El otro día quedé con un amigo, al que le gustan los planes atípicos que surgen sobre la marcha, y no se me ocurrió nada mejor como sorpresa improvisada, que hacer que escalara una verja. Ahorrando detalles intrascendentes, digamos que habíamos estado deambulando por una zona incómoda y poco habitual para caminar (lo cual constituía el plan interesante en sí, porque tenía su encanto), y que a la hora de salir de allí teníamos dos opciones: o bien volvíamos sobre nuestros pasos, por un sitio en el que es importante tener equilibrio y buena visión, siendo ya de noche, o bien acortábamos todo el camino saltando una vieja verja. Como mis genes de hombre araña me incitan a aprovechar estas oportunidades a la mínima, calibré bien la situación, y acabamos concluyendo que sería posible. Subir era fácil, hasta teníamos varios escalones para hacerlo, pero bajar era otro negociado. Era alta, y una vez que nos encontráramos colgando por las manos para deslizarnos, debíamos dejarnos caer de la forma menos agresiva posible, porque no había forma de enganchar los pies. Si lo hacíamos con cuidado no tenía por qué ocurrirnos nada, y además… somos jóvenes y ágiles, ¿qué podría ir mal?Para darle seguridad, yo lo hice primero; subí hasta lo alto del muro previo a la verja, me senté en el mismo, fui dándome la vuelta poco a poco y le advertí que tuviera cuidado al bajar, porque de la parte de arriba de la verja, emergían unos finos palitos, con los que podríamos hacernos daño. Así, calculé bien, me agarré poniendo los dedos entre pincho y pincho, y terminé de soltar todo el peso de mi cuerpo, hasta que caí de pie al suelo. Había sido fácil. Era su turno: Subió igualmente a lo alto del muro y procedió igual, salvo por un detalle: no pareció
haber oído mi advertencia, o no calculó bien. Cuando se descolgó del muro para agarrarse a la verja, lo hizo poniendo de lleno la palma de la mano sobre uno de los palitos en cuestión, y si no llega a ser porque con la otra mano no se había agarrado demasiado bien, pudiendo soltarse rápidamente para aguantar en ella todo el peso del cuerpo, y sacar la que se había ensartado, el palo aquel le habría atravesado la mano sin ninguna duda. Además, ni siquiera tuvo “la suerte” de que fuera afilado y entrara con facilidad, sino que era plano y con un diámetro de una moneda de dos céntimos, y aún así, rompió tejidos y atravesó de lleno la carne sin problemas.¿Alguien recuerda la escena de la película “El efecto mariposa”, en la que el niño protagonista se clava deliberadamente dos enormes pinchos en las palmas de las manos? Es de esas secuencias que, aunque sean poco gráficas y no se detengan en el morbo, nos hacen ahogar un grito de dolor empático, como cuando te cuentan de un accidente genital; no hay nadie que no arrugue un poco el entrecejo y cierre las piernas. Algo así sentí yo cuando propicié ese amago de crucifixión.
Bajó de allí cagándose en todo menos en mí (¡si es que así da gusto hacer daño!), que estaba con un cargo de conciencia que no podía con él. Acababa de hacer que se quedara insertado como una brocheta, en un hierro que debía tener de todo menos limpieza, y que de hecho, estaba más allá de lo oxidado. Se hizo heridas en las dos manos, pero la derecha parecía la de Jesucristo, con un enorme boquete centrado, del que no paraba de emanar sangre. Rápidamente entramos en un baño a que se levara con abundante agua y jabón, y un minuto más tarde ya había localizado una ambulancia, en donde le hicieron una cura superficial. No paraba de pensar en sí le habría desgraciado la mano, y en lo que habría pasado de no haber sido capaz de soltar una de las dos, quedándose allí clavado mientras soportaba su propio peso. ¿Y si se había roto un tendón? ¿Y si le había tocado algún nervio? ¿Y si perdía la sensibilidad? Nunca he sido paranoico en ese sentido, pero cuando algo así es culpa tuya, te reconcome por dentro. Además, para más inri, él
toca el piano… ¿Cómo podría mirarlo a la cara si le desgraciaba la mano para siempre? En la ambulancia le animaron a sentarse mientras le desinfectaban las heridas, porque se puso pálido del mareo, y en el ambulatorio, además de limpiarle todo mejor y taparle lo que estaba en carne viva, le pusieron la antitetánica. Al final fue más el susto que otra cosa, y después subimos a cenar a La Laguna (cortándole yo la comida, ¡qué menos!). A pesar de todo, me dijo que había estado bien, que siempre había una primera vez para trepar por verjas, y que definitivamente, había sido un plan inesperado de los que tanto le gustan.¿No querías improvisación? ¡Pues toma dos platos!



Aunque siempre he sentido simpatía por 















