
De las bodas paso a las mini bodas, porque en eso se han convertido las comuniones, en bodas a pequeña escala, en las que ni siquiera existe el festejo del amor como telón de fondo para justificar tanto despilfarro. Salvo casos muy excepcionales, la única razón por la que los niños quieren hacer la primera comunión es ser el centro de atención en una fiesta en la que serán colmados de regalos. En el caso de las niñas, existe además el aliciente de sentirse como las novias que aún no pueden ser, aunque a mis ojos no hay nada más horrible que la ropa de primera comunión; es aparatosa, hortera y cutre. De los niños vestidos de marineritos ni me detengo a hablar porque son demasiado ridículos como para molestarme en mofarme de ellos, pero los vestidos de niña son un engendro; son un amago de trajes de novia ideados de forma que ni se ciñan al cuerpo, ni enseñen más carne de la debida, de modo que lo que hacen es adaptar los horrendos “babys” escolares a la estética de tarta de nata

montada. Un verdadero crimen visual.
Además de las veces en que mis amigos me reprocharon lo idiota que había sido por no haber hecho la comunión, ya que me habría llevado un huevo de dinero y regalos, me quedo con una escena de la comunión de mi prima: Estaba sentada mientras los invitados iban acercándose a entregarle los presentes, y alguien le dio un libro religioso sobre lo que significaba ese día y una cadenita con un crucifijo; lo miró con indiferencia y lo tiró al montón para abrir con voracidad el siguiente regalo que era…¡¡UNA GAME BOY!!
Aunque me hubieran regalado lo que más ansiara en ese momento, nada podría pagar el haber hipotecado los sábados de media infancia oyendo polladas en la catequesis. No gracias, me alegro de no haber sido tan materialista y haber pasado los fines de semana jugando como un niño normal.
En una ocasión mi madre le preguntó a un compañero de trabajo la razón por la cual celebraba la primera comunión de su hija, si ni él, ni nadie de su familia eran religiosos. El hombre le contestó sin saber argumentarlo demasiado bien, que no sabía, que lo hacía por reunir a la familia y porque era tradición…

-¡¡Coño, pues váyanse todos a comer!! ¡¡No me jodas!! – le espetó ella (con otras palabras, eso sí)
- Ya bueno, pero a la niña le hace ilusión… -contestó él sin mucho convencimiento.
Pero vamos a ver… ¿nos hemos vuelto locos? Yo me pasé media infancia queriendo ir a Disneyland y no por eso fueron mis padres corriendo a organizar unas vacaciones en el parque temático, que total, al caso, habría salido lo mismo, ya que el gasto total de una comunión “normal” puede rondar fácilmente los 4000 euros.
Como hay que proteger a los niños (no vaya a ser que les creemos un trauma), se hace todo con tal de verlos felices, y así están saliendo de imbéciles, malcriados y simples. Incluso se ha llegado a plantear (y creo que ya es una realidad) la idea de las comuniones civiles, para que los niños no religiosos puedan tener también fiestita. ¿ACASO HEMOS PERDIDO EL NORTE?
El consentimiento de caprichos infantiles por parte de padres

malcriadores, el deseo de exhibición social, o el tradicionalismo borreguil, pueden llegar a ser vistos motivos justificables para llevar a cabo estos actos incongruentes y excesivos si los comparamos con el más estúpido y egoísta de todos, ese conocido como “Es que mi abuela es muy religiosa, y si no lo hacemos se nos muere del disgusto”
Con todos mis respetos hacia la hipotética abuela… que le den. ¿Se gastaría esa abuela un fortunón para llevar a cabo una fiesta que contradijese sus principios, sólo para satisfacer a sus nietos? Permítanme que lo dude. Y es que se da aquí una doble moral que toca mucho los cojones, porque parece respetable y lícito tragarse el componente religioso si “debemos” satisfacer a alguien enfermizamente beato, pero no ocurre al revés. ¿Cuántas veces han oído decir: “Nosotros somos religiosos pero mis padres ateos, así que nos casaremos en el juzgado para contentarles”? ¡JA!
Este último suele ser el motivo por el que se llevan a cabo la mayoría de los bautizos. Ni mi hermana ni yo

pasamos por el rito, y mi abuela (más beata que el mismísimo Papa) se cogió un gran disgusto. Mi padre consideró que si ni mi madre ni él eran religiosos no tenía sentido hacer el paripé por contentar a nadie, y que además no sería justo para con nosotros; creyó que lo mejor sería pasar, y que si nosotros en un futuro decidíamos hacerlo fuéramos libres para llevarlo a cabo. ¿Se murió mi abuela por eso? Desde luego que no. No le gustó, no lo comprendía, pero lo acabó aceptando, y todos tan felices.
En cierto modo podría envidiar a quienes poseen fe religiosa, porque tienen algo muy poderoso a lo que aferrase cuando las cosas van mal, planteándose así menos dilemas existenciales y sufriendo en mucha menor medida, pero la institucionalización de la religión y las gilipolladas que se hacen en su nombre, me superan.
Señoras y señores, es genial que crean (o no) en Dios, pero por favor, sean coherentes y no se dejen llevar por el borreguismo social. Si no lo hacen por ahorrarse el coñazo o por ahorrárselo a sus seres queridos, háganlo por sus bolsillos.








