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jueves, 1 de septiembre de 2011

Vete a estafar a tu puta madre

El otro día me fui a cenar con una gente a un restaurante al que nunca habíamos ido. Lo curioso es que habíamos pasado por delante cientos de veces, pero por alguna razón siempre optábamos por otros que estaban al lado, así que decidimos darle una oportunidad. Craso error.

Nada más llegar se deshicieron en atenciones de una forma totalmente artificiosa, no por ser atentos y cordiales, sino porque se les notaba que no era algo que les saliera de forma natural; parecía que no se decidían entre tratarnos como si fuéramos reyes o como si fuéramos colegas, y claro, el resultado era raro de cojones, que no sabías si extender la mano para que te la besaran o darles dos besos y una palmada en la espalda. Un quiero y no puedo que se quedaba en nada.
El caso es que obviando lo cómico que resultaba aquello, nos sentamos y nos dispusimos a pedir. Y aquí es cuando debo hacer una aclaración: salir a comer puede ser un gran placer, y cuando como bien no me duele pagar más que si comiera en un McDonald´s, porque entiendo que lo merece. Ahora bien, una cosa es eso y otra que se rían en tu cara, disfrazando la estafa de elitismo y delicatessen. Media fresa con dos trocitos de piña y un pedacito de lechuga NO es una ensalada. Es un puto canapé. Y un solomillo debería ser suficiente para saciar a cualquier persona, y no el equivalente en cantidad a una cajita de nuggets. Miserables de mierda.

¿Me quieres vender esa ridiculez como un plato de comida? Está bien, asumo que tendré que pedir el doble de platos para no quedarme con hambre, pero entonces también entiendo que me lo cobrarás a la mitad ¿no? Es decir, no me puedes pedir 10 euros por algo más pequeño que mi mano y que no me da ni para una muela. Me parece de sentido común, y lo mínimo que haría cualquier persona con un mínimo de ética. Y más cuando la comida ni siquiera es nada del otro mundo.

A todas estas, justo antes de empezar a comer fui al baño a lavarme las manos, y coincidí con un camarero que estaba meando de espaldas a mí. Terminó y le hice sitio en el lavabo para que hiciera lo propio, pero se fue de ahí sin más. Llegué a la mesa y les dije a los demás que nos fuéramos, que acaba de ver cómo un camarero se iba del baño sin lavarse las manos, pero argumentaron que ya estaba la comida por llegar, y que mientras no fuera nuestro camarero no pasaba nada. No, no era el nuestro, pero no descansé hasta que al final de la noche averigué quién era el verdadero autor: el cocinero.

Cuando nos fuimos de allí nuestro camarero pidió un poco de feedback complaciente:

- ¿Les ha gustado la comida?
- Sí, la comida, aunque escasa, estaba buena, pero hay algo que te tengo que comentar, porque me parece muy fuerte.
- ¿Eh?Ah sí… dime dime
- Hazme el favor de decirle al cocinero que cuando termine de mear se lave las manos. Antes coincidimos en el baño, terminó de orinar, se subió la bragueta y se fue sin más.
- ¿Cómo? ¿Está usted seguro?
- Completamente. Iba con pantalón de cuadritos pequeños y camisa blanca abotonada a un lado, y es el único de cuerpo robusto. El resto de los camareros sois todos delgados. Si ni siquiera con clientes delante se corta, aunque sea por disimular, da que pensar. ¿no?
- Ya… yo… bueno… vale, hablaré. Lo siento.

En el fondo me dio pena el hombre, que no tenía nada que ver con nada, pero es que manda huevos…

Claro que el cabreo de verdad vino cuando nos trajeron la cuenta, no por la relación cantidad-precio (que también), sino porque nos habían cobrado los cubiertos. ¡Los cubiertos! ¿Qué tomadura de pelo es esa? ¿Cobrarme por sentarme a comer? ¿Acaso eso no está incluido ya en los precios desorbitados de los platos? ¿Por qué no cobrarme un impuesto especial por poner cojines en las sillas? Avaros de mierda.
Desde que comes en cualquier restaurante estás pagando el servicio, el local, la decoración, el trato y los sueldos de los empleados. Por eso comprarte una Coca Cola en el Carrefour te sale 40 céntimos, y que te la traigan fresquita a la mesa un euro y medio. ¿Qué cojones me están cobrando de más entonces?

Como veían que le vena de mi cuello estaba a punto de estallar, me explicaron que en Italia lo hacen en todos lados, lo cual me lleva a preguntarme lo siguiente: ¿En qué jodido país estamos? ¡En España! ¿Qué coño me están contando entonces? Es como si yo montara un restaurante y exigiera en cada factura un 20% obligatorio de propina, alegando que es algo súper común en Estados Unidos. No tiene ni pies ni cabeza, y más cuando ningún otro restaurante de la zona lo hace. Además, según tengo entendido en Italia se acordó que esa práctica no se podía llevar a cabo, pero todo el mundo se la pasa por el forro, y en cualquier caso cuando lo hacen lo avisan, aunque sea en letra pequeña en una esquinita de la carta. ¿Y si hubiéramos seleccionado los platos contando el dinero porque íbamos justos de presupuesto? ¿Nos tendríamos que haber quedado a fregar, o qué? Aquello era como para haberles pagado sólo la comida y dejarles una nota diciendo “los cubiertos los va a pagar tu puta madre, que encima que me quedo con hambre no te voy a dar una propina que no te mereces”. Entre eso y la escasez de comida, no me extraña que el sitio esté siempre vacío.

Está claro que el estatus y la clase no entienden de dinero, y en este caso aunque la mona quiso vestirse de seda, mona miserable se queda. ¡Gentuza!

viernes, 26 de agosto de 2011

Navegando, que es gerundio


(Aunque parezca mentira, las fotos son en el mar, no en una piscina)


Isla de lobos
Fijaos en la horizontal del mar en contraste con el ángulo del barco. Impresiona, ¿no? :p


Y con esto y un bizcocho, se acaban mis vacaciones. ¿A que entran ganas de darse una escapada? :p

miércoles, 24 de agosto de 2011

¡Qué gozada!

¡Buenas!
Regreso a la bloggosfera después de pasar casi dos semanas en Lanzarote, en la misma zona de la que volví hace dos años diciendo maravillas. He estado en el mismo plan que entonces, es decir, vacaciones de sol y mar, pero con el aliciente de salir a navegar en el barco de mi padre, que además ejerce de apartamento flotante.

Ya en su momentó conté lo mucho que me gustó la marina en la que nos quedábamos, lo gratificante que es navegar hacia las playas y fondearse ahí mismo, sin necesidad de desplazarse en coche o llegar hasta la orilla para disfrutar del sol, pudiendo tumbarte en cubierta con más intimidad que en la arena. No es quiera poneros los dientes largos, pero ha sido genial. Ya tengo ganas de repetir el año que viene.
Como digo, ya hablé en su día de todo ello (la crónica completa aquí), así que creo que una imagen (o unas cuantas), vale más que mil palabras...







viernes, 12 de agosto de 2011

¡Hasta pronto!

En una hora cogeré un avión en busca de esto...

¡Hasta la semana que viene!

lunes, 8 de agosto de 2011

Psicología materna

En mi casa hemos estado una semana con todo patas arriba; hemos pintado TODA la casa de una vez, y ha sido un caos, porque los pintores, en lugar de ir habitación por habitación, lo hacían todo de forma simultánea. Es decir, que en un día pintaban el techo de tres habitaciones, y mientras se iba secando cubrían los huecos en la pared de otra, para a continuación pintar la pared de la siguiente. A lo que voy es a que no hemos podido ir sacando cosas de un cuarto para meterlas en otro, sino que prácticamente lo hemos sacado todo de todos lados, y lo hemos redistribuído como hemos podido. A eso hay que sumarle otras chapuzas (ya que estamos nos ponemos), y el haber hecho una gran limpieza para tirar, donar, regalar y reubicar cosas. Esto ha sido Esparta.

El caso es que esta mañana me acerqué con mi madre a Leroy Merlín a por material, y al pasar por delante de una máquina expendedora me compré una chocolatina. Cuando di el primer mordisco mi madre me regaló una de esas muestras de psicología femenina que tanto me fascinan:

- Desde luego… ¿Por qué eres tan atravesado conmigo? ¿Por qué no me ofreces?
- Porque te conozco, y sé que me vas a decir que tú no comes esas cochinadas, y además hace un momento te pregunté si querías comprar algo y me dijiste que no tenías hambre.
- Ya, pero lo correcto es ofrecerme, y luego ya si te digo que no, sigues comiendo, que no te cuesta nada quedar bien.
- De acuerdo. ¿Quieres un poco, Mamá?
- Naaa, tú sabes que a mí no me gustan esas cosas.
- ¬¬