
¿Han oído eso de que a veces es peor el remedio que la enfermedad? Pues ese dicho se inventó para casos como el siguiente:
Resulta que me había salido un ambigüo
granito jodelón en la nariz, de esos que no se sabe si son granos, lunares, bultos, o qué coño, pero que toca mucho las narices (nunca mejor dicho). Como no se decidía entre cicatrizar o dejar de hacerlo, aproveché una visita al médico por otra historia, para preguntarle qué me recomendaba para que terminara de curarse, que estaba ya hasta los cojones. Me dijo que su enfermera me lo quemaría en un segundo, y como no era la primera vez que me quitaban alguno (en otros sitios, eso sí), accedí de inmediato.
Pase a su consulta esperando que sacara el llamado bisturí eléctrico: un "boli" con la punta al rojo vivo, que actúa en un segundo, haciendo que te olvides para siempre de la molestia, a cambio de un instante de dolor y unos días con una caspita microscópica. La lerda esta se fue a un procedimiento más arcaico: la
quemadura con nitrato de plata. Se trata de un compuesto químico que hay que utilizar con máxima precaución, que deja una
mancha negrísima en el punto a eliminar, y que tarda en desaparecer mil años, pero al hacerlo, deja la piel como nueva; claro que en aquel momento, yo no sabía nada de eso. Por lo que luego averigüé, es una técnica que no se suele utilizar en la cara desde hace años, y si se lleva a cabo ahí, se hace con sumo cuidado, aplicando la dosis justa con

un utensilio muy fino y preciso, y con toda las zonas cercanas cubiertas por una gasa. La magamierda esta lo hizo con una especie de bastoncillo de oído bien empapado, que no sólo hizo que la manchita pasara a manchón, sino que me dejó engorrinado el cachete, la nariz y la sensiblísima piel de cerca del ojo. Cuando llegué a mi casa tenía media cara como si viniera de trabajar en la mina. Me lavé con abundante agua y jabón y se fue lo más superficial, pero aún sigo pareciendo un desgraciado al que le han dado un piñazo, o un hediondo con manchas de grasa; y la verdad, no sé que es peor.
Sobre la marcha volví al centro médico a ver qué coño hacía con ese
estropicio, y el enfermero de guardia (la muy perra ya no estaba), me explicó las precauciones que debía tomar para que no me empeorara. Por culpa de la retrasada que me atendió, debo estar un mínimo de dos semanas con cremas cicatrizantes,
huyendo del sol y llevando una gorra… ¡una gorra! (no sé cómo será fuera, pero en Canarias son patrimonio casi exclusivo de

los quinquis). Al verme en el espejo con la gorra, las gafas de sol y la chaqueta, me di grima; parecía un exhibicionista esperando a dar con alguna anciana para insinuarme, y todo esto no ha hecho más que empezar…
Encima, cuando me hizo “la cura”, me salpicaron unas gotitas en la ojera, que me limpié rápidamente con el dedo, haciendo que se transformaran en manchas diluídas (menos es nada). Mi padre me dijo que diera gracias a que no me cayeran más arriba, porque me habrían
desgraciado el ojo con toda seguridad. Unos milímetros más de salpicón, y ahora podría estar en el oftalmólogo esperando un transplante de córnea.
Ya fui a una dermatóloga con fundamento para ver qué me recomienda, pero según me ha adelantado, esto puede ir para largo. De momento estoy tramitando la queja y el papeleo para una posible
denuncia, pero de todas formas, si en estos días oyen el dramático caso de una enfermera a la que le han tirado ácido a la cara, no busquen culpables; habré sido yo.