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jueves, 14 de febrero de 2008

La compasión gana a la razón

El otro día puse la tele mientras hacía cosas en el ordenador; daban uno de esos programas de talentos y estaba a punto de saberse cuál de los finalistas iba a ganar. Cada uno volvió a actuar, y en cuanto los vi a todos tuve claro quién vencería.

El premio se disputaba entre un grupo de hermanos que cantaban flamenco, cuyo jovencísimo vocalista llamaba mucho la atención por su destreza; un grupo de adolescentes que bailaban hip hop con bastante eficiencia; dos amigos que cantaban gitanadas de forma paródica; un niño muy menudo que hizo un espectáculo de gimnasia rítmica, de una forma más que llamativa; y por último una adolescente con una voz normal, poco notable, y que cantó una canción floja… pero que iba en silla de ruedas, y con eso ya tenía la mitad del trabajo hecho. La canción que escogió fue uno de los temas de La Sirenita, concretamente aquel en el que la protagonista anhelaba su deseo de ser libre y ver mundo, pero con la letra convenientemente modificada para decir en varias ocasiones “poder correr, poder saltar…” (además de repetir, como en el filme orginal, eso de: “¿Por qué no tener un par de piernas y salir a pasear a pie?”). Es posible que la nueva versión de la película (que me consta que ha sido doblada al español peninsular) haya cambiado la letra de las canciones, pero sinceramente… no creo que sea casualidad que se haya decantado por la adaptación moderna.
Efectivamente, a pesar de ser junto a los amigos que cantaban de broma, la más corriente de todos, ganó el concurso, y es que si sabes jugar bien tus cartas, puedes meterte al público en el bolsillo.

Este efecto de “vótame porque doy penita” se da mucho en este tipo de programas; la gente apoya al débil y al maltratado a pesar de que objetivamente no sea (ni de lejos) el mejor. Pensemos en aquel eurovisión para jóvenes en el que una niña salió en todos los programas de zapping, por poseer una voz y una técnica realmente inusuales en alguien de su edad, para que luego ganara otro que no cantaba tan bien (ni mucho menos), pero que le dedicaba la canción a su madre recientemente fallecida, en la que relataba cómo pensaba que ella velaba por él desde el cielo. Y qué decir del sonado caso de Idaira, la más allá que mediocre ¿cantante? tinerfeña de Operación Triunfo, que no ganó pero llegó a la final del programa.
No era mala, era malísima; tenía una voz anodina y un oído musical inexistente que le hacía desafinar muy a menudo, pero claro… a la pobre la trataban mal en el jurado, así que nosotros, con la triste mentalidad de pueblerinos que tenemos para estas cosas, teníamos que apoyarla incondicionalmente. Es lamentable…

Creo que me voy a presentar al próximo concurso que surja en televisión, sea de lo que sea. Bastará con que sepa adornarme de una atmósfera de autocompasión con la que el púbico pueda empatizar, pues ya con eso tendré hecho casi todo el camino hacia el premio final.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

La historia se repite: Virginia ganadora de OT 2008. Enhorabuena por el blog

Chocolatecontrocitos dijo...

Llevas toda la razón, y así lo dice el Anónimo, Virginia, en un concurso en el que Sí tenía que demostrar algún talento (cantar bien), ha ganado y no tengo muy claro que lo mereciera... pero la penita, la penita es muy grande...

peibol dijo...

Lamentablemente, es ley de vida. Y así lo seguirá siendo mientras existan concursos así.