poco atractivo como el de pasar tus días tediosamente hasta que no te queden más; que hay todo un mundo estimulante por descubrir ahí fuera, lleno de gente interesante que, del modo que sea, puede alegrarte la vida, y que aproveches tus días, porque es muy poco el tiempo que pasamos vivos, con un cuerpo y una mente que nos permitan disfrutar de todo lo bueno que tiene el mundo. ¡Atrévete a vivir, Lucy!

viernes, 14 de septiembre de 2007

¡Bendito cansancio!

Ayer salí a correr por primera vez en mucho tiempo (o igual no tanto, pero el mono hace que parezca más). Me vestí de gentuza, me calcé las dos motrocosas “naves espaciales” que uso para hacer footing, y antes de salir me miré detenidamente en el espejo pensando: "¡Que lástima Pablo! ¡Con lo que tú has sido…!"

Conforme me iba vistiendo y preparaba las cosas, me fue entrando una vagancia y una dejadez que ni te cuento. Llevaba un huevo sin hacer footing, y además había estado estudiando, así que mi actividad física se había visto reducida principalmente a criar culo en una silla, algo que para un “culoinquieto” como yo, es desesperante. Hay gente más o menos activa, y yo soy de esas personas que se va caminando a la otra punta de la ciudad si se le antoja comprar una libreta. Además, cuando salgo a la calle a lo que sea, no es que camine más o menos ligero, sino que llevo un paso que pocos saben seguir sin quedarse con la lengua fuera. mi amiga MaRía merece una mención especial, porque tenemos un concepto de lo que es pasear poco coincidente con el del resto del mundo; no es que vayamos con paso ligero, es que vamos “al fuego”; caminando, pero dando la sensación de que llegamos tarde a algún sitio, de hecho, muchas veces nos frenamos el uno al otro, porque a lo mejor hemos estado una hora de cháchara con la vista al frente sin ni siquiera mirar al otro, mientras gastamos las suelas y la calzada.

El caso es que llegué, me subí a la cinta de correr (yo soy así, en vez de disfrutar del medio ambiente adoro correr en cinta), y me ajusté los auriculares del mp3 mientras caminaba a paso lento, para en pocos segundos pasar a ligero, continuar con un trote breve, más intenso, un poco más, correr moderadamente, y por último, llegar a la velocidad deseada dejándome los pies y la vida.

Llegar a ese punto en el que sientes como todo tu cuerpo se coordina para dar el paso perfecto y certero, pisando en el sitio exacto, manteniendo el tiempo justo la pisada en el suelo, y sabiendo además que no puedes despistarte, porque la cinta sigue avanzando y si no reaccionas te caes de boca, es algo maravilloso y muy gratificante.

Hay quien dice que no puede correr con música porque se desconcentra y no coordina bien los pasos. Yo personalmente no concibo correr sin ella, es más, cuando me he visto obligado a hacerlo así porque se me acaba la pila del reproductor o me olvido de los cascos, el footing pasa de ser una tarea agradable y estimulante, a un coñazo insufrible que a los diez minutos me tiene cansadísimo. Mi mp3, relegado a la tarea de motivarme en esos momentos, tiene toda la música acelerada y de pastilleros que jamás oiría en ocasiones normales, pero que me motiva hasta límites insospechados para “maltratarme”.
Así, tengo determinadas canciones que directamente me disparatan, porque tienen una percusión o un compás perfecto para sincronizar cada pisada, y suenen cuando suenen, sea al principio o al final de la sesión, que es cuando uno tiene que llevar un ritmo más lento, subo el volumen, aumento la velocidad en el panel de control, y “bailo”. Si, bailo, porque esta es la forma que tenemos de seguir la música todos aquellos que jamás bailamos en público, pero que poseemos cierto sentido del ritmo.

Muchas veces tengo que hacer verdaderos esfuerzos faciales porque se me llega a dibujar una sonrisa en pleno frenesí musical, y es que cuando corro soy feliz, es así de sencillo. Ni siquiera tengo ninguna necesidad de correr, en el sentido de que no necesito bajar de peso, y de hecho sería contraproducente que lo hiciera, así que lo hago, pero después no me privo de comer lo que me venga en gana, sin pensar que he corrido en vano ni mucho menos. Sencillamente me gusta.
Sudas, fuerzas el cuerpo, te da sed y te cansas, pero es un cansancio que no cambio por nada, pues al acabar no sólo te sientes realizado por haber hecho algo saludable, sino que te llega un chute increíble de serotonina (la hormona de la felicidad), sólo equiparable al que recibes cuando te proporcionan un orgasmo.
Puedo decir que en ese sentido soy adicto a la felicidad, que se consiga de la forma que sea, es pura química al fin y al cabo.


domingo, 9 de septiembre de 2007

Las chicas son guerreras

Si algo hemos aprendido de la nueva hornada de series políticamente correctas en las que se trata de eliminar cualquier atisbo de discriminación, es que “las chicas son guerreras”... y nosotros gilipollas.

En pro de buscar la igualdad entre sexos, ha habido en los últimos años una proliferación de series protagonizadas por personajes femeninos, que no sólo han dejado de ser las serviles esposas descerebradas tras la sombra hombres triunfantes -imagen contra la que se lleva luchando décadas- sino que ahora son la polla en verso. Son mujeres liberadas, fuertes, inteligentes, valientes, independientes, ambiciosas, arriesgadas y plenas, que sin embargo -pobrecitas- tienen que lidiar con los personajes masculinos más imbéciles y deleznables que uno pueda imaginar.

Las profesoras del colegio de Los Serrano eran listísimas y unas profesionales como la copa de un pino, que además (por supuesto), ejercían de esposas, madres y amas de casa de forma impecable; y en vez de ser premiadas por tanta entrega y dedicación con unos esposos igual de maravillosos, pasaban con resignación cristiana mil perrerías de los gañanes de sus maridos. Las aún más perfectas “chicas” de Sexo en Nueva York (así como las protagonistas de las series clónicas que salieron a continuación, o las de la española Canguros), se relacionaban en una mayoría de casos con tíos salidos, raros, o que al final demostraban ser unos imbéciles.

Estos estereotipos también se trasladan al campo de la animación juvenil. En Los Simpson y Padre de familia, las esposas aguantan resignadas todas las subnormaladas que llevan a cabo sus deficientes maridos; Kim Possible debe salvar al inepto de su amigo en cada aventura, y la protagonista femenina de Futurama, una eficiente mujer de acción que se ha hecho a sí misma a pesar de su difícil infancia, trabaja junto a un idiota que es más simple que el mecanismo de un cubo.

Si alguien cometiera el atrevimiento de plantear una serie en la que la pareja protagonista invirtiera los papeles, se armaría la de Dios: acusarían a los productores de misóginos, las organizaciones feministas pondrían el grito en el cielo, sería tema recurrente en debates y tertulias de diversa índole, y lo más probable es que acabaran retirando la serie en cuestión. Y es que por lo visto, se puede ser sexista siempre y cuando no sean las mujeres quienes salgan mal paradas.

De la condenación de actitudes machistas y el rechazo al estereotipo de mujer florero, se ha pasado a otra nueva variante de super mujer que lucha, no sólo en su vida personal, sino literalmente, repartiendo golpes y aniquilando a los malos, sin renunciar a su feminidad, porque querer equipararse a los hombres no tiene por que implicar dejar de mostrar los encantos. Nace así la heroína de turno que corre, salta, pelea y extermina a los villanos ataviada con unos modelitos imposibles. Hemos visto a las Embrujadas o a Buffy Cazavampiros acabando con seres demoníacos enfundadas en favorecedores vaqueros, elegantes camisetas de escotes vertiginosos, botas altas y un peinado de peluquería que no se resiente con nada. Y todo, absolutamente todo, sin derramar ni una sola gota de sudor ¡Eso sí es una mujer coño!

El auge de superhembras combatientes ha sido espectacular. De Nikita a Dark Angel, pasando por Cazatesoros (que también era secundada por un necio), Xena (de lo más casual con su sujetador, minifalda y botas en plan rústico), o Alias, donde el mayor reclamo publicitado eran los mil cambios de look que sufría la protagonista para cada misión, siempre con ropa sugerente, aunque fuera vestida de sepulturera.



Por supuesto todo esto ha trascendido al mundo de los dibujos animados, los videojuegos y el cine. La intrépida y sensual Lara Croft se ha convertido en el personaje de videojuego más famoso de todos los tiempos, aunque dudo que con las supertetas que le pusieron pudiera correr demasiado bien; viendo el cartel de algunas películas que explotan este perfil de mujer, podemos adivinar que la trama es absolutamente secundaria. El de la foto es de “Los ángeles de Charlie”, en donde para que se hagan una idea, llegan a bucear con neoprenos escotados…


Ya no basta con ver a una tía buena retorciéndose de éxtasis alrededor del producto de turno a publicitar (lo cual me recuerda que debo probar el Herbal essences y el Häagen-Dazs), ahora parece que si no llevan una pistola y reparten patadas en la cabeza, no terminan de conseguir el efecto morboso que se busca. Lo triste es que todas estas féminas guerreras pretenden quedar como mujeres completas del nuevo siglo, cuando lo único que consiguen es perpetrar más el estereotipo de floreros. Visto lo visto, no sé con que imagen de las mujeres quedarme; con estas que pretenden ser “lo más” y se quedan en la superficie luciendo palmito, o con las intelectuales que nos dejan injustamente por los suelos…




domingo, 2 de septiembre de 2007

¿Dónde están los ángeles de la guarda?


¿Alguna vez se han parado a pensar en la de veces que, siendo niños o adolescentes, han estado a punto de sufrir un potencial accidente, que podría incluso haber derivado en muerte, y que sin embargo no ha sucedido?


Con lo fáciles que somos de matar los seres humanos, que morimos de las formas más estúpidas, esta situación no es sólo aplicable a los primeros años de vida, pero es cierto que dada nuestra inconsciencia y falta de miedo a edades tempranas, y la falta de rodaje vital que nos enseña que hacer “esa temeridad” no es de valientes sino de gilipollas, es más probable que “el ángel de la guarda” se vea desbordado de trabajo hasta que maduramos.

No creo que tengamos asociado un ente alado que nos vigila en todo momento y nos salva de los peligros, pero sólo con echar la vista atrás pienso que, o tuve mucha suerte, o el equilibrio natural del universo consideró fuera de lugar que cayera al vacío el día que consideré divertido caminar por el bordillo de la azotea de Javi.

Ni yo morí ese día ni tampoco mi prima Blanca cuando se sentó al borde de una ventana abierta, o mi amigo Pablo cuando se puso de pie con los brazos extendidos en otro borde de azotea, ni ninguno de mis otros amigos al caer aparatosamente de árboles, rodar por escaleras, o ser arrollados por olas que magullaban todo el cuerpo pero no les partían el cuello. Y es que, a pesar de que en teoría somos más frágiles al nacer, parece que en un principio estamos hechos de goma, y que con los años, una vez que la goma se ha desgastado de tanto golpe, caída y pela, nos volvemos responsables y cuidadosos, y nos convertimos en cristal.


En ese sentido, la “suerte” de niños y no tan niños siempre ha estado ahí, pero de un tiempo a aquí, da la impresión de que las cosas están cambiando, o por lo menos me lo parece a mí. Mire a donde mire no veo más que fatales accidentes que acaban en desgracia, peleas tontas que se zanjan en hospitales, y accidentes de tráfico que parecen no disminuir, a pesar de viajar en coches cada vez más seguros, de estar en teoría más preparados para conducir de lo que lo estaban nuestros padres o abuelos cuando aprobaron el carnet, o de ser constantemente bombardeados por agresivas campañas de tráfico y conducir sabiendo que estamos más vigilados y con riesgo de ser sancionados que nunca. Siempre nos quedará José María Aznar, para que con la prepotencia 
y chulería que le caracterizan, suelte perlas como la barbaridad que le espetó a un periodista, al decirle que él podía ir a la velocidad que quisiera, y que los de tráfico no eran nadie para decirle como debía conducir ¡Ole tus huevos JoseMari! ¡Eso si es conciencia social!



Las muertes por accidentes de tráfico constituyen un tema peliagudo pero no es el que me ocupa hoy, pues éstas son, como su propio nombre indica, accidentes, y mientras haya malos conductores e inconscientes en la carretera, será difícil que haya un cambio notable. Lo que me tiene realmente desconcertado es la de muertes por cáncer que hay en absolutamente todos lados. Recuerdo tener la ingenua idea infantil de que la muerte por enfermedad era algo que le ocurría a las personas mayores, tal y como pude experimentar a los 5 años con mi abuela,
y en aquel entonces ni se me pasaba por la cabeza que el mismo cáncer que acabó con ella podría hacerlo también conmigo.


Parece que en los últimos años esta terrible enfermedad se ha cebado con quienes “menos la merecen”, en el sentido de que si bien es cierto que morir así, o pasar por el agresivo tratamiento que conlleva su cura, no es algo que merezca nadie, que te toque antes de los 30 años es una auténtica putada. El hermano de un buen amigo lo pasó cuando aún no había cumplido los 20, aunque afortunadamente a día de hoy no es más que un recuerdo gris, algo que no puede decir el hermano de otra buena amiga, que con tan sólo 13 años se fue…13 años, señoras y señores ¡seamos serios!, ¿a cuenta de qué coño muere alguien con esa edad mientras tanto hijo de puta lo hace plácidamente de viejo, después de toda una vida de crímenes y cabronadas? La lista sigue y sigue, tanto, como personas a las que conozcas, que directa o indirectamente, sabrán de algún caso trágico de estos; yo, sin ir más lejos, estoy falto de dedos para enumerarlos todos: una chica de 22 años, otro de 24, otra de diecimucho, y así suma y sigue. ¿Se puede saber a dónde coño han ido a parar todos esos seres que velaban por nosotros?



Uno da por hecho con preocupante pasividad que haya sitios de los que hayan emigrado junto a la dignidad, el respeto a los derechos humanos, la coherencia mental y la paz, pero no es 
posible que se hayan dado tantas bajas en el sector de espíritus celestes en mi entorno más próximo. Quien quiera que rija las contratas de nuestros protectores la está cagando de una forma espectacular. Si a todo lo dicho sumamos muertes a causa de terceros y otras absolutamente imprevisibles como la muerte súbita, nos quedan dos opciones: resignarnos e ir cabizbajos por la vida temerosos de correr la misma suerte, o por el contrario, abrazar cada instante de vida como si fuera el último. Yo personalmente opto por lo segundo…

Hace unos años decidí cambiar el chip de pesimismo personal como actitud ante la vida por todo lo contrario, de modo que en vez de darle mil vueltas a eso que hice o dije, o plantear todos los posibles desenlaces negativos de llevar a cabo una acción antes de hacerla, ahora soy más del planteamiento de: “bah, asimismo y pa´lante”. Si sale bien me alegraré de no haberle dado tantas vueltas, y si sale mal lo tomaré como un aprendizaje vital, y es que ahí está la clave para 
ser feliz: enterrar al Calimero interior y plantearse que si te pierdes, te equivocas de guagua, fulanita resulta ser una zorra, o te roban las cosas en un descuido, sabrás cómo actuar en un futuro para evitar, en la medida de lo posible, frustraciones innecesarias derivadas de casos parecidos.

La vida es realmente corta. Cuando eres niño sólo quieres crecer, conforme vas creciendo no quieres que pase el tiempo tan deprisa, y cuando llegas a cierta edad echas la vista atrás con nostalgia, pensando en todo el tiempo ya pasado que no podrás recuperar. Un año pasa volando, y el siguiente también, y el otro… y en un abrir y cerrar de ojos, casi sin haberte dado cuenta, has pasado de entrar en el instituto a tener el título de tu carrera enmarcado en la habitación. Mientras esto ocurre nos agobiamos por mil cosas que en realidad son banales. Nos enfadamos por tonterías con gente a la que apreciamos, acumulamos rencores innecesarios, y dejamos de hacer muchas cosas por hacerlas más adelante, porque total…para todo hay tiempo…o quizás no.


Se que todavía soy un pipiolo, pero a pocas semanas de cumplir 21 años, me abruma pensar en la de cosas que tengo pendientes, en todo lo que me gustaría llevar a cabo, y en el tiempo de vida que me queda por delante que no se si me dará para todas ellas. Sólo espero que el destino no me tenga reservada una de sus bromas pesadas, y que los ángeles de la guarda abandonen la huelga y vuelvan a normalizar su situación laboral.