Como rey mago oficial de mi familia, gran parte de los regalos de este año están guardados en mi cuarto, y digo guardados y no escondidos, porque en mi casa somos más de amontonarlos y poner una sábana por encima. Cuando uno ve un bulto de paquetes tapado por una manta sabe que no la puede levantar y punto; todos respetamos el código y no nos volvemos locos buscando escondites infranqueables.El problema es que desde que mi primo pequeño ha entrado en juego y tiene autonomía para moverse por la casa (vamos, que hace mucho que no gatea y llega a todos los manillares), nos vemos obligados a ser discretos, así que optamos por cerrar las habitaciones con llave en estos días. Nunca ha supuesto un problema respecto a él, que si ve una puerta cerrada no le da mayor importancia... hasta ayer. Se empeñó en entrar a mi cuarto a cualquier precio, y no había forma de que entrara en razón con ninguna de las excusas que le dábamos. El pretexto es que estaba muy desordenado y a mi mi madre no le gusta enseñar la casa así (lo cual es cierto, por otra parte):
- ¡Pues yo quiero entrar en el cuarto de Pablo!
- No Andrés, que hoy no se puede
- ¿Pero por quéééé?
- Ya te lo he dicho, porque está muy tirado, y no se puede ni caminar
- ¡¡Pero que da iguaaaaaal, yo sólo quiero veeerlo!!
- Pero si lo ves todos los días, ¿qué más te da?

- ¡Pues no me voy de aquí hasta que no lo vea!
- Ya lo verás mañana, cuando esté recogido
- ¡NOOO! ¡YO QUIERO VERLO AHORA, QUIERO VERLO TIRADO! ¡BUAAAAAA!
¿Cómo le explico que no lo hacemos por joder sino por lo bonito que es conservar la ilusión de los reyes?
Me recordó a un escrito de Elvira Lindo que leí hace un par de años, y que rescato aquí para vosotros. Se llama "La mentira más dulce":
Siempre he preferido saber la verdad. O lo más aproximado a la verdad. El trauma de la verdad es más digno que el consuelo de las mentiras piadosas. Conozco a personas que ruegan que les mientan para seguir viviendo, o que viven dentro de ella, de una mentira, y se acostumbran, se adaptan a una farsa, la del amor que ya no existe, la de una amistad que se pudrió hace tiempo, la de una vocación para la que no tienen talento. Hay tantos ejemplos que podrían darse. Pero la verdad puede contarse sin herir, la verdad puede escucharse sin sentirse humillado. No tiene nada que ver con la grosería ni con la sinceridad faltona. Es algo más hondo y más serio. Sería algo así como actuar según tu conciencia para no estafar a los demás, u exigir que contigo se haga lo mismo. En esta vida tan llena de mentiras, pequeñas o grandes, piadosas o crueles, sólo hay una que lamento que fuera descubierta. Va a sonar pueril. Lo sé. Pero qué importa, el recuerdo de la infancia está lleno de detalles pueriles.
De todo el montaje de las navidades, del absurdo derroche y la felicidad impuesta, de los buenos deseos repetidos año tras año, hay algo que para mí siempre se salva. Y de qué manera. Es la víspera de Reyes, la noche de Reyes. Creo que en esta noche del cinco de enero está contenida toda la felicidad de mi niñez. El nerviosismo, la duda, la espera colectiva, con mis hermanos, con mis primos, el insomnio tan raro de los niños que sólo es provocado por el miedo, la fiebre o la esperanza. Creo que ninguna noche de Reyes de mi infancia dormí sola. La casa de mi abuelo, donde solía pasarla, estaba llena de niños. Esa abundancia de criaturas puede parecer ahora algo peculiar aunque era normal en aquella época, los sesenta, en la que abundaban las familias numerosas. Nos acostábamos disfrutando de la gran mentira. Teníamos algunas dudas, claro. Se oían muchos rumores. Pero estaba la evidencia de la carta, que se había echado al buzón, de la fruta y el vino que se dejaban en la ventana, de los ruidos nocturnos que producían susto e impaciencia. Al día siguiente todas las dudas se disipaban. Ahí estaban algunas de las cosas
que habíamos escrito con nuestra letra de cartilla escolar.
Luego vendrían esos años de sequía en los que la mentira perdió todo su brillo, hasta que volvió renovada con la presencia de los hijos. La víspera de Reyes recobraba entonces su sentido. En la cama dormía solamente un niño, dos como máximo, pero el insomnio era el mismo, las dudas y la esperanza también. Sabemos que ellos oían ruidos de madrugada, los pasos de quienes dejaban los regalos en el salón, sentíamos una felicidad delegada. Era muy temprano cuando venían corriendo a nuestra cama a enseñarnos el nuevo juguete. Ojalá todas las mentiras fueran como ésta.







