
Siempre he sido partidario de aclarar cualquier cosa, por nimia que sea, que haya creado un malestar tonto o pueda dar lugar a malentendidos mayores; eso de correr un tupido velo ante un tema incómodo no va conmigo, porque creo que no sirve de nada, ya que lo único que se consigue es remendar chapuceramente con esparadrapo algo que necesita de una sujeción más fuerte para no romperse; y los esparadrapos, los velos, y cualquier objeto metafórico elegido para referirse a estas estrategias de evasión, no hacen sino incrementar una bola de mierda que siempre acaba reventando, poniéndonos a todos perdidos de porquería o, como mínimo, haciendo que todo huela muy mal por la acumulación de rencores inconfesos. Ninguno de los dos desenlaces me resulta atractivo.
En ese sentido (lo de hablar los mosqueos para que no vayan a más), puedo llegar a resultar pesado, pero es algo que no puedo evitar y con lo que me siento particularmente satisfecho, porque me proporciona más alegrías que disgustos, asegurándome relaciones más sinceras y sin
parches, y brindándome reconfortantes alegrías de vez en cuando. Sin ir más lejos, en las últimas semanas he vivido tres casos de
En ese sentido (lo de hablar los mosqueos para que no vayan a más), puedo llegar a resultar pesado, pero es algo que no puedo evitar y con lo que me siento particularmente satisfecho, porque me proporciona más alegrías que disgustos, asegurándome relaciones más sinceras y sin
parches, y brindándome reconfortantes alegrías de vez en cuando. Sin ir más lejos, en las últimas semanas he vivido tres casos de “reconciliación” de lo más satisfactorios.
Para empezar, hablé largo y tendido con alguien que en su día me presentaron, pensando que podríamos gustarnos y llegar a algo. Yo tenía claro que, aunque congeniamos bien y en un principio hubo un amago de acercamiento, aquello no iría a más, y no me suponía un problema; por su parte no quedó tan claro, y puso pies en polvorosa por la incomodidad que lo suponía pensar que yo sentía algo a lo que no iba a poder corresponder. Un buen día hablamos como personas adultas, impidiéndole que se quedara con una idea equivocada, y ahora todos tan contentos.
En el segundo caso, una amiga y yo nos sinceramos, admitiendo que ninguno de los dos había dado un paso por llevarnos más allá del messenger, por estar en parte condicionados por una tercera persona que mantiene una relación desigual con ambos. Aclarado todo, ya hemos acordado ir a tomarnos algo en cuanto sea posible.
Por último, está la historia de CarlØs: Hubo un tiempo, hace ya unos cuatro años, en el que nos llevábamos a las mil maravillas, quedando muy a menudo y organizando pernoctancias frecuentes. En un momento dado todo se torció, y aunque nunca nos enfadamos, nos distanciamos hasta llegar a la incomunicación absoluta. Cada muchos meses intercambiamos un par de frases en el messenger, hasta que la semana pasada lo insté a que habláramos; empezamos a sincerarnos con pelos y señales sobre lo acontecido en aquel momento, y tras una reveladora charla de un par de horas, volvimos a hablar con la misma frescura con que lo hacíamos antes…o mejor.
¿Moraleja? Hablando se entiende la gente
Para empezar, hablé largo y tendido con alguien que en su día me presentaron, pensando que podríamos gustarnos y llegar a algo. Yo tenía claro que, aunque congeniamos bien y en un principio hubo un amago de acercamiento, aquello no iría a más, y no me suponía un problema; por su parte no quedó tan claro, y puso pies en polvorosa por la incomodidad que lo suponía pensar que yo sentía algo a lo que no iba a poder corresponder. Un buen día hablamos como personas adultas, impidiéndole que se quedara con una idea equivocada, y ahora todos tan contentos.
En el segundo caso, una amiga y yo nos sinceramos, admitiendo que ninguno de los dos había dado un paso por llevarnos más allá del messenger, por estar en parte condicionados por una tercera persona que mantiene una relación desigual con ambos. Aclarado todo, ya hemos acordado ir a tomarnos algo en cuanto sea posible.Por último, está la historia de CarlØs: Hubo un tiempo, hace ya unos cuatro años, en el que nos llevábamos a las mil maravillas, quedando muy a menudo y organizando pernoctancias frecuentes. En un momento dado todo se torció, y aunque nunca nos enfadamos, nos distanciamos hasta llegar a la incomunicación absoluta. Cada muchos meses intercambiamos un par de frases en el messenger, hasta que la semana pasada lo insté a que habláramos; empezamos a sincerarnos con pelos y señales sobre lo acontecido en aquel momento, y tras una reveladora charla de un par de horas, volvimos a hablar con la misma frescura con que lo hacíamos antes…o mejor.
¿Moraleja? Hablando se entiende la gente











