El desorden se mantiene más o menos a raya cuando viene la asistenta (nunca sé muy bien como denominar a la "trabajadora de la limpieza", porque parece que uses la palabra que uses, va a sonar despectivo), pero casualmente esta semana no pudo venir porque se iba de vacaciones. Si a mi desorden natural sumamos la vagancia, y la falta de gente con la que convivir, por la cual te esmeras un poco en tener la casa decente, pueden imaginarse cómo anda la cosa. Bueno, ¿para qué imaginar? Compruébenlo con sus propios ojos. Este es el aspecto actual de mi cocina:
en casa. La revelación divina me vino tras un cúmulo de circunstancias que me hicieron acabar travestido y desnudo a la vez. Como todo, tiene su explicación, y la mía es buena y verosímil:
Como me había levantado tarde y no tenía ganas de almorzar a la hora en que suelo hacerlo, aproveché
para ponerme mi ropa de gentuza e irme a correr; la guagua de vuelta se retrasó más de lo normal, y dadas las horas (las 5 de la tarde), y el cansancio físico, tenía tanta hambre que estuve a punto de enrollar como espaguetis los cordones de mis zapatillas deportivas tenis, y comérmelos como hiciera Chaplin en su día.
para ponerme mi ropa de gentuza e irme a correr; la guagua de vuelta se retrasó más de lo normal, y dadas las horas (las 5 de la tarde), y el cansancio físico, tenía tanta hambre que estuve a punto de enrollar como espaguetis los cordones de mis Llegué a casa sudado, maloliente y acalorado, así que me desnudé un segundo después de haber cerrado la puerta, y ataqué la nevera para freír las hamburguesas hechas el día anterior. Preparé mi bandeja a velocidad de vértigo, con la mala suerte de que en el último momento se me cayó una copa al suelo (algo normal con toda la loza que hay apilada), que se rompió en mil pedazos que se acercaron rápida y peligrosamente a mis pies descalzos. Di un brinco hacia la puerta de la cocina, y busqué en la zapatera algo que ponerme para poder entrar de nuevo y retirar las hamburguesas del fuego:
-¡Mierda! ¡No encuentro nada!... Veo tenis que no me sirven , las "all star" que se tarda un siglo en enhebrar, unas zapatillas rotas, zapatos que no alcanzo a coger...
¿ES QUE NO HAY NADA QUE PUEDA PONERME?
¡¡QUE SE ME QUEMAN LAS HAMBURGUESAS, Y LOS RETORTIJONES DE HAMBRE ME ESTÁN MATANDO!!
Los únicos zapatos que alcancé a ponerme fueron unos tacones de mi madre. Una vez calzados, y con
la máxima rapidez que pude (¡Es imposible caminar con eso! ¿Cómo harán las mujeres para llevarlos todo el día?), salvé de la quema las hamburguesas, cuyo olor a carne recién hecha desató una lucha de jugos gástricos en mi interior; cogí la bandeja y me fui para el cuarto de la tele, que es donde hay aire acondicionado. Cuando me vi desnudo en medio del pasillo, con unos tacones de colores,y sosteniendo una bandeja en las manos no pude evitar reírme. En ese momento comprendí que algo estaba fallando en mi modo de vivir como "soltero", así que en cuanto publique esta entrada me voy a recoger; de verdad que si, lo prometo.
A ver si es verdad...
En contraposición a la tónica general al hablar de cirugía estética, no voy a atacarla estableciendo tajantemente ausentencias apocalípticas, que hagan referencia a su inmoralidad o dañina frivolidad; 
Pasando por alto a
Los abortos por excelencia de la cirugía estética, son esos seres que se vuelven adictos al quirófano, y se destrozan hasta el punto de perder cualquier atisbo de humanidad en sus 






Recuerdo una vez en la que corriendo por la calle resbalé con algo pringoso en el suelo y caí de una forma increíble, al estilo del gag del plátano en unos dibujos animados. Cuando trataba de levantarme se acercaron dos viejas corriendo (¡cómo corrían las cabronas!), y no dejaron que contestara a la pregunta en cuestión, porque antes de que abriera la boca ya empezaron a elucubrar desenlaces de mi accidente: