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viernes, 14 de diciembre de 2007

¡Muerte a los trepamuros navideños!


Quisiera hacer un llamamiento de conciencia social para que entre todos paliemos una invasión silenciosa que azota las ciudades de todo el país: ¡Los papanoeles trepadores de balcones!

¡Dios! ¿Es que no teníamos suficiente con los anuncios imbéciles, en los que actores mediocres disfrazados de “Santa Claus” leen textos que atentan contra nuestra inteligencia, asegurándonos que compran los regalos en alguna tienda de mierda?
Puedo soportar que comiencen a poner luces navideñas en noviembre porque alegran las calles, o que los centros comerciales nos torturen con estridentes villancicos, interpretados por niños con insoportables voces de pito; basta con no entrar en ellos o hacerlo con el mp3 enchufado. Lo de estos trepafachadas es más difícil de combatir, y además ni cumplen una función, ni alegran la vista (todo lo contrario), ni puedes evitar percibirlos. Son una puta horterada insufrible y cada año parece haber más. Me cuesta creer que alguien vaya hasta la tienda de chinos más cercana y pague para colgar ese adefesio en su casa. Los más puristas que rechazan americanismos importados, se alegrarán de saber que ya hay disponibles Reyes magos del mismo estilo…

Les animo a hacer un ejercicio: vayan fijándose por la calle y anoten mentalmente el número de señores de plástico, que ven tratando de entrar en los hogares ajenos antes de tiempo. Seguro que después de hacer cuentas tendrán deseos homicidas. Creo que si en mi infancia hubiera habido uno en mi casa (algo improbable por una sencilla cuestión de buen gusto) me habría acojonado y yo mismo lo habría quitado… a pedradas.


domingo, 9 de diciembre de 2007

¡Puta gripe!

Hoy hace cuatro días que no salgo de casa por culpa de una puta gripe que me ha cogido con fuerza. No soy una persona que suela enfermarse, y tal como rebelan los resultados de los análisis que me hago periódicamente, estoy sobrenaturalmente sano, pero parece que cuando me enfermo lo hago del todo. Medias tintas las justas.

No tengo muy claro en qué momento cogí el virus, quién me lo pasó, y qué circunstancias facilitaron que me pusiera tan mal, pero realmente eso ya no importa. El caso es que desde entonces he estado agilipollado, somnoliento, aburrido, dolorido, cansado y hasta los huevos. No soporto este arresto domiciliario. Me duelen la espalda, las articulaciones y los músculos, estoy torpe y tengo un dolor constante de cabeza y oídos, pero la garganta es sin duda lo que más mortificado me tiene, porque me duele tantísimo al tragar, que he tenido que alimentarme a base de líquidos.

No comprendo cómo hay gente a la que le gusta estar enferma. Será que no estoy acostumbrado o que no le veo el encanto, pero “no ir clase” no me supone una compensación suficiente por aguantar este coñazo.

Ayer se rompió mi rutina de ir como alma en pena por la casa al venir mi amiga María a hacerme una visita, y aunque pueda parecer una tontería, los síntomas remitieron considerablemente desde ese momento. Ya como cosas sólidas, me duele todo mucho menos, y la fiebre me bajó de 39 grados a 37 y medio ¡Ahí es nada!

Y es que la actitud es un factor importante en lo que a curación de enfermedades se refiere. Está demostrado que quienes luchan conscientemente para curarse, en lugar de abandonanse en la tediosa desidia de ir dejando pasar los días, conforme el proceso sigue su curso, mejoran antes. En el caso de gripes o resfriados es casi irrelevante, pero en otras situaciones más delicadas es un factor a tener en cuenta.

No es magia, es lógica pura. El cuerpo está formado por muchos órganos interconectados, y desde que uno funcione mal otros se ven afectados. El cerebro es un órgano más, uno muy importante de hecho, y si trabaja “de forma optimista”, mandando mensajes positivos que motiven al individuo a mejorar y tratar de curarse, ese “buen rollo” se ve reflejado en el resto del organismo que, en consecuencia, tiende a mejorar antes. Esto no quiere decir que no importa si estás muy enfermo porque el optimismo lo cura todo, es obvio que no, pero es un hecho probado que la retroalimentación puede tener mucho poder en ese sentido.

En otras palabras: María... ¡eres mejor que el paracetamol!

martes, 4 de diciembre de 2007

Estudiante desequilibrado y adivino

Estudiar psicología es más duro de lo que puede parecer. Sin necesidad de entrar en comparativas sobre el grado de dificultad que entraña respecto a otras carreras, ser estudiante de la misma es un estigma con una serie de “daños colaterales” asociados, de los que es imposible desprenderse.

Para empezar, si decides cursar estos estudios no será porque realmente te interese el modo en que somos, sentimos y nos comportamos los seres humanos, que a mí personalmente, me parece fascinante. No, a los ojos de los demás, lo haces porque tienes algún problema o trastorno mental del que quieres exorcizarte.

Por muy estúpido que parezca este planteamiento, es triste comprobar cómo en ocasiones resulta ser cierto, pues más de uno me ha confesado que entró en la carrera (o estuvo pensando hacerlo) para poder superar un problema. ¿No es más práctico e inteligente ir al psicólogo que meterte “cinco” años en la universidad? Hay gente para todo... pero afortunadamente no es lo habitual. Quiero pensar que mis compañeros de clase tienen más de dos dedos de frente a ese respecto.

Quienes no entran por este motivo o porque realmente les gusta, lo hacen porque tiene fama de ser una licenciatura fácil que puede sacarse con los ojos cerrados, y que por tanto merece la pena cursar si no tienes nada mejor qué hacer. Y es que hay quienes piensan que estudiar psicología es casi como hacer los test de la Cosmopolitan, y que lejos de dar neurobiología, historia, autores, enfermedades, farmacología, y mucha teoría que luego se aplica en casos prácticos, se trata poco menos que de hacer deducciones tontas de forma simplista y poco profesional. En general hay cierta menospreciación hacia mi carrera, valorada como una pseudociencia, basada en divagaciones sin fundamento y conjeturas no contrastadas.

Sea cual sea la razón por la que uno se inscribe, se enfrenta a los mismos prejuicios: resulta que tienes poderes adivinatorios. Si, así es; decir que estudias psicología implica que mucha gente se retire cautelosamente mientras habla contigo, por miedo a que puedas adivinar sus pensamientos más ocultos. Es más, hay quien incluso te dice con una risita nerviosa que oculta cierta aprensión, que está seguro de que en ese preciso instante estás analizando su personalidad, y algunos llegan a preguntarte jocosamente qué es lo que estás infiriendo de sus gestos y palabras, o qué es lo que puedes decirles sobre ellos mismos desde tu conocimiento.

Por último parece que no puedes intuir nada por tu cuenta y genialidad sin que enseguida te tachen de pedante pretencioso, ya que cualquier deducción lógica que hagas sobre alguien, será automáticamente atribuida a un intento de demostrar tus cualidades como futuro profesional. ¡Qué cruz, joder!

jueves, 29 de noviembre de 2007

Siniestramente fantástico




La muerte es un tema que no deja impasible a nadie; podemos sentir mayor o menor agrado y curiosidad hacia la misma, pero en ningún caso nos es indiferente, porque lo oculto y misterioso nos atrae. Quizás sea esa la razón por la cual nos acercamos a ella a través de los libros o el cine, pudiendo así deleitarnos con su componente místico y mágico "con seguridad", evitando tener que hacerlo a través de sesiones de espiritismo y cosas por el estilo.

Las películas que tocan el tema resultan maravillosas; son diferentes, imaginativas, transgresoras, y juegan con nuestros miedos y sueños. Son siniestramente fantásticas.

Personalmente no soporto los filmes de sangre a borbotones y sadismo gratuito (mi idea de pasarlo bien pasándolo mal se reduce a disfrutar con un dramón bien construido), pero me encantan aquellas que coquetean con la muerte, y son capaces de hacer humor divertido al respecto sin ser desagradables.

En mi memoria cinematográfica están grabadas a fuego ciertas películas de la infancia que recuerdo con sorprendente nitidez. Por mucho plagio posterior que se haya perpetrado, no habrá nunca nada como las dos primeras entregas de La familia Addams ¡Son geniales!

¿Es posible que alguien no ame a Miércoles Addams? Adoro ese semblante serio, ese mal rollo que inspiraba a través de una inquebrantable impasividad, y tantísimas frases suyas que quedarán para la posteridad. En los anales del cine debería estar registrada la secuencia de la obra de teatro sobre el origen de Acción de Gracias, en la que haciendo de india, le espeta a su insoportable compañera Amanda (en el papel de una cursi colonizadora), que lejos de sentarse con ellos a la mesa les declaran la guerra por haberles expropiado sus tierras, condenándolos a la marginalidad.

En realidad toda la película está plagada de perlas brillantes (dentro de sus limitaciones), y si a eso añadimos el papel de Joan Cusack en el rol de cazafortunas caprichosa y desequilibrada, y a la siempre estimable Angelica Houston como la enigmática y pasional Morticia (de quien se han inspirado directamente todas las góticas del mundo), apaga y vámonos.

Cristina Ricci (Miércoles Addams) repitió en un papel vinculado a la muerte al encarnar a la tímida Cath en Casper, una película infantil no estúpida (dos términos que tienden a ir irremediablemente unidos), divertida, tierna y con una banda sonora preciosa. La matriarca de los Addams también protagonizó otra película del estilo que vi mil veces: La maldición de las brujas, en la que nos contaban como conviviendo entre nosotros hay cientos de brujas maquinando planes para acabar con los niños.
Dentro de este tema el director Tim Burton merece una mención especial, pues la muerte, lo gótico, y “lo oscuro” son temas recurrentes en su filmografía. Ha conseguido que su pequeño universo personal, con sus filias y sus fobias, y su sello de identidad visual, pase de ser reconocido por sus fans, a ser universalmente admirado y copiado.

En palabras del escritor Hilario J. Rodríguez: "en casi toda la obra de Tim Burton hay una guerra entre lo bello y lo siniestro, entre lo cómico y lo trágico, entre lo infantil y lo maduro, entre el esplendor y la decrepitud." No podría estar más de acuerdo.

En Eduardo Manostijeras se nos presenta al frágil personaje de un cuento navideño, que lejos de dar miedo por llevar esas horribles y aparatosas tijeras en los brazos, inspira ternura y compasión. Es la historia de alguien inadaptado, un ser diferente que no encaja en un mundo de convencionalismos y doctrinas sociales; una premisa que es la base de muchas de sus historias. Si bien es cierto que aquí no se juega con la muerte, el look gótico y la condición no humana de Eduardo son irresistiblemente atractivos. Quien si está muerto es el protagonista otra de sus películas, Bitelchus, donde se nos muestra un mundo paralelo al de los vivos de lo más interesante.

En La novia cadáver y su predecesora, la magnífica Pesadilla antes de navidad, se nos presenta igualmente el mundo de los muertos como un sitio mucho mejor que el de los vivos; es un lugar libre sin tanta norma y problemas, y curiosamente más animado y colorista que el de los no difuntos.

Obviando La gran aventura de Pee-Wee, El planeta de los simios y Ed Wood, de las que no puedo opinar porque no las he visto completas, y Mars Attacks! y Big Fish, que no se adaptan al tema aquí tratado, el resto de su filmografía sigue por los mismos derroteros.

Sus dos adaptaciones de Batman dotaron al personaje de una gama de matices “oscuros”, tanto en el terreno psicológico como en el visual, que sólo él podría haberle dado; Sleepy Hollow (donde también sale Cristina Ricci) es puro Burton, y Charlie y la fábrica de chocolate tiene un punto siniestro divertido.

En breve saldrá su próxima película, protagonizada como no podía ser de otra forma por sus dos actores fetiche: el camaleónico Johnny Depp (en su sexta colaboración juntos) y la rara Helena Bonham Carter (5 películas). Aún no tengo muy clara la trama, pero dados los antecedentes no dudo en ir a verla.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Puritanismo trasnochado



En uno de mis últimos artículos hablaba de cómo estamos "americanizándonos" poco a poco, y si por algo son conocidos los norteamericanos es por un desmesurado puritanismo conservador, que en ocasiones llega a ser retrógrado y fascista.

Leyendo escritos como el que adjunto de un escritor nacional 
anónimo, me pregunto si también nos están contagiando este modo de pensar poco productivo y cerrado, o es que sencillamente hay gente que no da para más, y que eso, lamentablemente, es universal.

El autor pretende condenar una actitud que le parece deleznable, pero se ofusca tanto en su pequeño universo de tradicionalismos y se va tanto por los cerros de Úbeda, que acaba resultando ridículo, autoparódico, desfasado e insensatamente alarmista. Aún así merece ser leído. Disfrútenlo:

“¡Tangas no!

No saben cómo me alegro de que en Francia por fin le hayan metido mano a semejante desvergüenza y allí ya esté prohibido que las amiguitas vayan a clase enseñando el tanga. Porque es intolerable. Además de feo, vulgar, soez, cutre, macarril, y me atrevería a decir que incluso pecaminoso. ¿O acaso les parece si quiera medio normal 
que las niñas vayan así, provocando, con el tirachinas a la vista, soliviantando a todos los machos de la manada? ¿Es que a ustedes no les da asco que sus hijas, nuestras hijas, las hijas de todos, futuras esposas y madres, honradas amas de casa en un día no muy lejano, luzcan con semejante impudicia partes de su cuerpo reservadas para la exclusiva contemplación del legítimo esposo? Si es que no se dónde vamos a ir a parar. De pura amoralidad, esta sociedad se cae a pedazos.

¿Pero por favor, cómo puede un profesor concentrarse en las lecciones teniendo delante todo 
un catálogo de lencería cuasi pornográfica? ¿Qué va a ser de la educación si los maestros están en un permanente estado de excitación sexual? ¿Cómo lograremos mantener la pureza de nuestros varones, su deseo de formar una familia, si les exponemos desde el mismísimo parvulario a esta Sodoma de hembras exhibicionistas en que se han convertido las aulas? 

Además, y para que se enteren los cuatro anarquistas lúbricos que aún defienden semejante orgía de descaro, una de las profecías de Nostradamus ya advierte de que este libertinaje 
rampante será el que alarme a los extraterrestres, quieres, temerosos de que la manzana podrida en que se ha convertido la Tierra pueda contagiar al resto del universo, no tendrán más remedio que destruir nuestro planeta.

Por tanto, para evitar no ya la muerte de la decencia sino el propio exterminio como especie, yo propongo 
que no nos limitemos a erradicar las bragas vistas, sino que prohibamos otra serie de conductas igualmente aberrantes. Así pues, y llamo a todos a esta cruzada, acabemos con la ropa ajustada, por ser la principal violadora de violaciones; castiguemos los piercings y los tatuajes, que convierten a quienes se los ponen en hippies y gente de mal vivir; y destruyamos las gafas con cristales oscuros, tan demoníacas ellas, siempre encubriendo a los salidos que miran a las mujeres con lujuria. Hoy no tengo espacio para explayarme, pero quisiera dejar claro que, si queremos que este mundo se redima de tanta miseria y tanta obscenidad, la única solución está en prohibir cuantas más cosas mejor, que ya saben que la gente es muy dada al abuso.”

Diario de Burgos - 14 de enero de 2005


En serio me pregunto de dónde sale este tipo de gente: reprimidos enfermizos que condenan y pretenden censurar todo aquello que no les gusta o asusta sin reflexionar sobre el hecho de estar siendo irracionales y absurdos; son el tipo de frustrados que defenderían a un violador argumentando que “la muy furcia iría provocando”, y que de haberse quedado en su casa, como debe hacer una mujer decente, no le habría pasado. Haznos un favor y háztelo a tí mismo: ¡Cállate gilipollas!