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viernes, 9 de mayo de 2008

El peso de la inocencia

El otro día estaba hojeando un viejo ejemplar de El País Semanal y me detuve al encontrar un genial escrito de Rosa Montero que en su día me llamó mucho la atención. Lo releí y volví a emocionarme. Se llama “El peso de la inocencia” y dice así:

A veces recorto y guardo fotos que veo por ahí y me emocionan o llaman la atención. Como soy un caos, luego casi nunca consigo volver a encontrarlas, pero por los cajones y las estanterías de mi casa, o tal vez acurrucadas entre las páginas de un libro, hay un puñado de formidables instantáneas con las que de vez en cuando vuelvo a toparme por feliz casualidad. Las fotografías poseen una fuerza evocadora poderosa, muy superior, para mí, al material filmado y en movimiento. Al congelar una gota de tiempo, al parar el mundo, es como si la vida quedara encapsulada, como si de verdad se hubiera conseguido detener el imparable resbalar de los minutos hacia la nada. Las fotos son un espejismo de eternidad.

Tengo ante mí esta tarde dos fotos especialmente conmovedoras. Una procede de un libro de Enrique Lynch, Prosa y circunstancia (Anagrama), una amena recopilación de ensayos breves, y se trata de dos niños. Se les ve de cuerpo entero delante del fondo vegetal de algún jardín. La niña tendrá ocho o nueve años; el chico, seis o siete. Los dos muy repeinados, él con los cabellos domados con agua o brillantina, ella dejando adivinar un lazo en la coronilla. Llevan los calcetines meticulosamente estirados y están el uno al lado del otro, frente al objetivo. Mantienen una curiosa posición muy recta y algo marcial, con los brazos colgando junto al cuerpo; sin duda alguien les ha dicho: ¡Quietos, poneos derechos, reíros! Los niños muestran unas sonrisas enormes, excesivas, a medio camino de la carcajada nerviosa y de la mueca horrible. Y en el pecho, cosidas a sus modestas ropas de domingo, también muestran dos estrellas de David grandes y ominosas, la infamante marca de los guetos.

La foto, explica Lynch, pertenece a la contraportada de un catálogo de la Yale University Press de 1991. Y el pie de foto dice: “Antes de la deportación a Holanda, 1941”. No necesitamos esos datos: es una instantánea aterradora que e explica por sí sola. No hay nada tan desolador como ver la inocencia con las que las víctimas se precipitan a un futuro atroz con sus sonrisas desplegadas como velas. Sin duda, en el momento en que les retrataron, la vida de estos niños tenía que ser angustiosa y durísima; pero, aun así, había en ellos, y en quienes les vestían y peinaban de fiesta, la esperanza de un porvenir y el empeño de mantener la dignidad. Pero nosotros sabemos que lo único que les aguardaba era el infierno, y por eso su esfuerzo resulta heroico, y su ignorancia patética. ¿Qué habrá sido de ellos, tan pequeños y tan avasallados por la Historia?

El mismo desasosiego se experimenta al ver la otra foto, que apareció en los diarios hace un par de meses. Es el retrato de una mujer joven y guapa a caballito en las espaldas de un chico de su edad de aspecto agradable. Miran a cámara y están haciendo el ganso, están tronchados de risa. Ella se llamaba Vanesa Rodríguez y él era su marido. En Julio de 2005, él la quemó viva en Puertollano. Convertida en una llaga, totalmente abrasada, Vanesa tardó un año entero en morir: tenía sólo 26 años y peleó con bravura por salir adelante. Pero no pudo. Ver ahora la alegría cómplice con la que se abraza a su futuro torturador resulta insoportable. La foto fue publicada coincidiendo con la conducta penal del asesino.

Aterroriza pensar que todos somos igual de ignorantes respecto a nuestro porvenir que esos pobres niños judíos, que esa guapa muchacha llena de viveza. ¿Qué cuota de horror nos puede estar aguardando agazapada como un depredador en los pliegues del tiempo? Los niños sonrientes y la muchacha feliz están atrapados para siempre, dentro de esas fotos, en el filo de sus despeñaderos personales, en el borde mismo del abismo. Pero al menos los retratos nos permiten saber cómo fueron. Nos permiten admirar la homérica y tenaz esperanza de esos niños, la brillante vitalidad de la mujer. Al menos las fotos han preservado esos momentos de calma antes de la tormenta, como restos salvado del terrible naufragio de la muerte.

5 comentarios:

Anonima dijo...

Me ha dejado de piedra la lactura de este articulo, porque es simplemente,real,verdadero.
Yo tambien habia visto siempre laas fotos como una pausa en el tiempo y un intento de eternidad, pero la vision de esta autora de las fotos que comenta concretamente, soy dolorosamente verdaderas.
Muy buena publicacion, felicidades.
un saludo

Sara dijo...

Joder, qué impresión de arítculo ¿eh?
Al principio pensé: seguro que va de la misma obsesión que tiene Pablo por fotografiar (cual japonés) todo lo que se le pone por delante, sea lo que sea, y guardarlo en álbumes de fotos ordenados, con dibujitos y con fotos clasificadas por orden alfábetico y/ o cronológico. Pero no.
Resulta muy impactante ver fotos de personas cuyo final ya conoces, me pasó el otro día viendo una serie de fotos y pensé: "Si ella lo hubiera sabido" ¿habría cambiado en algo su vida, habría hecho las cosas de forma distinta?
Por eso es mejor no saberlo, por que ... si, resulta impactante que la gente en el futuro vea esas fotos de tu vida anterior sabiendo ya que en el futuro te pasaran cosas malas... pero mientras tanto, a vivir el presente que es lo que toca, ¿no?
Bueno... qué perurbador... :S

María dijo...

Interesante, a la vez que deprimente este artículo... Me ha pasado mil veces mirar una foto y decir "qué feliz era" o "qué época más triste". Es impresionante como miles de detalles imperceptibles a simple vista quedan retenidos en una sonrisa o en una mirada de una instantánea. O simplemente, como dice Sara, pensar "qué ignorante era de lo que se me iba a venir encima".

Yo también tengo una ligera obsesión por fotografiar cada momento, pero es simplemente por aferrarme a la idea de que será la única forma de revivir ese momento gráficamente, sin tener que recurrir a los efímeros y pasajeros recuerdos que se van borrando con el tiempo :(

Me alegro sobremanera de tener cientos de fotos con gente que es importante en mi vida :) porque me permiten revivir casi cada instante que he vivido con a ellos.

Así, puedo decir que me encanta ver nuestra primera foto en Glendalough (momento en el cual prácticamente no nos conocíamos de nada)... y compararla con la foto que nos sacamos el otro día en mi casa de emancipada. Me hace pensar en todas las cosas que hemos vivido y en cómo hemos cambiado.

Besos

Anónimo dijo...

Siempre he tenido la misma incognita a la hora de guardar fotos, son agradables y siempre evocan un momento de la vida que es feliz, por lo menos las fotos personales, nunca nos sacamos una foto cuando estamos de luto o cuando estamos en una mala circunstancia. Las sacamos en cumpleaños y en momentos que sabemos que van ha ser agradables. Pero cuando pasa el tiempo y esa foto te inspira dolor?de alguien que ya no esta contigo, de algo que ya no existe. Siempre me he preguntado si es mejor romper ese recuerdo que se saco para reir pero que ahora te hace llorar, o es mejor guardarlo...como dice el dicho, es mejor haber amado y haber perdido que nunca haber amadado...supongo que es mejor haber vivido que nunca haber nacido...aunque habra gente que con mucha razon, no esté de acuerdo.
Mery

peibol dijo...

Anónima:

Es muy imactante, desde luego, tanto en contenido como en forma. Los pelos como escarpias...

Sara:

Respeta mi orden con las fotos. XD

El poder evocador de las fotos es imcreíble, y si encima a toro pasado son perturbadoras, más aún.

María:

¿Tú, fotografíar cada momento? Naaa :p
Los que somos de atesorar todos esos momentos gráficamente, creo que tenemos un tesoro impagable. Yo tambén me alegro sobremanera de tener tantísimas fotos con gente importante.

Mery:

Interesante reflexión; yo personalmente opino que hay que guardarlas, y que si hoy esas fotos te hacen daño, esperar para volver a verlas 5 años, cuando el recuerdo no sea amargo, sino dulce, a pesar de todo, y alegrarte de poder rememorarlo :)


¡Saludos!