
Quisiera hacer un llamamiento de conciencia social para que entre todos paliemos una invasión silenciosa que azota las ciudades de todo el país: ¡Los papanoeles trepadores de balcones!
¡Dios! ¿Es que no teníamos suficiente con los anuncios imbéciles, en los que actores mediocres disfrazados de “Santa Claus” leen textos que atentan contra nuestra inteligencia, asegurándonos que compran los regalos en alguna tienda de mierda?
Puedo soportar que comiencen a poner luces navideñas en noviembre porque alegran las calles, o que los centros comerciales nos torturen con estridentes villancicos, interpretados por niños con insoportables voces de pito; basta con no entrar en ellos o hacerlo con el mp3 enchufado. Lo de estos
trepafachadas es más difícil de combatir, y además ni cumplen una función, ni alegran la vista (todo lo contrario), ni puedes evitar percibirlos. Son una puta horterada insufrible y cada año parece haber más. Me cuesta creer que alguien vaya hasta la tienda de chinos más cercana y pague para colgar ese adefesio en su casa. Los más puristas que rechazan americanismos importados, se alegrarán de saber que ya hay disponibles Reyes magos del mismo estilo…
Les animo a hacer un ejercicio: vayan fijándose por la calle y anoten mentalmente el número de señores de plástico, que ven tratando de entrar en los hogares ajenos antes de tiempo. Seguro que después de hacer cuentas tendrán deseos homicidas. Creo que si en mi infancia hubiera habido uno en mi casa (algo improbable por una sencilla cuestión de buen gusto) me habría acojonado y yo mismo lo habría quitado… a pedradas.







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