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martes, 8 de julio de 2008

Ser blogger

Juro que este es el último artículo conmemorativo que hago en mucho tiempo, pero es que si había "festejado" los correspondientes a las entradas 25, 50 y 75, no podía dejar de hacerlo al llegar a la 100.

Nada menos que cien artículos, a una media de ocho al mes, con meses más prolíficos, artículos de los que me siento orgulloso, otros más de andar por casa, y otros que (para qué mentir), me sirvieron para llenar huecos y salir del paso.

En dos semanas hará un año que empecé mi aventura en la bloggosfera, y me sorprende lo constante que he sido desde entonces. Superada la euforia inicial de los meses de verano, en los que publicaba casi por publicar, sacándome entradas de la manga sin mucha elaboración, comentando noticias y tomando prestados artículos de otros lados, traté de marcar el rumbo que quería que tomase mi bitácora, para seguir a partir de ahí una línea mínimamente consecuente.

Dicho y hecho, a partir de Septiembre del año pasado, que es un mes del que me encantan prácticamente todos los artículos (igual que me pasa con Enero, Marzo o Abril de 2008), elaboré con dedicación escritos más personales, empezando entonces mi calvario, y es que estoy como Santa Teresa de Jesús, viviendo sin vivir en mí, porque escriba lo que escriba, siempre tengo la sensación de estar defraudando a parte de mis seguidores. Hay quienes alaban mis escritos reflexivos o críticos, mientras otros se decantan por los más banales y humorísticos, y aunque trato de alternar temática a ese respecto, no sé si me estaré equivocando con tanta variabilidad. Si no tuviera obligaciones y una vida que vivir, estaría encantado de tener varios blogs menos prolíficos pero de temática más delimitada.

Aunque me siento más cómodo con los artículos críticos o de análisis de lo cotidiano, en contraposición a los reflexivos y nostálgicos, que me hacen sentir expuesto y vulnerable, son estos últimos los que más interesantes pueden resultar a mis allegados, pues nunca he sido especialmente conocido por mi visceralidad a la hora de abrirme a la gente. Dicen que los blogs son los psicólogos más baratos que hay, y es cierto, pues sin querer desprestigiar la profesión a la que pienso dedicarme, gran parte del éxito de las terapias proviene del mero hecho de ser escuchado por alguien que no te juzga, mientras exorcizas tus demonios; la protección que me proporciona la barrera del ordenador me permite expresarme con más naturalidad, y eso es algo que me encanta. Además, escribir es un hobby de lo más saludable que refuerza mi gusto por la lectura y la escritura, así que... ¡A por otro año y a por otros cien!

viernes, 4 de julio de 2008

Odios musicales

Soy más cinéfilo que melómano, y aunque tengo una cultura musical relativamente buena, me defino más en relación a mis gustos y conocimientos sobre el séptimo arte. En base a esto, tiendo a ser más tolerante con las preferencias musicales que con las cinematográficas, porque aunque cada cual es libre de ver y oír lo que quiera, me parece más delictivo ver todas las mierdas de la cartelera, que escuchar música de cuestionable calidad, no sólo porque una película dura dos horas y una canción sólo tres minutos, sino porque yo mismo, en ocasiones, oigo canciones que no me parecen espectacularmente buenas, pero me traen buenos recuerdos o se me antojan adecuadas para determinados momentos.

Dicho esto, paso a despellejar a los grupos que escogería para un melancólico día de lluvia... de lluvía ácida para ser exactos:


1 - Uniceja Juanes: Del triunfo de la música popular hemos pasado al enaltecimiento de la música simplona; Juanes es de esa gente cuyas canciones acabas tarareando sin darte cuenta, porque el cerebro termina asimilándolas tras escucharlas cincuenta veces en una semana. He de admitir que hay algún tema que en su día me hizo gracia, pero no nos engañemos; no es canción de autor, no es música popular, es música de feria con los arreglos pertinentes.

2 - Britney Spears: Rubia, morena o rapada, gorda o flaca, loca o cuerda… Britney siempre será de la América profunda, y una de tantas lolitas que se ha labrado una carrera musical, a base de gemiditos alternados en estrofas tontas, cantadas con una voz nula.

3 - La quinta estación: ¿Qué demonios le pasa a su vocalista? ¿Por qué canta así? ¿Por qué es tan pesada e irritante? ¿Por qué es tan exagerada y escandalosa? ¿A qué viene ese exceso de gorgoritos? ¡Cállate coño!

4 - Chambao: Aunque el flamenco nunca ha sido objeto de mi devoción (en absoluto), hay alguna canción suelta que podría llegar a gustarme; lo que me enferma es el “buenrollismo agitanado”, que tiene su máxima representación en ellos, los abanderados del llamado “flamenco chillout”. Si vuelvo a oír “Papeles mojados”, que además de lo dicho, es una basura de canción, juro que iré personalmente a casa de “La Mari” y la mataré. Y también a Pastora (5), que es aún más pesada e insulsa.

6 - Maná: Digan lo que digan, y aunque los encumbren como “la mayor banda de rock latino”, lo cierto es que esta gente ya alcanzó el límite de su capacidad creativa, y ahora se dedican a reciclar lo que han hecho siempre, pero peor, muchísimo peor. Tuvieron su época dorada en los tiempos en que rayaban el sol, vivían sin aire y esperaban el muelle de San Blas, pero esos tiempos ya pasaron y nunca volverán. Todo lo nuevo que sacan suena a viejo, y los gimoteos llorosos del vocalista, que además posee una voz ronca insufrible, me ponen de muy mal humor. Que se tome un bote de lizipaina, que guarde los clinex, que se vaya a buscar a la mujer a la que tantos años lleva llorando, y que nos deje ya en paz.

7 - Kiko y Shara: Si escuchar a los hermanos Pimpinela cantarse petardadas de despecho, nos resultaba perturbador y nos dama grima, oír a la reinvención de los mismos en dos hermanos gaditanos, a cual más niñato y en plan flamenquito, es directamente insoportable.

8 - Guaraná: No son un grupo de una sola canción sino de tres, concretamente una por disco, a cual más olvidable. Un buen día llamaron nuestra atención contándonos sensualmente, cómo habían estado toda la noche dale que te pego en la casa de Inés, después nos relataron que se pasaron la noche en vela, y por último no se qué parida de una furgoneta del amor; y en las tres canciones sobra la mitad del tiempo, pues a partir del minuto uno repiten una y otra vez la misma tediosa frase el estribillo. ¡Hagan canciones más cortas o no las hagan!

Los lectores recientes que me conozcan personalmente, echarán de menos la mención de gente como la petarda de Paulina Rubio, la coneja de Amaia Montero o la insufrible Raquel del Rosario. No he hablado de ellas porque ya lo hice aquí.
Antes de masacrarme en los comentarios, reivindicando sus gustos y rebatiendo los míos, e incluso insultándome, recuerden que este es un post personal, y por tanto subjetivo. Un saludo





lunes, 30 de junio de 2008

Endorfinas colectivas

Si hay un gusto no compartido con mis congéneres masculinos que en cierto modo condicionó mi infancia, es mi indiferencia hacia el fútbol. No es nada personal ni algo que me haya propuesto, es que sencillamente nunca me ha llamado la atención. Cuando era pequeño era de los escasos niños que no se apuntaba a un partido, y jamás seguí uno por la tele por resultarme soberanamente aburridos. Nunca jugué a las chapas simulando que manejaba a los jugadores que representaba cada una, no coleccioné cromos de equipos, y jamás tuve balón reglamentario ni uniforme deportivo.

Como es lógico, todo eso repercutió en la amistad con mis compañeros de clase, con quienes no me llevaba mal, pero si mantenía en términos generales, una relación más distante que con quienes no jugaban todos los recreos al balompié: los otros raritos y las niñas.
A pesar de pasar tiempo con los futboleros y reirme con ellos, está claro que había momentos en los que sobraba, y no sólo aquellos en los que se iban a jugar, sino cada vez que emitían un partido y necesitaban comentarlo durante horas. En secundaria la fiebre del fútbol disminuyó, y fui descubriendo a nuevos amigos entre los forofos que, finalmente, han durado más en el tiempo y se han convertido en más cercanos que aquellos outsiders con las que me relacionaba en un principio.

No comprendo el extraño encanto hipnotizador del deporte rey para cautivar a todo el mundo, o al menos la razón de que enganche más que el resto de deportes; y es que sin ser especialmente mejor o más elaborado, mueve masas como ningún otro, levanta muchísimas más pasiones, y es el que más gana adeptos en edades tempranas. Ayer sin embargo eché por tierra toda una vida antifutbolera viendo el partido final de la eurocopa, y es que no sé muy bien cómo, llegué a la tele cuando marcaron el gol, y a partir de ahí, como el que no quiere la cosa, acabé viendo todo el partido, y lo que es más increible: viviéndolo.

Apenas estoy al tanto del reglamento, pero conozco lo básico para saber cuándo se gana y cuándo no, y eso parece ser suficiente para conseguir que haya llegado a “sufrir” por el desarrollo del juego y la inmutabilidad del resultado final. Aún no comprendo cómo es posible que me mordiera las uñas en los últimos minutos, deseando que Alemania no nos metiera un gol que jodiera la victoria asegurada, pero lo que resulta más inverosimil es que haya apagado la tele con una sonrisa de satisfacción, ¿qué me pasa? ¿Tan grande es el poder de seducción del futbol, que ha sido capaz de enganchar a quien jamás en su vida creyó que se engancharía?

Quiero pensar que lo que realmente me atrajo fue el poderoso sentimiento de felicidad colectiva que se respiraba (y oía) en la calle, donde los hinchas lo viven con una devoción sin límites, porque esa atmósfera de endorfinas colectivas emanadas a bocajarro siempre me ha puesto de buen humor, y de hecho, como un entusiasta chaquetero encandilado por la novedad, salí en coche con una amiga a dar pitazos cómplices a quienes nos invitaban a hacerlo a bocinazos y gritos, mientras ondeaban orgullosos banderas y camisetas. Es muy divertido y satisfactorio contagiarte así de la alegría ajena, pero no puedo evitar sentir ciertas reservas…¿habrá cambiado algo dentro de mí?…¿y si ahora me empieza a gustar el fútbol?, ¿qué me ha pasado?

La cadena cuatro nos hizo corear que “PODEMOS”, efectivamente pudimos, y finalmente han podido conmigo.



jueves, 26 de junio de 2008

El barrio

La gente con tendencia a los patriotismos locales, generalmente perteneciente a zonas deprimidas, suele hablar de su barrio con un orgullo y sentimiento de autenticidad, equiparables a la pasión con la que un nacionalista expone sus ideas ante cualquiera dispuesto a escucharle.

Yo vivo en un barrio emblemático y conocido. Estaba en los límites de la ciudad, hasta que de buenas a primeras, y casi sin que nos diéramos cuenta, el núcleo urbano creció a un ritmo vertiginoso, expandiéndose hacia donde antes no había nada, y dando lugar a modestos centros comerciales y edificios horribles. No poseo un sentimiento de pertenencia fuertemente arraigado, pero me gusta mucho el lugar en el que vivo. Estoy a cinco minutos del centro y a unos pocos menos de la zona nueva, estoy bien comunicado con todo, y vivo sin el bullicio del gentío ni el aislamiento de la periferia. Es perfecto.
Hace ya once años que me mudé aquí, y si para algo me ha servido ese tiempo es para fijarme en esos personajes locales que, por la razón que sea, me llaman la atención.

Si hay algo que abunda en la zona son los desequilibrados… igual es porque tenemos la refinería cerca, no sé, pero el caso es que hay un par de ellos. El más ilustre es “Pablito el loco”, que durante años nos despertó a todos con gritos subersivos:

-"¡¡¡AZNAAAARRR, HIJO DE LA GRAN PUTAAA!!! ¡¡¡TUS DIAS ESTÁN CONTADOOS!!"
-"¡¡FELIPE, CACHOCABRÓN!! ¡¡TE VOY A MATAAAR!!! "

El pobre no terminaba de decidirse por ningún bando político, así que no discriminaba a la hora de insultar. A su hermano, que también le falta un chubasco, lo conozco más en profundidad (para mi desgracia), pero de él hablaré en un post que publicaré más adelante.

Trastornados mentales aparte tenemos a “La cochina”, que es la dueña de un negocio de comida precocinada, a la que por razones obvias nunca le compramos nada. Otro con aspecto de sucio es el dependiente de un local, que podría pasar por el hermano feo de Pau Donés; llevo viéndolo una década y no ha cambiado un ápice en todo ese tiempo: luce la misma barba zarrapastrosa, el mismo pelo largo y mustio cogido con coleta, y la misma camiseta desteñida y holgada del primer día.
En el extremo opuesto tenemos a “El escocido”, un joven que cuida tanto su aspecto que da grima. Lleva el pelo lamido por dos vacas que lo han babado a conciencia, porque al margen de la hora a la que lo vea, SIEMPRE lo tiene empapado, como recién salido de la ducha. Por encima pero de eso llama la atención su estructura de hombre-croasán (tórax y brazos hiperdesarrollados en proporción al resto). Sus hipertrofiados muslos y brazos de vigoréxico le impiden caminar de un modo normal, de modo que lo hace como si fuera un cow boy al que le hubieran robado el caballo, claro que teniendo en cuenta que lleva la ropa tan sumamente apretada que no se le marca ni una sola arruga en la tela, es comprensible que tenga dificultades para moverse.

Siguiendo con gente de cuerpo extraño está “El hombre” , o mejor dicho la mujer de género confuso: es la dependienta del videoclub, y tiene un aspecto tan sumamente masculino y una espalda de culturista tan desarrollada, que creo que nadie se atreve a devolverle una película fuera de plazo. A su favor hay que decir que es un encanto de mujer, y no puedo evitar sentirme mal por seguir la corriente de quienes le sacan chiste. De quien sí que no siento remordimientos por hablar mal es de “JT”.

JT es el dueño de una de esas ventitas de toda la vida, en la que en un mínimo espacio reune todo lo necesario para hacer la compra semanal; el provecho que saca a su pequeño estabecimiento es asombroso.
Trabaja junto a su familia: él y su hijo tras el mostrador de la carne, la verdura y la fruta, y su mujer en la caja, cobrando y metiendo la compra en bolsas. Todos les conocen pero pocos han descubierto la calaña que son, pues no sólo son significativamente más careros que cualquier otra tienda de alimentación, más incluso que los 24 horas, sino que la muy puta de la cajera te da conversación mientras teclea los códigos, para distraerte y marcar algún producto varias veces.
Al poco de mudarnos aquí, nos dimos cuenta de que las compras en el local eran cada vez eran más caras, y no nos salían los cálculos a la hora de razonar cómo demonios podía haberse ido tanto dinero en tan pocas cosas. Una vez una amiga le hizo teclear de nuevo todos los precios en cuanto le comunicaron el importe final, y al volver a hacerlo resultó que le habían cobrado diez euros más porque -“¡uy, qué despistada!”- había marcado un artículo cuatro veces. Un día quise comprobar aquello por mí mismo y me encontré con el mismo resultado, así que nunca más volvimos por ahí, y he de decir que cuando me enteré de que sufrieron un atraco, me alegré. Que se jodan.

Existen personas amabes, correctas y anodinas por mi zona, pero desde luego no ofrece njuego para escribir un artículo.



sábado, 21 de junio de 2008

Mi ley de Murphy


No he estudiado las leyes de Murphy a conciencia, pero seguro que alguna hace referencia a lo que me pasa cada vez que se acercan los exámanes, o como mínimo a algún caso equiparable. No me refiero a la facilidad con la que me distraigo estudiando, o a la tan extendida costumbre de dejarlo todo para el último día, que también, sino a que siempre, invariblemente, me ocurren sucesos desestabilizadores por estas fechas.

Es algo que viene de lejos pero que ocurre más a menudo desde hace pocos años; ya puedo pasar los meses de poca exigencia académica sin ningún sobresalto en mi vida, que en cuanto llegan Febrero, Junio y Septiembre, comienza a sucederme de todo. Es posible que la búsqueda de distracciones con las que combatir la tediosa rutina de la biblioteca, tenga algo que ver, pero no constituye una explicación suficiente; cuando no es una alegría es una desgracia, y si no, al menos algo lo suficientemente novedoso o sorprendente como para que no tenga la cabeza en los apuntes.

Podría empezar a pensar que la culpa de mi bajo rendimiento no es mía sino de los caprichos distractores del devenir, porque al menos así me sentiría menos frustrado, o quizás lo que realmente debería hacer es dejar de conectarme para escribir tonterías, y sentar el culo en una silla y concentrarme… cualquier opción es válida.

¡Que les sean leves los exámenes!