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sábado, 9 de agosto de 2008

Día 4 – Una Jornada absurda

El día anterior nos habíamos quedado con el desconsuelo de curiosear en un par de tiendas a las que llegamos cuando ya habían cerrado, así que por la mañana fuimos a tiro hecho a dar con las mismas y con otras por las que no habíamos pasado. Tras el periplo comercial por Fuencarral, Chueca y Malasaña, almorzamos como señores en el “Cañas y Tapas”, y ya que no degustamos el insigne bocadillo de calamares, comimos los no menos emblemáticos huevos estrellados. Tal y como predijimos desde por la mañana, al estar dedicando tiempo a sitios en los que ya habíamos estado, ese día el componente de absurdez fue alto. Altísimo. Tras ir al hotel a por ropa de abrigo para ir a patinar sobre hielo (una idea que teníamos desde que planeamos el viaje), hicimos un largo trayecto en metro hasta El palacio de hielo, y cuando llegamos nos quedamos con tres palmos de narices al saber que la pista estaba cerrada. Pensamos en darnos una vuelta por Lavapiés, pero con el tiempo perdido en metro y la desgana que nos entró por no poder patinar, decidimos volver directamente a la habitación para arreglarnos y salir a cenar pronto. Como nos conocimos un dos de agosto, habíamos establecido que esa noche lo conmemoraríamos cenando en un buen sitio y poniéndonos guapos para la ocasión. Al llegar al restaurante escogido nos confirmaron que no sólo no había mesas libres, sino que la gente que había reservado tenía que esperar mil años. Tanteamos con resignación otros lugares de los que también me habían hablado bien, todos igual de abarrotados, y al final acabamos celebrando el “aniversario” volviendo al Vips, que no tiene tanta categoría, pero se come bien. Podríamos haber ido a recorrer la ciudad después de la cena para sentir que el día había tenido algún sentido, pero decidimos llevar la mediocridad de la jornada hasta el final, volviendo a casa tras un brevísimo paseo por Gran Vía. La noche anterior habíamos empezado a callejear sin rumbo, pasando por Sol y La plaza Mayor, y descubriendo por casualidad la zona de La Latina. En cualquier caso y al margen de lo anodino que fue el día, la comida fue de lo más entretenida, porque los individuos de las mesas cercanas se nos antojaban de lo más interesantes, y los de la mesa colindante, que estaban muy cerca y hablaban a un volumen realmente alto, nos tuvieron entretenidos toda la cena. Se trataba de dos hombres conociéndose en una primera cita: el primero era educado, ameno y atractivo, y hacía grandes esfuerzos por salvar del hundimiento un encuentro abocado al fracaso, pues el segundo era un coñazo de tío. No sólo no parecía interesado en la conversación, sino que cortaba a su acompañante cada dos por tres, era seco, borde, y más aburrido que un discurso de Fidel Castro; le sacaba varios años, parecía haber acudido de mala gana, poniéndose además lo primero que había encontrado en el armario, y era desagradable a la vista. Mientras el primero ponía atención en la charla y trataba de dar lo mejor de sí mismo, de una forma elegante y sin caer en pedanterías ni deleznable egolatría, el otro se limitaba a invalidar y rebatir sus argumentaciones, y a soltar alguna perla de vez en cuando con la que la cagaba más. Llegó el momento de despedirse, pagó el decente y se fueron.
Creo que esa noche no hubo mambo para ninguno de los dos.

4 comentarios:

Oliver dijo...

donde esté un VIPS que se quite todo lo demás, meeencaaaantaaaannnn!!!! Para cuando un VIPS en Tenerife?. Yo trabajé un tiempo en el que está en la plaza Neptuno, debajo del hotel Palace y me hartaba a comer a todas horas.
Muy bueno lo de los comensales vecinos, a mi también me da por escuchar conversaciones ajenas, sobretodo en la guagua. Nunca suelen ser tan interesantes como la que escucharon María y tú. Saludos

peibol dijo...

Las conversaciones ajenas pueden ser fascinantes...fascinantemente bochornosas o fascinantemente fantásticas, pero fascinantes al fin y al cabo. Acabamos tan absortos en la de estos dos, que llegó un momento en el que nos quedamos completamente callados.

Un saludo

María dijo...

Este día fue tan absurdo... no llegaban a salirnos las cosas mal del todo, pero parecía que el destino se daba la vuelta y nos sonreía con cara pícara.

Me gustaría ver la cara de tontos que se nos quedó cuando vimos que el Palacio de Hielo estaba cerrado.

La cena en el VIPS fue fantástica... tanto porque íbamos guapísimos XD (arriba nuestro ego) como por la pareja de al lado. Efectivamente, uno de ellos parecía tener un serio problema de seguridad en sí mismo, porque hablaba con un tonito de superioridad cortante insoportable... mientras que el otro, tan adorable él, intentaba contar anécdotas de su vida. Contado así suena feo el hecho de que estuviéramos pendientes de su conversación, pero es que lo hacían en un tono sumamente alto (yo casi no oía a Pablo), así que no quedaba otra que poner la oreja :D

Me uno a la petición de Óliver... ¿¿para cuándo un VIPS aquí??

peibol dijo...

Jajajaja, pero... ¿y lo que nos reimos?

Eso.. ¡un VIPS aquí!