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viernes, 29 de mayo de 2009

Palabras encadenadas

Ayer estuve haciendo juegos de palabras con mi primo pequeño, y no pude evitar reírme al recordar una anécdota, de hará unos doce años.
Era verano, mi tío conducía por las interminables carreteras de La Gomera, y yo iba detrás con sus hijas, a las que llamaremos Primamayor y Primapequeña. Primamayor y yo jugábamos a las palabras encadenadas, mientras su hermana se limitaba a mirarnos con interés; era muy pequeña como para tener soltura con el lenguaje, así que pasado un tiempo, desconectó y se puso a mirar por la ventana.

Primamayor estaba atascada con la sílaba “gua”, y como no recordaba ninguna palabra que empezara así, decidí ayudarla para que "se le ocurriera" decir guagua (autobús):


-Vale... es como un coche muy grande en el que va mucha gente.

-Gua... gua... eh...

-Las públicas son verdes, y a veces se contratan para ir a excursiones...

-Eh... esto... gua.. gua...


Le di una tercera pista pero seguía atascada, hasta que de repente, Primapequeña despertó de la inopia para ayudar. Se apartó bruscamente de la ventana por la que miraba distraída, y como si lo hubiera pensado inconscientemente y se le acabara de encender la bobilla, giró la cabeza hacia nosotros, le cogió la cara a Primamayor, y con una sonrisa de oreja a oreja le gritó la respuesta: ¡¡GUARRA!!


martes, 26 de mayo de 2009

Gafas rayadas

Cuando estuve en Nueva York y las vi en Chinatown, no les presté demasiada atención, porque convivían con los gatos dorados que mueven la pata y las vacas voladoras. Al verlas en Times Square ya me inquieté un poco más, pues ya no lo podía atribuir a las extravagancias asíaticas; pero siempre podía pensar que Estados Unidos es otro mundo, así que tampoco activé las alarmas. Sin embargo, la globalización ha contribuído a que empiece a inquietarme, pues ya han desembarcado aquí y parecen dispuestas a quedarse. Ahora bien, ¿para qué coño sirven las gafas rayadas? Además de para parecer retrasado mental, ¿tienen alguna función? A mí desde luego se me escapa.

Son cutres, así que no se trata de tener distinción, son feas y carnavalescas, así que no es una cuestión de estética; no protegen del sol, así que no se usan por salud, y no sólo no ves mejor con ellas, sino que no ves una mierda. ¿Hay alguna utilidad oculta que se me esté escapando, o son una gilipollada sin sentido?


domingo, 24 de mayo de 2009

Desperate lost

¿Qué pasaría si Jack hubiera rehecho su vida en Wisteria Lane?


jueves, 21 de mayo de 2009

El día que conocí a Julia Roberts

Sé que suena descabellado pensar que me he encontrado a una estrella de Hollywood en Santa Cruz, pero debe haber alguna explicación que lo corrobore, aunque yo no la tenga.

Resulta que volvía a casa en guagua, y cuando me acerqué a la conductora para ticar el bono, recordé con asombro que ya la conocía; hacía muchos años que no la veía y estaba cambiada, pero no me había olvidado de ella ni de lo que pensé la primera vez que la vi: ¡Estoy delante de Julia Roberts!

Tenía la misma cara, la misma melena castaña y ondulada, cuello largo, barbilla afilada, mirada dulce, su característica nariz y, por supuesto, aquello por lo que todos la conocemos: su enorme y genuina boca. Iba menos arreglada que de costumbre, sin maquillar y con un uniforme que nada tenía que ver con sus trajes de los Oscar; era tarde y parecía cansada, y sin embargo no perdía la sonrisa; la misma por la que se convirtió en los 90 en “La novia de América”. Quizás había venido para preparar su próximo personaje: una chofer de guagua tinerfeña, que se enamora de un pasajero al que ve todos los días; al principio habría alguna tensión sin importancia, luego se pondrían ojitos y él acabaría proponiéndole matrimonio, para que viviera como una reina en una casona de La rambla, y no tuviera que volver a coger una guagua en su vida. El coprotagonista podría ser David Duchovny, y Shirley MacLaine haría el socorrido papel de suegra marchosa.
Vale, es improbable que fueran a rodar algo así en Tenerife, pero más lo era que Titsa* la hubiera fichado como conductora.

Otra posibilidad es que fuera su hermana gemela, o que su padre hubiera inseminado a alguna canaria antes de conocer a su madre, desconociendo la existencia de su hija bastarda, pero sintiéndose muy orgulloso de su Pretty woman estadounidense. Sí, eso debía ser, porque esa similitud física no podía ser fruto de la casualidad.
Quizás cuando escaseaban los pasajeros o le tocaba recorrido nocturno, le diera por pensar en lo injusta que es la vida; en cómo era posible que una mujer tan sumamente parecida fuera una celebridad internacional, mientras ella estaba echando horas al volante. En aquel primer encuentro estuvimos hablando, porque no me aclaraba con las paradas, y desde el primer segundo estuve pensando comentarle algo. Desistí, porque imaginé que estaría harta de que le dijeran cuantísimo se parecía a la actriz, pero en cuanto bajé, sentí que había perdido una oportunidad única de saber la verdad.

En esta ocasión también me quedé inmovil, tanto, que debió concluir que era idiota, pero yo sólo podía pensar en que era la segunda vez que estaba ante Julia Roberts, y confíaba en que no sería la última. Quizás a la tercera (que va la vencida), me atreva a decirle algo.




*Titsa es la empresa de guaguas públicas (autobuses)


lunes, 18 de mayo de 2009

La zorra que me quemó

¿Han oído eso de que a veces es peor el remedio que la enfermedad? Pues ese dicho se inventó para casos como el siguiente:
Resulta que me había salido un ambigüo granito jodelón en la nariz, de esos que no se sabe si son granos, lunares, bultos, o qué coño, pero que toca mucho las narices (nunca mejor dicho). Como no se decidía entre cicatrizar o dejar de hacerlo, aproveché una visita al médico por otra historia, para preguntarle qué me recomendaba para que terminara de curarse, que estaba ya hasta los cojones. Me dijo que su enfermera me lo quemaría en un segundo, y como no era la primera vez que me quitaban alguno (en otros sitios, eso sí), accedí de inmediato.

Pase a su consulta esperando que sacara el llamado bisturí eléctrico: un "boli" con la punta al rojo vivo, que actúa en un segundo, haciendo que te olvides para siempre de la molestia, a cambio de un instante de dolor y unos días con una caspita microscópica. La lerda esta se fue a un procedimiento más arcaico: la quemadura con nitrato de plata. Se trata de un compuesto químico que hay que utilizar con máxima precaución, que deja una mancha negrísima en el punto a eliminar, y que tarda en desaparecer mil años, pero al hacerlo, deja la piel como nueva; claro que en aquel momento, yo no sabía nada de eso. Por lo que luego averigüé, es una técnica que no se suele utilizar en la cara desde hace años, y si se lleva a cabo ahí, se hace con sumo cuidado, aplicando la dosis justa con un utensilio muy fino y preciso, y con toda las zonas cercanas cubiertas por una gasa. La magamierda esta lo hizo con una especie de bastoncillo de oído bien empapado, que no sólo hizo que la manchita pasara a manchón, sino que me dejó engorrinado el cachete, la nariz y la sensiblísima piel de cerca del ojo. Cuando llegué a mi casa tenía media cara como si viniera de trabajar en la mina. Me lavé con abundante agua y jabón y se fue lo más superficial, pero aún sigo pareciendo un desgraciado al que le han dado un piñazo, o un hediondo con manchas de grasa; y la verdad, no sé que es peor.

Sobre la marcha volví al centro médico a ver qué coño hacía con ese estropicio, y el enfermero de guardia (la muy perra ya no estaba), me explicó las precauciones que debía tomar para que no me empeorara. Por culpa de la retrasada que me atendió, debo estar un mínimo de dos semanas con cremas cicatrizantes, huyendo del sol y llevando una gorra… ¡una gorra! (no sé cómo será fuera, pero en Canarias son patrimonio casi exclusivo de los quinquis). Al verme en el espejo con la gorra, las gafas de sol y la chaqueta, me di grima; parecía un exhibicionista esperando a dar con alguna anciana para insinuarme, y todo esto no ha hecho más que empezar…
Encima, cuando me hizo “la cura”, me salpicaron unas gotitas en la ojera, que me limpié rápidamente con el dedo, haciendo que se transformaran en manchas diluídas (menos es nada). Mi padre me dijo que diera gracias a que no me cayeran más arriba, porque me habrían desgraciado el ojo con toda seguridad. Unos milímetros más de salpicón, y ahora podría estar en el oftalmólogo esperando un transplante de córnea.

Ya fui a una dermatóloga con fundamento para ver qué me recomienda, pero según me ha adelantado, esto puede ir para largo. De momento estoy tramitando la queja y el papeleo para una posible denuncia, pero de todas formas, si en estos días oyen el dramático caso de una enfermera a la que le han tirado ácido a la cara, no busquen culpables; habré sido yo.